Vicente, el mensajero del mal (Parte 1 de 2). Relato de Larry Zavala

12:14 16-junio-2016
Vicente, el mensajero del mal (Parte 1 de 2). Relato de Larry Zavala

EL ÓRGANO DEL TERROR.

mensajero

A lo largo de estos relatos que han ido conociendo gracias a este medio hemos hablado de muchos personajes. Por lo mismo, cada historia empieza a tornarse un poco más tétrica, más terrorífica. Los sucesos que en ellas ocurren dejan de ser simples apariciones para volverse maldiciones como la que recibió y marcaron a Vicente.

Esto nos remonta al año de 1938, cuando el mundo atravesaba por guerras, hambre y desolación. Allá en un paraje de lo que hoy es la delegación de Pozos, una Sra. de nombre Martina que se dedicaba a las labores de servicio en una hacienda de por aquel rumbo, tenía un hijo de diez años llamado Vicente.

Vicente había llegado a este mundo de una manera muy peculiar, pues el día que nació llovía mucho y parecía que el cielo se caía a pedazos. No se ha vuelto a ver una tormenta de esa magnitud.

Su madre tuvo algunas complicaciones en el parto; ¡después de un par de horas de labor, la partera logró traer a Vicente al mundo!, pero justo en el momento en que le iba a propinar la nalgada para que llorara, vio como ese pequeño tomaba una bocanada de aire y se desvanecía. Ella le dio la nalgada pero no reaccionaba. Estuvo así por casi 5 minutos y cuando la partera estaba diciendo a Martina que el niño estaba muerto, se escuchó un fuerte grito y Vicente de la nada comenzó a llorar y a respirar.

La primera etapa de su niñez fue normal. Un buen día, su madre, cuando él tenía entre 4 y 5 años, le compró un conejo ya que pensó que lo alegraría de sobremanera porque a pesar de que el lugar en el que vivían había muchos animales no contaban con conejos, pero Vicente al mirarlo le dijo:

-Mami, el conejo se va a morir mañana.

-¡No, no digas eso!- le dijo Martina-, el conejo no se va a morir.

Al día siguiente el conejo amaneció tal y como Vicente lo había dicho, ¡muerto!

Pasó cierto tiempo y por lo complicado de sus labores, la madre no ponía a Vicente toda la atención que ella quisiera, pero un día se sentó a observarlo a ver cómo jugaba y observó que no solo no jugaba con nadie más sino que hablaba con alguien; gesticulaba y manoteaba como si realmente estuviera platicando con una persona. Por la forma en la que vio que se movía y hablaba pensó que se trataba de un amigo imaginario, compañero de juegos de su solitario hijo.

Vicente terminó de jugar, se metió a la vieja casa donde vivían. Su madre le preguntó que con quién platicaba y el respondió que con un amigo que le había dicho que su abuelito moriría en esos días.

-¡No juegues con eso! –le contestó ella-, ¡si tu abuelo ni enfermo está ni nada!

Vicente no comprendía el alcance de sus palabras y volvió la cara a su madre diciéndole:

-¡Pues eso me dijo mi amigo!

A los tres días una persona tocó a la puerta de la casita donde vivían Martina y Vicente y les dijo que el abuelo acababa de morir en un fatal accidente junto a 10 personas más por la imprudencia del conductor de un vehículo de transportes.

Martina se desvaneció por la noticia y comenzó a llorar con un dolor indescriptible. Vicente escuchó que su madre había comenzado a llorar, se acercó a ella la abrazó y solo le dijo al oído:

-Mi abuelito ya descansa en paz; tranquila, madre.

Pasaron cinco años. Martina guardó en silencio su dolor, sus inquietudes y al final olvidó las palabras de Vicente y en este tiempo nunca volvió a suceder algo raro. Vicente era un niño normal, feliz, alegre y tenía cierta inquietud por ir a la escuela pero Martina por su trabajo no contaba con la facilidad de poder inscribirlo en una escuela por falta de tiempo y recurso.

Por lo mismo, Vicente ayudaba a su madre en el trabajo que ella desempeñaba, el cual solo era remunerado con comida y un lugar para dormir en donde estaban con todos los demás empleados. Vicente se hacía listo y aprendía con base en las actividades de la hacienda cargando, contando, y hasta de cierta manera comenzaba a entender y comprender las letras.

Había un empleado que le tenía cierta estima. Este empleado sabía leer y escribir lo básico,   entonces le enseñó algunas cosas básicas como a escribir su nombre. Lo más elemental de leer algunas palabras y a medida que pasaba el tiempo Vicente se iba viendo muy  habilidoso y listo; aprendió a sumar contando los caballos de la hacienda. Su mamá se sorprendía porque era muy listo.

Toda su vida iba bien hasta que un día en la noche, mientras dormía, daba y daba vueltas en la cama cuando de pronto sintió cómo un aire helado recorría su cuerpo, la ventana de ese viejo lugar se azotó con fuerza, afuera de su casa había un extraño resplandor, escuchó una tos horrible, una carraspera que se escuchaba muy fuerte; sin embargo, él era el único que estaba despierto escuchándola, era la tos y ruidos que produce un adulto y todo lo escuchaba justo afuera del cuarto donde vivían.

Se paró, salió y vio a un viejo sentado frente a su casa. Su apariencia era la de una gente de pueblo como él y su madre. Al ver a Vicente, el viejo levantó su mano y le hizo seña de que se acercara. Él camino con cautela y a medida de que se acercaba su temor desaparecía. Llegó al lugar y  preguntó al señor qué era lo que se le ofrecía. El viejo se paró, era muy alto y ya de cerca no era tan viejo. Al mirar a Vicente le dijo que solo quería que cuando él fuera grande pudiera tener educación y que él lo iba ayudar para que pudiera ir a la escuela.

