Estas letras que ves

Una esquina del mundo para Mylene Fernández | Columna de Dainerys Machado

Estas letras que ves

Este texto apareció originalmente en letrasqueves.wordpress.com

El centro del mundo puede ser una máquina contestadora, cuando se espera la reaparición de un amor; o puede ser la abrumadora soledad ante el recuerdo de una madre muerta. Pero también puede ser un sueño ajeno, el de la emigración, arraigado a fuerza de ser repetido por un coro multitudinario durante muchos, muchos años… más de 50.

Marian es profesora de Lengua Española en la Universidad de La Habana. Tiene 37 años y se siente sola. Más de una amistad la acusa de no tener la capacidad de luchar, de no estar preparada para ser ciudadana de una Habana de ritmo vertiginoso, hermoso Malecón y miles de necesidades materiales. Entre todas sus angustias, sus inseguridades y sus pensamientos, Marian solo tiene claro “que quería estar tranquila en esta ciudad, haciendo el mismo camino todas las tardes y sin pensar que del otro lado del malecón había un mundo lleno de maravillas que uno se ganaba con mucha astucia”. Marian solo tiene clara la esquina del mundo en la que quiere respirar, pasar trabajo, intentar ser feliz, permanecer, morir.

La esquina del mundo (Unión, 2011) es el título de la novela de la escritora cubana Mylene Fernández Pintado (Pinar del Río, 1963). Marian es su protagonista, narradora deficiente ante las sensaciones y espejismos de tantos otros seres humanos implicados en su historia. Es que todos somos personajes de esta novela, y en ella sin dudas hallaremos algunos de nuestros dolores o fragmentos.

Lo más curioso de esta “reflexión sobre el mundo de estos días”, es que se nos regala en la forma de una novela de amor. “De un amor posible, pero destinado a fracasar, de un amor frustrado, por supuesto, si se trata de Mylene Fernández”, según Zaida Capote.

La literatura es una especie de actante dentro de la historia. Primero promueve la unión de Marian con el joven y “prometedor” escritor Daniel Arco, desencadenando toda una serie de sucesos que parten principalmente de las emociones y sentimientos de los protagonistas, justo los mismos que se transforman a medida que avanza la trama. Luego logra que la soledad de la mujer transite entre la incertidumbre, el complejo ante una relación con un hombre más joven, y la más absoluta conciencia de la felicidad: “Es todo tan bonito desde aquí que no imagino que se pueda sostener la idea de irse a otro lugar teniendo este —pensaba mientras colocaba los cojines y miraba el mar”.

Pero el exilio es la otra cara de esa moneda, el enemigo que puja por separarlo todo, desencausar el ritmo de la vida. Por muchas páginas, solo la posibilidad de que la emigración se consume es un tormento mayor que el hecho en sí mismo. Fiel a la vida real.

Mylene Fernández Pintado

En la novela no solo está presente esta escisión simbólica de Cuba en dos eternas orillas. Partir y permanecer no son las únicas posibilidades de los personajes. Marcos, el ex esposo de Marian, pertenece a la lista cada vez más larga de los que regresan amparados por el éxito. Lorena, la mejor amiga de Marian, es acaso el extremo de la naturaleza viajera del isleño: a la exitosa pintora no le interesa viajar, “ni por tres días ni para quedarme del otro lado. No tengo tiempo ni deseos”.

Adrián, BiDi, los vecinos de Marian, “Olga, la gorda adorable, mi ángel opulento […]  La jefa de la Cátedra de Lengua Española de la Universidad de La Habana”, todos se ven precisados a elegir una esquina del mundo para vivir, o al menos a “expresar” cuál es su preferida, y bajo cuáles circunstancias.

No es fortuito que, cuando los personajes contraponen o comparten sus planes futuros, esos pasajes se produzcan mediante diálogos directos. La autora parece interesada en mostrarnos la existencia de muchas verdades, ninguna absoluta, y sobre todo el derecho de cada uno a defender la suya. Y aunque la última imagen de Marian no es la de una mujer plena, en su historia los que deciden quedarse lucen al menos más auténticos que los que parten, más leales a sus esencias.

Daniel escribe, triunfa, sufre, miente, se entrega a Marian, ¿ama? Daniel quiere partir. Parte. En él parecen cambiar muchas cosas. Marian quiere quedarse. Se queda. Daniel ¿regresa? Pero Marian se ha quedado en su esquina: “Vete Daniel, tira la puerta como haces cada vez que algo no te gusta: lo que creo de tu libro, de nosotros o el país. Tira primero la puerta de mi casa, luego la del aeropuerto y luego la del avión. Me masturbaré recordando que estabas dispuesto a hacer todo por mí, menos quedarte conmigo”.

La naturalidad con que conviven en la novela todas los sentimientos humanos y la autenticidad y profundidad de la psicología de los personajes, especialmente los femeninos, marcadamente delineados en sus diversidades, logran tejer sin rupturas pasajes de sexo por placer y por amor —una diferencia sugerida sin demasiados detenimientos—, declaraciones de amistad, y debates casi filosóficas en los que la política logra estar ausente.

Como banda sonora de esta historia de amor resuenan guaguas repletas; gente diversa que transita las calles; los dólares útiles para pagar taxis cómodos; turismo y turistas que han cambiado a la ciudad en los últimos años; una sociedad medida por cada quien desde el tamaño de su propio bolsillo, donde “la sinfónica toca a Mozart, Beethoven y Mahler y la entrada cuesta el equivalente a veinticinco centavos de dólar. Como el teatro y el ballet. Pero si te tomas una Coca Cola en el entreacto, te cuesta un dólar”.

La esquina del mundo es una de esas novelas para devorar en una madrugada, como cada buen libro referenciado en la trama por su protagonista. Sí, porque la hipertextualidad es otro de los recursos que abundan en esta obra, como corriente subterránea.

Pero en todo momento, nuestro retrato habanero, cubano, personal, es tan nítido, que luego de la primera lectura habrá que volver sobre las páginas diminutas y bien cuidadas de esta edición de Unión, para separar al “resto del mundo” de nuestras sensaciones, y a la literatura de nuestra realidad. El parecido con Daniel, con Lorena, con Sergio o con Marian puede ser tan pavoroso, que son incontrolables las lágrimas cuando, al levantar el teléfono, el fiel Adrián nos dice: “Se fue Marian”.

 

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