#4 TiemposDeportesMosaico de plumas

Un montón de Aztecas en el Azteca | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas

Soñaba con ir a un partido de la selección mexicana de futbol en el Estadio Azteca desde que el libro de historia de cuarto año de primaria leí un dato curioso sobre los aztecas. La ciudad de Tenochtitlan tenía una población de cien mil habitantes, la misma capacidad que el Estadio Azteca (actualmente cuenta con una capacidad de 86 mil aficionados por la remodelación que sufrió en 2016). El dato sobre la capacidad de aficionados se queda corto frente a la experiencia de ver más de 80 mil personas en el mismo lugar y con el mismo objetivo: apoyar a la selección. Ese día no existieron las rivalidades heredadas de la Liga MX;  hasta mi cuasi marido aceptó no insultar a los GAYos que estaban en el Oxxo. “Hoy todos somos México”, se escuchaba en los alrededores del estadio.

El estacionamiento del Coloso de Santa Úrsula es un recorrido cultural de la piratería y el ingenio mexicano. El jersey oficial está en solo cien pesos, el detalle del color pasa desapercibido entre la multitud. La copa del mundo (a la venta en 50 pesitos) nunca estuvo tan cerca de los mexicanos, su procedencia -China- nos hace soñar una vez como cada cuatro años que podemos ser los campeones del mundo. Los sellos en las mejillas de diez pesos se ocultan detrás de las máscaras del Santo tricolor. Es una fiesta entre los coches que llegaron temprano a la cita. Entre ese mar de playeras verdes se logran distinguir unas faldas cuadradas y unas gaitas. Hombres de más de uno setenta, cabello platinado también están apoyando a su selección. Los escoceses poco entienden de los chiflidos que se llevan sus largas piernas con la inocencia de un niño les sonríen a los mexicanos que los piropean. Ya quisiera yo esas piernas de mármol que se asomaban entre las enaguas de los escoceses.

El partido inició con homenaje a los 50 años de México 68 pero la emoción llegó con la armada mexicana, demostrando el orden y la disciplina al desplegué de la bandera mexicana. Nunca he entendido porque nunca cantamos los lunes en la escuela el Himno Nacional con la euforia de un partido. Las gradas en su mayoría verdes no dejaron de entonar en ningún momento. Si el cantar del himno nacional le pone la piel chinita a más de uno, el escuchar a miles entonar el canta y no llores paraliza a cualquiera. Pero ni estos dos cantos se compara con el gritar a una sola voz: Goool. No hay payasos convirtiendo la anotación en anuncio de leche, sólo está el sentimiento de un gol que no significa los sueños de llegar, aunque sea al quinto partido. Para los más pesimistas de al menos pasar de la fase de grupos. Desde las retas en la calle uno espera ver a la selección ganar una copa del mundo; los jóvenes como yo, esperamos ver a México en cuartos de final antes de morir y no sólo escuchar la hazaña del combinado de 1986 y 1970. He ahí lo hermoso de los 90 minutos volvemos a creer sin importar pagar 100 pesos por un par de chelas calientes.

Del partido, ni hablar, no soy especialista en fútbol para dar una buena crítica sobre el planteamiento de Osorio, pero ver a Rafael Márquez ingresar a su último partido en tierras mexicanas es un recuerdo que contaré a mis nietos. El estadio se rindió frente al Káiser. “Capi, capi, Rafa, Rafa”, gritamos al unísono; su toque preciso igual que en sus mejores tiempos con el Barcelona. Rafael Márquez no sólo es el gran jugador que llegará a sus cinco mundiales, también fue mi primer crush, tenía 8 años cuando lo vi en el comercial de una marca de rastrillos y creo que desde ahí sueño con un hombre barbón. Sé que no soy la única mujer que se enamoró de Rafita a través de los anuncios televisivos del refresco de cola azul.

El poste de Layún, el gol que cantamos en fuera de lugar nos dejó con un mal sabor de boca. La afición pidió el cese de Osorio y la llegada de Matías Almeyda; algunos más decidieron dedicarle a la Tri las líneas de Luis Miguel “Miénteme como siempre, por favor miénteme necesito creerte, convénceme” en la siguiente edición del mundial. Yo sólo pedía que los seis tacos con un refresco por 50 pesos no me hicieran daño.

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