Suicidarse es cuestión de perspectiva

17:40 18-noviembre-2016
Suicidarse es cuestión de perspectiva

HISTORIAS PARA PERROS CALLEJEROS.

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Por: Luis Moreno Flores

ANGÉLICA

Trabajo para una casa de cultura como asistente de la coordinadora de prensa. Anette, mi jefa, no es lo que se dice un ejemplo de liderazgo, se le va la mitad del día parada a un lado de la mesa donde ponen café y galletas gratis, mientras que mi ocupación principal es esperarla.

Un día, al terminar mi jornada, Anette me detuvo para invitarme a tomar un café esa misma tarde, dijo que tenía un tema importante que hablar, -a las seis, llega puntual. –fui solo por curiosidad, ya que en realidad nunca hemos sido amigas.

Anette, junto con Rogelio (compañero de la casa de cultura) y dos personas más, una mujer y un hombre de la tercera edad ya me esperaban en la cafetería. Se hicieron las presentaciones, los desconocidos eran Carlos y Gabi, una pareja de inmigrantes mexicanos que con el tiempo lograron poner su academia de danza en Nueva York. Cada año volvían un mes a México para organizar un concurso de danza, donde al ganador se le otorgaba una beca de estudios en su escuela. Querían mi ayuda y la de Rogelio para coordinar la producción del evento, como pago nos dejarían tomar las fotografías y video que después podríamos vender entre los padres orgullosos.

La planeación discurrió con los contratiempos normales, pero nada digno de ser contado; el concurso se realizó un sábado, hicimos las grabaciones y fotografías, pero faltaba la edición. Todo tenía que estar listo a la mañana siguiente, nos reunimos en la casa de Rogelio, trabajaríamos toda la noche.

Cerca de las tres de la mañana, sentí hambre, giré a ver a Rogelio, quien entendió bien el gesto porque propuso ir a un Oxxo cercano por algo de comida. La tienda se encontraba en avenida Revolución, la principal de la ciudad.

A unas cuadras de nuestro destino escuchamos gritos, provenían de un puente peatonal; sin considerar que era peligroso, nos detuvimos para ver lo que ocurría. Se trataba de dos chicos que estudian en la misma escuela que nosotros, Francisco y Mariana; la escena era evidente: abajo, Mariana lloraba y gritaba frases que a veces se tergiversaban con su llanto, sin embargo, guardaban el mismo sentido, “no lo hagas”. Arriba, Francisco contestaba con aullidos en los que le recriminaba que ella era la culpable.

Rogelio y yo nos quedamos mudos un momento, luego me jaló del brazo, sentí que con ese movimiento me arrastró hasta llegar al Oxxo, como si hubiera flotado durante las tres calles faltantes. Frente al estante de pastelillos, Rogelio dijo que ninguno éramos lo que se dice amigos de Francisco o Mariana, -no vale la pena, hay que dejar que ellos arreglen sus pedos. –No obstante, lo convencí de volver por el mismo camino solo para asegurarnos de que estuvieran bien.

Al regresar, el puente estaba vacío, pensé que tal vez la escena que habíamos visto había sido resultado de la fiebre nocturna o un eco de otro tiempo, la calle guardaba un silencio cálido, el silencio ansiolítico de las noches de verano.

Por la mañana, decidí ir a casa para darme un baño antes de la venta. Tenía que cruzar el mismo puente de la noche anterior para llegar a la parada de autobús, había olvidado la historia de Mariana y Francisco; entonces, en el penúltimo escalón las vi, eran pisadas rojas, avancé y encontré pequeños charcos repartidos como un archipiélago sangriento.

Estoy segura de que la sangre era de Francisco, corrí por el puente hasta el otro extremo, como si alguien me persiguiera, en el autobús la culpa me alcanzó y ya no me soltó. Pude haber evitado la muerte de alguien y no lo hice. Hace días que me oculto en mi casa. No he querido saber de nadie.

FRANCISCO

Debo admitir que soy algo emotivo, por no decir exagerado, eso suele complicar mis relaciones, no solo amorosas sino con cualquier persona. Una vez tuve una pelea con un amigo nada más porque pensé que me había engañado con el cambio de unas caguamas.

La otra semana estaba en casa de Camilo; invitó a varios cuates y nos pusimos a cotorrear, yo llevé a Mariana, mi novia, que la verdad es buena gente, pero ese día me hizo encabronar.

Salí a comprar cigarros y cuando regresé la vi muy contenta con un wey que no conocía. Me calmé, seguí como si nada. Más tarde, Mariana dijo algo que me molestó, la verdad ni recuerdo qué fue, pero la dejé un rato para ir a platicar con otros amigos. Nos fumamos un gallo y se me cruzó con las chelas, busqué un sillón para dormir. Desperté una hora después, cuando abrí los ojos, la vi otra vez con el mismo pendejo.

Pensé en pararme a madrearlo, pero estaba demasiado mareado, así que preferí irme, no sin antes pegarle unos gritos a Mariana.

– Ya te vi hija de la chingada, a ver quién te acompaña a tu casa.

– ¿Qué te pasa Manuel? Cálmate.

– Ne, ya, a la verga.

Azoté la puerta, como lo hacen en las películas, salí a la calle y caminé, subí al puente peatonal para tomar un taxi del otro lado, aunque la verdad ahí avancé despacito, quería que Mariana fuera a detenerme. Por fin llegó y se puso a gritar como loca (nos parecemos un poco), lloraba.

– ¡No te vayas! Quédate vamos a platicar.

– Ya me voy, todo es tu culpa, seguro te cogiste a ese wey.

– Cómo crees Francisco, nada más es un amigo de Camilo, hasta trae a su novia.

Lo de la novia me convenció y decidí darle otra chance a Mariana. Regresamos a la fiesta, bailamos un rato, nos echamos unos tragos y hasta nos quedamos dormidos juntos en el jardín. En la mañana me invito unos tacos de barbacoa.

La neta tengo que empezar a controlarme.

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