#4 TiemposMosaico de plumas

Teléfono descompuesto | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas

 

Crecí a escasas dos calles de las vías del tren México-Laredo. Desde pequeña conocí sobre La Bestia y sus peligros. Los vecinos como mi familia les dábamos de comer. Aunque fueran frijoles siempre lo agradecían. Recuerdo que en más de una ocasión se ofrecieron en lavar el coche o barrer la calle a cambio del alimento. Debo de aceptar que me daban miedo de niña. Su aspecto andrajoso me provocaba temor. Mi madre intentaba disipar mis temores contándome que llevaban muchos días viajando, por ello estaban sucios, pero que no eran así. Decía que salían de su país porque no había que comer, no porque fueran malas personas. No quedaba muy convencida con sus palabras, por lo cual, me obligaba a darles de comer personalmente. Yo les llevaba la bolsita con comida y ropa. Recuerdo ver niños de mi edad que se le quedaban viendo a mis juguetes. Recelosa los metía a la casa. Mi madre me decía que les diera una pelota que tenía muchas. Jamás lo hice. Años después reflexionaría sobre lo envidiosa que fui. Esos niños como yo, no entendían porque estaban ahí. No entendían por qué no tenían una pelota ni una casa.

Los vecinos siguieron ayudando a los inmigrantes por varios años hasta que los rumores sobre asaltos y violaciones a mujeres cerca de las vías por centroamericanos fueron creciendo. Mi madre dejó de juntar ropa para ellos. Si no traían niños ni siquiera abría la puerta. Cada vez eran menos los que pedían ayuda, pero había más en los cruceros, decía la gente. Mis conocidos confirmaban que eran los mismos desde hace años. No quieren trabajar, aunque les ofrezcas trabajo, son unos mantenidos, afirmó más de uno. Nunca lo comprobé, pero lo creí cierto.

Muchos años más tarde me mudaría a Querétaro. Una ciudad de migrantes. Encontrar un queretano de origen es una tarea casi imposible. Las primeras personas que me brindaron la mano fueron brasileñas, defeñas y guanajuatenses. Me miraban feo los vecinos, ni siquiera me saludaban. Las redes sociales de Querétaro están llenas de comentarios de odio sobre los foráneos. Todos los males de la ciudad son por culpa de los chilangos, se lee. Un taxista queretano me dijo que, si yo era uno de los miles que habían decidido mudarse a Querétaro, en un tono molesto. Le dije que nadie en su sano juicio se vendría a una ciudad tan cara y mal diseñada, (nadie deja a su familia, amigos sólo por gusto, pensé.) vine por trabajo, le espeté. Me replicó que desde que se vino mucha gente de otros lados hay muchos asaltos y eso no se veía antes. No sólo en Querétaro, en todo el país hay más inseguridad, concluí. Molesta me bajé del vehículo y me sentí fuera de lugar. No era su culpa pensar así, era culpa de quienes difunden la información. No creo que todos los chilangos sean malos. No creo que todas las violaciones en mi colonia fueron a manos de centroamericanos. Ni mucho menos creo que todos los mexicanos sean xenófobos. Una gran parte de los mexicanos han demostrado ser bondadosos y solidarios. Pero, sí creo que la mayoría de los mexicanos se dejan llevar por las opiniones de los demás, sin comprobar si la información es verídica. Fotos, vídeos y noticias falsas se comparten a diario como verdad, y peor, se repiten en las pláticas diarias.

De lo único de lo que estoy segura es que los mexicanos somos fáciles de manipular por los medios de comunicación. Sino me creen pregúntele al PRI.

También lea: Ser cazada | Columna de Andrea Lárraga

Nota Anterior

Vidas angustiadas | Columna de Juan Jesús Priego

Siguiente Nota

La edad de un deportista, ¿el futbol no es para “viejos”? | Columna de Alma Barajas