Vicente le cuestionó su identidad y la razón de sus intenciones.

-Mi nombre es Damián –le dijo-

Yo voy a ayudarte. Cada noche que venga te voy a dar una moneda de oro, después te diré como me lo pagarás.
De un aterrado morral sacó la primera moneda que daría a Vicente. Este la tomó y al recibirla Damián le dijo:

-No te gastes esta primer moneda porque será la base de tu fortuna, guárdala y no le digas nada a tu madre, ya cuando te de la segunda moneda te diré cómo le puedes hacer para ir a la escuela para poder estudiar.

Vicente solo preguntó cuándo lo volvería a ver; quería saber dónde se verían pero Damián solo dio dos pasos y volteó a verlo para decirle:

-Pronto tú sabrás la señal.

Vicente ya no dijo nada. Se quedó muy emocionado porque finalmente podría ir a la escuela a estudiar, su felicidad fue enorme, entró y se durmió.

Al día siguiente despertó súper contento y anduvo diez veces más activo. Recordó que tenía que guardar su moneda y como en aquel tiempo aun no existían alcancías modernas como las de ahora, solo tomo un viejo jarro despostillado de la oreja donde podría guardar su moneda, lo escondió en lo que simulaba ser el piso, debajo de su viejo petate. El día terminó, se sentó con ansia en su cama pensando que pronto vería al viejo que le daría más monedas.

Pasó una semana exactamente y mientras Vicente dormía escuchó afuera de su casa la tos de Damián que lo hizo pararse rápido, y sin pensarlo salió del lugar donde dormían él y su madre.

Al salir lo primero que vio fue a Damián, estaba sentado en el mismo lugar donde lo vio la primera vez, Vicente se acercó y saludó:

-Tenía varios días esperándote, Damián-le dijo

-No había tenido motivo para venir-contestó el otro- pero esta noche he venido con una tarea para ti y te daré dos monedas de oro como las que te di la otra vez. Vicente sonrió y gritó:

-¡Claro que sí! ¿Qué es lo que tengo que hacer? Solo dime, Damián.

Damián se paró de donde estaba y de un morral sacó una mantita, como una cobija de bebé. Dio a Vicente las dos monedas y le dijo:

-Quiero que vayas a la casa de los señores de la hacienda, toques la puerta y les digas que llevas esta manta como regalo por su próximo hijo que viene en camino.

-Está bien, ¡mañana a primera hora la entregare!- concedió el niño.

Damián le dijo que tenía que ser en ese momento y Vicente cuestionó la orden porque eran cerca de las 2 de la mañana.

Damián le dijo que fuera por que ya estaba a punto de dar a luz la esposa del dueño de la hacienda y tal vez el regalo les hacía falta. Él caminó con pena pues pensó que ya era muy noche, jamás se le ocurrió preguntarle a Damián qué razón daría, quién diría que les había enviado esa cobija. Volteó después de dar unos pasos para preguntarle a Damián pero él ya no estaba, sino que solo se veía el cerro solo sin un alma por la noche.

Siguió con su paso haciéndolo un mas rápido por la hora; además de que el casco de la hacienda quedaba lejos, tenía miedo al pasar entre caminos, veredas y las caballerizas, pero la idea de que acababa de obtener dos monedas de oro lo alentaba.

Por fin llegó a la puerta de la casa de la hacienda, tocó pensando en que lo regañarían por tocar a esas horas. Una de las mucamas de la casa abrió inmediatamente la puerta y preguntó a Vicente, qué era lo que se le ofrecía, dándose cuenta Vicente del movimiento que había esa noche en la casa, todos estaban despiertos, corrían de un lado al otro con trapos de manta, agua.

Después de observar, la mucama le dijo:

-¿Por qué te quedas mudo? ¿Te he preguntado qué es lo que quieres aquí?

Él salió de su letargo y contesto.

-Vengo a entregar algo al patrón.

La mucama le dijo que eso no era posible, que el patrón estaba muy ocupado.

-Tengo que verlo y darle esto –contestó él.

-¡No, entiende que no puede venir a atenderte, está ocupado!-reviró ella.

En eso el patrón, a lo lejos, escuchó gritos, se asomó y vio a Vicente en la entrada hablando con la mucama. Caminó hasta la puerta con su cara desencajada, nervioso, molesto.

-¿Que es lo que quieres, Vicente?-preguntó.

-Vengo a entregar una mantita que le enviaron, señor, para su bebe-contestó el niño.

El patrón se acercó y de las manos de Vicente recibió el presente al tiempo que preguntó sobre quién se lo enviaba.

-Me lo dio el viejo Damián, que viniera a dárselo-contestó Vicente.

En ese momento el patrón tomo la mantita y dio gracias. Vicente salió muy contento y rápidamente se fue a su casa, guardó una de sus dos monedas y la otra, al amanecer, se paró y se la dio a su madre. Ella la tomó y dijo:

-¡Ay, Vicente! ¿De dónde te robaste esto?

Vicente le respondió que se las habían dado como pago de un favor.

-¿Estás seguro?- le preguntó su madre.

-Sí –contestó seguro el niño-, y quiero que con esa moneda hagas lo posible para que me metas a la escuela, que me compres los libros y el uniforme. Su madre le respondió cuando tenga una oportunidad al medio día lo checare hijo y se fueron para la hacienda a realizar su trabajo.

-Cuando tenga una oportunidad al medio día, lo checaré- respondió ella y ambos se encaminaron a la hacienda para comenzar su trabajo.

(CONTINUARÁ…)

 
 
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