#4 TiemposBalcón Vacío

Una hojita siniestra | Columna de Alex Valencia

Balcón Vacío

La influencia de la iglesia católica en Iberoamérica los llevó a colarse en todos los ámbitos de la vida diaria, con una mentalidad de sometimiento absoluto, la jerarquía de dicha religión se considera así misma facultada para regular todas y cada una de las actividades cotidianas, situación que por fortuna se viene acotando en aras de una mayor libertad mental para los habitantes de esta región del mundo.

Todavía a mediados del siglo XX el poder de la curia era impresionante, al grado que era común ver cada semana en las puertas de los templos la “hojita de las películas”. El pasquín en cuestión era una recalificación que los censores de la iglesia hacían sobre las películas recién estrenadas y que por supuesto ellos ya habían visto en su versión original. De esta manera, por ejemplo se iban clasificando actores, como en el caso de Brigitte Bardot, todo un perverso ángel de la lujuria, o Marlon Brando, encarnación plena de la inmoralidad.

Si bien el tema era común desde los inicios del cinematógrafo, me detendré un poco en el fragmento de uno de estos documentos recientemente encontrado en mi archivo casi por accidente, pues me parecen casos curiosos y dignos de comentario.

De entrada, se clasifica como “para mayores, con grandes inconvenientes” a Goldfinger (Guy Hamilton, 1964), la cinta que marcó definitivamente el despegue al estrellato de James Bond –y por ende, de Sean Connery, su intérprete en esta secuela- y dio rienda suelta a una saga que parece interminable. Si bien hay algunas escenas proto eróticas de Connery con Tania Mallet y Honor Blackman, chicas Bond de esta parte, los elementos por los cuales uno pueda pensar alguna posibilidad de censura parecen nulos, por el contrario, era, como buena parte de la serie, una delirante cinta de aventuras con un mensaje anticomunista a ultranza, que era el mismo que la propia iglesia católica defendía. Por cierto, la escena donde Goldfinger trata de matar a Bond con un rayo láser se ha convertido en una referencia común en un extenso número de películas y caricaturas.

Peor suerte corre La rebelión de los colgados, película dirigida al alimón por Alfredo B. Crevenna y Emilio “El Indio” Fernández, clasificada como “prohibida por la moral cristiana”. La cinta está basada en el libro del mismo libro de Bruno Traven cuya trama se centra en un grupo de trabajadores esclavizados en la selva mexicana que cuando cometían alguna falta, eran castigados colgándolos por las muñecas durante varias horas. Se trata de una película dura, bellamente fotografíada por don Gabriel Figueroa y con excelentes actuaciones por parte de Pedro Armendáriz, Ariadna Welter, Carlos López Moctezuma, Jaime Fernández y Amanda del Llano, estos últimos ganadores del Ariel por los roles interpretados en esta adaptación. ¿Cuál fue el criterio para determinar que una historia en pro de la libertad y justicia transgrede la moral?, ese es un misterio.

Me sorprendió muchísimo que en la lista se encontrara La mujer de arena (Suna no onna, Hiroshi Teshigahara, 1964) no tanto por su contenido, sino por la grata noticia de que en esos tiempos se hubiera logrado colar a la cartelera comercial un soberbio filme japonés; una excelente y alucinante historia acerca de un hombre que queda atrapado en la casa de una viuda que lo obliga a sacar la arena que constantemente invade la propiedad. Poética, poderosa, erótica (siempre implícita, nunca explícitamente), absurdamente condenada por la censura católica.

Desde la terraza (From the terrace, Mark Robson, 1960) corrió con igual suerte, aunque si seguimos una cierta lógica de conducta, se entiende más el por qué le fue asignado el penúltimo escalón de la inclemente clasificación. Paul Newman da vida aquí a un joven empresario de Wall Street embebido en su trabajo, lo cual lleva a su esposa a salir de la aburrición iniciando una relación adúltera. El joven empresario al darse cuenta casi enloquece, pues su madre alguna vez hizo lo mismo y terminó hundida en la perdición, sin embargo, ya al borde de la desesperación aparece una jovencita, Ina Balin, que redimirá su existencia. Efectivamente, así de predecible y tediosa es, aunque como señalaba, las relaciones intempestuosas presentadas en la trama al menos dan una luz acerca de su condena.

La que de plano salió de los límites como un home run del mal fue El pantano viviente, de la cual desafortunadamente no tengo referencia —El título está en español y no hay ninguno que coincida— aunque me encantaría ver de qué va como para haber sido catalogada como “fuera de clasificación por inmoral”. Una buceada (valga la figura retórica) me arroja dos posibilidades de qué filme pueda tratarse a partir de los años de estreno del resto de la lista: El pantano de las ánimas (Rafael Baledón, México, 1956) o El pantano diabólico (Attack of the giant leeches. B.L. Kowalski, USA, 1959), ambos inocentes churrazos de antología; el primero para lucimiento de Gastón Santos y la única botarga malhecha de monstruo acuático que tenían en los Estudios Churubusco y la segunda sobre unas sanguijuelas gigantes que parecen bolsas negras terminadas con dientes de cartón.

De igual manera me gustaría saber cómo serían clasificados aquellos lejanos programas dobles de softcore que eran la principal fuente de vida del desaparecido Cine Othón, o las jornadas albureras que semana a semana recetaban en el Cine Teatro Alameda, aunque más me gustaría saber cuánta cinefilia generó la circulación de las “hojitas de las películas” en estos pecaminosos caminos del señor. Debería retomar la iglesia católica esa costumbre.

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