Tigre de Plata junior. Crónica de Luis Moreno Flores

19:25 09-diciembre-2016
Tigre de Plata junior. Crónica de Luis Moreno Flores

HISTORIAS PARA PERROS CALLEJEROS.

Por: Luis Moreno Flores

 

Mientras veo a Martín, sentado al otro lado del corredor, me parece que nos conocemos de años o toda la vida. Paradójicamente, me es imposible reconocerlo frente al psiquiatra.

Martín y yo somos amigos desde el primer día de clases en la universidad, hace menos de un año. Como le ocurre a todo novato, estábamos perdidos en los pasillos de esa urbe falsa. Ambos buscábamos nuestros nombres en las listas que pegan a un costado de las puertas:

 

-¡Mierda! Por qué chingados no le ponen número a los salones.

-Ya sé wey, pinche sistema pendejo.

-¿Qué clases buscas?

-Algebra y geometría analítica. ¿Tú?

-La misma, ¿vas en ingeniera de sistemas?

-Simón.

Decidimos afrontar juntos el reto de descifrar la geografía universitaria; cuando dieron las sieteveinticinco nos rendimos y preferimos buscar la cafetería, Martín quería un café, yo un café y un cigarro. Compré la cajetilla entera con el dinero que mi mamá me dio para comer, tendí la caja a Martín, -no fumo, soy deportista–. Su respuesta me pareció una pretensión sin sentido, solo le había ofrecido un cigarro, pero como pagó el café, no respondí.

Casi al final de esa primera charla, recordé el tema del deporte y pregunté cuál practicaba, -luego te digo, vámonos o nos pasará lo mismo con la segunda clase.

Los meses transcurrieron, el instinto de supervivencia actuó para consolidar nuestra amistad, sin embargo, durante ese tiempo, nunca vi a Martín fuera de la escuela, prefería hacer solo los trabajos antes de acceder a juntarse por las tardes, siempre con el argumento de estar muy ocupado, aunque no explicaba en qué.

Una tarde me citó en un Starbucks porque tenía algo “importante” que decirme, su tono me asustó; pensé que tal vez había descubierto que me burlo de sus “estoy muy ocupado” y ahora quería confrontarme.

Cuando llegué a la cafetería, Martín ya me esperaba. Contrario a mis pronósticos se comportó muy amable y platicamos sobre la escuela, videojuegos y de un crush que traía, no obstante, mi amigo parecía dilatar esos temas para no revelarme el motivo por el que me había citado.

 

-¿Entonces Martín? ¿Por qué estamos aquí?

-Te estimo mucho y no he sido honesto contigo, no te he dicho quién soy.

 

Entré en pánico, pensé que me volvería el depósito de una confesión indecible y me arrepentí de haber ido, no quería saber más pero un impulso de ansiedad me obligó a apresurarlo:

-¡Ya dime!

-Promete que no va a cambiar nada entre nosotros.

-¡Ya!

-Yo soy el Tigre de Plata jr.

-¿Quién?

 

Martín prosiguió a contarme que su sueño de niño siempre había sido ser luchador.

Hace dos años, cuando aún cursaba la preparatoria, acudió a la Arena André René, para ver una lucha entre Dos Caras Junior y Místico, quedó tan impresionado que aguardó en su butaca hasta que todo el público se había ido. Un conserje lo llamó para saber si estaba bien; conversaron y Martín confesó que quería ser luchador, el hombre lo invitó a entrenar, luego le presentó al profe Genaro, que en los noventas era conocido como Blue Panther, el maestro lagunero.

Mi amigo había consagrado todos los días posteriores para cumplir su sueño: cuidaba su alimentación, se levantaba a las cuatrotreinta de la mañana para correr e ir al gimnasio antes de la escuela; las tardes las alternaba entre tareas y practicar su técnica. En un semestre, Blue Panther consideró que estaba listo para debutar, lo hizo en una lucha preliminar bajo el nombre de El Monkey, ganó con una impoluta Cruz del guerrero, que llamó la atención del maestro Daniel López, El Satánico, que entrenaba a los luchadores más avanzados del gimnasio, por lo que rápidamente lo ascendieron.

La escalada de Martín fue meteórica y tenía impresionados a todos los entrenadores, pero aún le faltaba algo para saltar a los grandes escenarios de la lucha mexicana, ahí fue cuando el dueño del gimnasio, don José Zurutuza, le ofreció convertirse en el Tigre de Plata jr. En los setentas don José había encarnado al Tigre, quien fue conocido por su altísimo tecnicismo; el respeto por esa máscara era tal que le alcanzaba para ser recordado después de 27 de años de haberse retirado.

