#4 TiemposLetras minúsculas

Sufrir no es suficiente | Columna de Juan Jesús Priego

 

LETRAS minúsculas

Lo dijo Thich Nhat Hanh, el poeta vietnamita y monje zen: «Cada día 40.000 niños mueren de hambre; las superpotencias cuentan ya con 50.000 armas nucleares, suficientes para destruir nuestro planeta varias veces. Sin embargo, el amanecer es hermoso y la rosa que floreció esta mañana es un milagro».

¿Cómo atrevernos a reír cuando la desgracia nos golpea y el dolor nos aplasta? ¿Cómo gozar de la belleza del mundo cuando se cosechan tantas lágrimas en nuestros campos? Y, no obstante eso, el amanecer es hermoso y el crepúsculo lo será también, como lo es casi siempre.

Sigue diciendo el monje: «Sufrir no es suficiente; debemos entrar en contacto con las maravillas de la vida que se encuentran en nosotros mismos, en lo que nos rodea, en todas partes, en cualquier momento».

Hace dos mil años la pobreza existía, como existían la esclavitud, la hipocresía, el crimen organizado, la extorsión y el robo. Pero un ángel se apareció a una jovencita de Nazaret y le dijo: «¡Alégrate!» (Lucas 1,28).

No le pidió hacer un balance, ni una especie de corte de caja espiritual, ni un elenco –lo más completo posible- de «los dolores del mundo», sino que únicamente le pidió que se alegrara. Tampoco le dijo:


-En el futuro sufrirás mucho a causa de este sí que acabas de pronunciar, María. Una espada te atravesará el alma. ¡Si supieras la de cosas que esperan! Tus vecinas te negarán la palabra; tus padres, avergonzados, ni siquiera saldrán de casa para no verse en el deber de dar penosas explicaciones. Incluso José, tu prometido, al no saber qué pensar de tu virtud, pensará abandonarte en secreto.

El ángel sabía lo que esperaba a la Virgen: los cuchicheos inevitables, los falsos rumores, las frases calumniosas dichas en voz baja, y sabía también que la tristeza quita el gozo de vivir y apaga la luz de la mirada, pero en el momento de hablar con la Virgen ni siquiera piensa  en ello. No, sufrir no es suficiente.

«¡Alégrate, llena de gracia, porque el Señor está contigo!». El monje budista nos pide que nos alegremos por «el cielo azul, la luz del sol y los ojos de los niños». Los cristianos nos alegramos porque lo que aquella vez se le dijo a Nuestra Señora, nos es dicho también a nosotros: «Alégrate: Dios está contigo, cerca de ti: vives en su pupila, bajo su mirada, a la sombra de sus alas». Nos lo pide a nosotros, que vivimos en un mundo que no es precisamente el paraíso y donde necesariamente habremos de sufrir infinidad de pruebas. «¡Alégrate!».

Pero, ¿es justa esta alegría? Manuel Scorza (1928-1983), el novelista peruano, dice que no: «Mientras exista alguien que sufra/ la rosa no podrá ser bella./ Mientras exista alguien que mire el pan con hambre/ el trigo no podrá dormir./ Mientras llueva sobre el pecho de un solo mendigo, mi corazón no sonreirá./ Poetas, matad la tristeza./ No hagáis versos al arco iris./ Hay asuntos más importantes/ que llorar por ciertos amores perdidos».

Cinco años antes de que el monje budista escribiera lo que ya leímos, el Papa Pablo VI , en 1975, publicó una encíclica en la que invitaba a los cristianos a pedir a Dios el don de la alegría:
«En muchas regiones y a veces muy cerca de nosotros –escribió el Pontífice en aquella ocasión-, el cúmulo de sufrimientos físicos y morales se hace oprimente: ¡tantos hambrientos, tantas víctimas de combates estériles, tantos desplazados! Estas miserias quizá no son más graves que las del pasado, pero toman una dimensión planetaria; son mejor conocidas al ser difundidas por los medios de comunicación social; ellas abruman las conciencias, sin que con frecuencia pueda verse una solución humana adecuada. Sin embargo, esta situación no debería impedirnos hablar de alegría, esperar la alegría».

Como si dijera: es cierto que vivir no es nada fácil; y, sin embargo, es necesario alegrarse. La alegría no es un lujo, ni un pecado, sino un don y una tarea.

Hans Urs von Balthasar (1905-1988), el teólogo suizo, fue todavía más allá y dijo que la alegría, para el cristiano, es un deber, una obligación. «¿Cómo puede el hombre continuar viviendo sin alegría? –escribió-. Por eso, la alegría es impuesta a los cristianos como una responsabilidad. