Columna de Adrián IbellesNoticias en FA

El tamaño de los esfuerzos | Columna de Adrián Ibelles

Postales de viaje

El primer día que salí con Edu fuimos al cine y a comer. Yo estaba muy nervioso, porque quería agradarle y también quería que Sandra se sintiera cómoda. Había pasado dos décadas contemplando a una madre que se batía constantemente entre un hijo y un marido, y no quería que Sandra tuviera otra coincidencia con mi madre (quien también se llama así).

Edu me recibió de maravilla y hasta ahora hemos creado un vínculo muy fuerte, quizás porque siempre busqué respetar su relación con su padre, sin obligarlo a verme como uno, aunque viviéramos juntos o paseáramos por ahí en el bosque chiapaneco. Además ayuda que nos gusten tanto las películas de George Lucas y los videojuegos de Nintendo. Tal vez por eso ha sido más fácil vivir conmigo; al final mi papel es más el de un amigo que da consejos y comparte sus gustos. A veces sí regaño, pero no creo que les diga que soy un ogro.

Papá o no papá, no pude evitar sentirme halagado cuando me invitó a su escuela a convivir con los otros padres.

Pedí permiso en el trabajo y me salí una hora antes, emocionado. Tuve que quedarme veinte minutos esperando a que llegaran los otros invitados. De inmediato busqué hacerme útil y me pidieron que partiera los ingredientes para la pizza, mientras conversaba con unas niñas de primera clase (jardín de niños) que me preguntaron si yo era el papá de César (Edu en la escuela). Les dije que sí y luego pasaron a cuestionarme sobre por qué estaba tan concentrado en la tabla y el cuchillo, a lo que pasé a presumir que era un excelente cocinero, cosa que quedó clara cuando me di cuenta que entre la charla había comenzado a cortar en cubos y no en rodajas los ingredientes. Hombres, escuché decir a las mamás que vieron mi desastre. 

Similar a lo que pasó el diez de mayo, Antonio (amigo y maestro de Edu) nos mostró un poco la dinámica que hay para integrar a los chicos en Waldorf, donde además de evidenciar mi poca pericia física, nos divertimos entre los papás, las hijas y los chicos.

El convivio siguió para que por parejas preparáramos unas pizzas en el horno de leña de la escuela. Edu me mostró cómo amasar, cómo desplegar la harina y cómo dar forma a nuestra pizza. En el lapso platicamos sobre su día a día, sobre su amigo Matías que había viajado a Cancún y sobre Luis André que había viajado al D.F. para ver a Residente.

Nuestra pizza fue la primera en entrar al horno, y aprovechamos para preparar otra un poco más rica para la vista (poco más redonda y menos gruesa). Cada papá tomó su puesto ya fuese para cuidar el horno o para repartir las imperfectas pero deliciosas pizzas entre los invitados. Al final Edu me regaló un portarretratos con una foto de los dos, y una carta en la que me felicitaba y me pedía que viajáramos por Chiapas en cuanto Siddhartha estuviera más grande. Me encantó la idea.

Yo aproveché para robarles una foto a todos los que habían ido, papás de todas las edades y tan diversos que solo teníamos en común un profundo vínculo con esa etapa tan grandiosa que viven los niños y que nos transmitieron en ese momento.

El domingo, antes de salir a trabajar, Sandra y Edu me sorprendieron con un cartel hecho entre los tres, con las pequeñas huellas de Siddhartha impresas. Pensé en sus pies diminutos y en los pasos que seguirá, en mi responsabilidad por darles un buen ejemplo y en lo mucho que me emociona compartir con ellos lo que soy.

@Adrian_Ibelles

También recomendamos: El Uber de Alcanfores | Columna de Adrián Ibelles

                

Nota Anterior

Metamorfosis | Columna de El Mojado

Siguiente Nota

El árbol que da moras | Columna de Ricardo Sánchez García