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Volar. Columna de El Mojado

RUDEZA NECESARIA.

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Jugadores de Chapecoense que no realizaron el viaje a Medellín se muestran devastados al conocer las noticias sobre sus compañeros fallecidos.

José recibió la pelota con el pie y la acomodó de un toque para empalmarla con su pie derecho. ¿O es que solo remató de cabeza? ¿No habrá sido que la bola se cruzó por toda la línea de gol hasta que se atravesó con un rodillazo desesperado?

La fuerza del contacto de José con el balón hizo que la pelota saliera con potencia hasta las redes de la portería, pero también pudo haber salido con tan poca fuerza que apenas rodó lo suficiente para estrellarse contra la pared que tiene pintados los tres postes o que el impacto haya tenido una potencia tan excesiva que cruzó como una flecha entre las dos piedras que fungen como marco y llegó hasta la cuadra siguiente, driblando un par de coches en el camino, en esa calle encharcada.

Nuestro protagonista pudo haber realizado esas acciones en el estadio más grande del mundo, ante 100 mil espectadores; en el potrero de su barrio o en una canchita improvisada en el patio de su casa.

De hecho, su nombre puede ser José o cualquier otro, el resultado no cambiará. Lo que José (por decir alguien) acaba de hacer es un gol, como confirma el grito de los miles, o un par de decenas o él solo. Gol, que se grita de la misma forma aunque se diga diferente en cualquier idioma. El lenguaje cambiará la fonética pero no la emoción.

Lo que tampoco cambia es lo que sigue después, porque José extendió los brazos y corrió haciendo un zigzag como si de un avión o un pájaro se tratara. Así lo han hecho todos los que alguna vez han tenido la dicha de marcar un gol. También en Brasil. Porque un gol te hace volar.

Volar: ese primitivo deseo por alejar los pies de la tierra y ver, aunque sea por un rato, el mundo desde arriba, desde el punto más alto, desde la nube más lejana, desde la Estrella más inalcanzable.

Pese al deseo de volar, también existe el temor, como el del enorme futbolista holandés Dennis Bergkamp, quien viajaba en automóvil cuando con el Arsenal tenía que salir de Inglaterra hasta otros sitios en Europa.

Como Bergkamp pudieron ser Cléber Santana, Bruno, Ananias o Matheus, o cualquier otro futbolista del Chapecoense brasileño que murieron la madrugada de este martes a causa de un accidente aéreo en Colombia.

Pero no. Porque Chapecoense ya volaba desde hace días. Porque a pesar de su historia de equipo modesto, sin nunca haber ganado un solo campeonato internacional o de Primera División, en la que tiene apenas dos años, entró en terrenos de gigantes, como Independiente, San Lorenzo o Junior, y triunfó. Y llegó así, volando a la final de la Copa Sudamericana 2016.

La tragedia, uno de los días más tristes en la historia del futbol, demuestra una vez más que esos ídolos de las canchas son a final de cuentas personas frágiles, como todos.

El accidente del Chapecoense duele, no porque -en lo personal- conociera a sus figuras o siguiera su joven historia, sino por compartir la pasión por el juego.

Es difícil hablar de futbol en estos momentos. Será en otra ocasión.

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