#4 TiemposLetras minúsculas

El teléfono de la Señora Méndez | Columna de Juan Jesús Priego

LETRAS minúsculas

El médico acababa de decirle una vez más lo que ya le había dicho muchas veces: que su pierna necesitaba reposo, mucho reposo. «Si se obstina usted en andar de aquí para allá, subiendo y bajando escaleras, ya sabe lo que va a pasarle. Se lo advierto por última vez».

La señora Méndez lo sabía. Pero estaba sola y necesitaba moverse. ¿Qué haría en su casa eternamente sentada en un sillón? Además, tenía que barrer, trapear, comer. El reposo absoluto era un lujo que sólo podían permitirse quienes tenían a su disposición un ejército de seres queridos revoloteando a su alrededor. Tal había sido el caso, por ejemplo, de su prima Josefina. Su prima…., ¡ella sí que había sido afortunada, pues para tener una cosa le bastaba con nombrarla! Era suficiente una orden suya dicha a media voz para que decenas de nietos y nietas, sobrinos y sobrinas, se pusieran en movimiento para ejecutarla. En cambio ella…

Se lamentó por haber nacido demasiado tarde, cuando tres hijos eran ya demasiados para una familia de medianas posibilidades. Hacía cuentas. De haber nacido diez o veinte años antes –es decir, en 1920 y no en 1935, como lo hizo-, acaso habría tenido seis hijos, o por lo menos cinco. Estos hijos, a su vez, habrían tenido tres o cuatro retoños cada uno, lo que daba un total aproximado de entre quince y veinte nietos que, estaba segura, hoy se turnarían generosamente para no dejarla sola en su ya larga enfermedad. Una noche vendría uno y otra noche otro. Además, se decía, es la soledad la que la hace a una exagerar las cosas. «Con un nieto a mi lado es casi seguro que la pierna no me dolería tanto».

Mientras pensaba en estas cosas, la señora Méndez oyó a lo lejos el timbre del teléfono. Se incorporó como pudo, apoyándose en su andadera, y fue a contestar. Cuando llegó, el aparato ya había dejado de emitir esos chillidos agudos que tanto la inquietaban siempre. «¿Habrá sucedido algo grave?». Exhausta, se dejó caer en el asiento contiguo a la mesita del teléfono: sabía que, fuera quien fuese el que se hallaba al otro lado de la línea, más tarde volvería a intentarlo. Y así fue, en efecto, aunque media hora después.

-Sí –dijo la señora Méndez tratando de disculparse con el interlocutor invisible-, sólo que no pude llegar antes de que colgaras. No, la verdad es que estoy muy bien. La pierna va un poco mejor, pero sigue inflamada. Claro que me tomo las medicinas, aunque bien sabe Dios que lo hago únicamente para darles gusto a tu hermana y a ti, pues en mi caso los remedios son inútiles: aún no existen medicinas contra la vejez; mi enfermedad son los años, querido, no mis piernas. No, no te preocupes: en cuanto necesite algo te lo hago saber. ¿Vergüenza a mí? ¡Cómo se ve que no me conoces! ¿Cuándo? ¿Mañana temprano? ¿Y te irás manejando o en autobús? Pobrecillo… ¡Cuídate mucho y, sobre todo, no aceleres demasiado! Claro, claro, rezaré por ti. No, ya entiendo. Mejor descansa. En todo caso, si puedes venir el próximo domingo, ven. Sí, claro, siempre y cuando sea posible. Hasta luego, entonces. Te mando mi bendición.

Y cortó.

Era su hijo Antonio que le hablaba para decirle que este domingo tampoco vendría a verla porque mañana temprano debía ir a León conduciendo y quería descansar. Con éste era el cuarto domingo que, por razones profundamente válidas, el hijo no iría a visitar a su madre enferma.

De no haber tenido teléfono, el hijo –pues vivía en la misma ciudad que ella- acaso se hubiera dado una vuelta para despedirse, o, ya por lo menos, para cerciorarse de que su madre continuaba viva, de que no había sufrido un infarto por la madrugada. Pero estaba el teléfono, ese aparato que elimina las distancias y, a veces, también las presencias…

De no haber tenido teléfono, es casi seguro que la señora Méndez habría tenido el gusto de estar con Antonio, aunque fuera por poco tiempo. Pero llamar era mucho más fácil que desplazarse. Por desgracia.

¿Queda ahora claro que la tecnología no resuelve casi nada? Los mass media a veces nos unen, sí, pero con frecuencia –con mucha frecuencia- no hacen más que separarnos. ¿Acabarán alguna vez con la soledad, como se complacen en vaticinar sus panegiristas? Lo dudo, y para justificar mi incredulidad con el ejemplo de esta señora me basta y me sobra.

Una estudiosa de la comunicación, la norteamericana Jennifer Daryl Slack, afirmó en uno de sus libros (Communication Technologies and Society) que «el teléfono destruyó la familia estadounidense». ¿Qué es lo que quiso decir con ello? Tal declaración parecerá un tanto exagerada, o, como se diría según una cierta manera de hablar, hasta apocalíptica, pero ¿lo es realmente? Yo creo que no, sobre todo si pensamos en las miles de señoras Méndez que languidecen en sus casas esperando ver un rostro querido y que –a causa del teléfono- tienen que conformarse con los puros ecos de una voz.

Como Jano, la tecnología tiene dos caras: una bella y sonriente; pero la otra es tétrica. La primera nos dice: «Con esta nueva invención será posible»… La segunda nos oculta qué es lo que, a partir de entonces, será imposible.

En un cuento de William Saroyan (1908-1981) aparece un campesino que ve con disgusto la nueva moda de las bicicletas:

«-¡Cómo! –exclama cuando alguien lo invita a subirse a una-. ¿Me pide que suba en uno de esos ridículos artefactos? ¿Quiere que me enrede en esa antipática basura? El hombre no fue creado para esas invenciones absurdas. Fue traído al mundo para mantenerse erguido y andar a pie».

De haber leído este cuento (titulado Yo sobre la tierra), la señora Méndez habría lanzado un suspiro. Pero no, por cierto, de satisfacción.

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