El fin de semana siguiente a su confesión, fui a ver la función en la que el Tigre de Plata junior era el estelar. Nunca me ha gustado la lucha libre, pero ese día cuando vi a Martín me pasmé, estaba convertido en otro, los niños llevaban replicas de su máscara, las personas lo aplaudían y coreaban su nombre.

Martín tuvo que luchar en Navidad, no fui a verlo porque preferí estar con mi familia. A las cinco de la tarde, cuando mis papás, mi hermano y yo veíamos El Grinch, su mamá me llamó al celular, estaba muy preocupada porque no podía localizar a Martín.

 

-Qué raro señora, iba a luchar.

-¿A qué?

-A luchar, tenía función en la arena.

-Mmmm, muchas gracias Ramón, nos vemos pronto.

 

Comprendí que la familia de Martín no sabía nada de su doble vida. Más tarde me fue a buscar para reclamar:

 

-Pinche Ramón, eres un pendejo, ¿por qué le dijiste a mi mamá que soy luchador?

-Perdón, no sabía que es secreto.

-Era secreto porque ya la cagaste, mis jefes me amenazaron con que si no dejo de luchar ya no me van a dar dinero.

-Pero trabajas, qué tiene que no te den dinero.

-Eres más imbécil de lo que pensé, ¿sabes cuánto gana un luchador?

 

El Tigre de Plata tiene muchas habilidades, pero la más importante es su nobleza, cuando volvimos en enero a la universidad mi cuate ya me había perdonado, pero su vida ahora era más compleja: sus papás habían cumplido la amenaza, por lo que además de todas sus actividades, tenía que trabajar en El Enmascarado de Plata, bar propiedad de don José, que está contiguo al gimnasio, cuya clientela principal son albañiles y prostitutas.

Martín hacía esfuerzos sobrehumanos para mantener un promedio escolar decente, pero el cansancio de a poco comenzaba a vencerlo. El martes nos encargaron un proyecto para el que éramos equipo, decidí apoyarlo, pues soy en parte culpable de sus problemas, le dije que se reportara enfermo y yo terminaría el trabajo. Aceptó.

Para el viernes terminé con la tarea y le llamé:

 

-¿Qué onda Martincito? ¿Cómo estás?

-¿Quién habla?

-Ramón, ¿oye vamos por una chela cuando termines de entrenar?

-No conozco ningún Ramón.

-Ya Martín, paso al Enmascarado a las ocho y nos echamos unas cervezas antes de que empiece tu turno.

-No lo conozco, pero ¿cómo sabe dónde trabajo y entreno?

-Martín, no mames, soy yo Ramón y tú el Tigrillo Blanco (jajajaja).

-¿Quién eres? ¿Cómo sabes mi identidad? ¿Qué quieres? ¿Dinero?

-Déjate de mamadas, te veo en el bar a las ocho en la mesa de siempre.

 

Colgué y llamé a Laurita para sumarla al plan, Martín le trae ganas desde hace rato y pensé que le gustaría verla. Al llegar Martín todavía no estaba en el bar, así que nos sentamos y pedimos una ronda de mezcales, el Tigre estaba en la barra y dijo que eran por cuenta de la casa, nos conocía bien porque Martín nos había presentado.

Íbamos a la mitad de nuestra bebida, cuando Martín apareció en el umbral de la puerta, se veía molesto pero sobre todo cansado, saludó a don José, este le señaló sonriente nuestra mesa, pero a nuestro compañero de salón no pareció gustarle, caminó enérgico y se paró frente a mí:

 

-Hijo de la chingada, dime qué carajo quieres.

-Cálmate Martín, qué te pasa.

-¿Tú eres el que me llamó verdad cabroncito?

-Sí wey, Laura y yo te queríamos ver, nos tienes preocupados, no te reportaste en toda la semana.

-Yo no los conozco, así que mejor di qué quieres o vete de aquí.

 

No entendía qué pasaba, pero Martín estaba a punto de golpearme, ni siquiera la presencia de Laura parecía calmarlo. Entonces Don José intervino lo sujetó y le preguntó por qué quería golpearnos:

 

-Este wey me quiere chantajear con revelar mi identidad.

-No Martín, son tus amigos.

-No es cierto, jamás los había visto.

-Tú me los presentaste después de una lucha. ¿Te acuerdas?

Martín se veía confundido, como si de verdad no recordara. Le enseñé unas fotos de nosotros en mi celular y se desesperó más, golpeaba su cabeza con los puños, se le nubló la vista y de pronto gritó:

-¡No recuerdo nada!

 
 
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