#4 TiemposMosaico de plumas

Viaje sin retorno | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas

 Foto: Andrea Lárraga


La primera vez que viajé sola tenía 6 años. El destino Michoacán, aunque era un viaje escolar tuve miedo de no estar con mis padres. Reprimía el temor de tener un accidente vial con náuseas. Le mentía a mi madre diciendo que el diesel me provocaba ascos con tal de no aceptar la tristeza que me deba subirme al autobús sin ella. Desde ese día aprendí a cambiar miedos y tristezas por síntomas de ansiedad.

Cada año desde los seis me he dedicado a viajar, aunque sea cien kilómetros lejos de la ciudad. Este último año he recorrido más millas que un trailero. Semanalmente realizada el viaje San Luis-Querétaro-San Luis cómo semanas pasadas mencioné. El miedo de accidentarme carretera se fue restando por la felicidad de pasar un fin de semana con Rulfo, mi Golden Retriever.  

Al final, siempre volvía a mi cama. Ese colchón pequeño, pero con aroma a mí. Te acostumbras a viajar que ni siquiera piensas en si vas a volver o no. Es claro para ti que regresaras como cada lunes.

Este domingo compré un boleto de autobús con el mismo destino: Querétaro. La vendedora ofreció el boleto redondo. No, gracias, solo ida, respondí entre suspiros. Está vez no volvería a mi habitación. Ni mucho menos a correr por los andenes del tren detrás de la ruta Soledad. No habría que esperar por eternos veinte minutos la ruta Tec Milenio. No habría vuelta a los tacos de Don Juanito. Ni tampoco subiría por la rampa de El Colegio de San Luis. No habrá papas Provi preparadas con una michelada para llevar. Ya no tendré que quejarme de mis vecinos y su manera de acaparar los estacionamientos de la privada, pues mi domicilio ya no es dominio de la Gallardía. Ya no me esconderé detrás de mi celular cuando me encuentre algún ex compañero de clase en la calle. Ni mucho menos tendré que poner pretextos para no ver a mis amigos cuando no tenga ganas de salir, puesto que, en Querétaro no tengo amigos, ni conocidos.

Recuerdan el sentimiento que se producía cuando por error borraron sus avances de algún videojuego. Sí, así se siente llegar a una nueva ciudad. Tienes que empezar de nuevo. No hay armas, ni equipamiento extra. No hay amigos que ayuden a pasar los momentos más difíciles. Ni la familia al estilo de Navi (Esa hadita intensa en los videojuegos de Zelda que siempre estaba hey, hey, hey, como manera de guía) que te indique que tienes que hacer en la siguiente misión. Lo único que quedan son los recuerdos de tu partida anterior y las esperanzas de tener una mejor vida.

Ni todo el citalopram puede inhibir la tristeza que producen dejar la ciudad que por 24 años fue tu hogar. La nostalgia aparece a cada instante. Ahora sólo espero que Italo Calvino con su famosa frase (La melancolía es la tristeza que ha adquirido ligereza) tenga razón sobre la tristeza y al pasar los días pese menos la lejanía.

Hasta luego, San Luis. Será un gusto volver para ser turista entre tus adoquines.

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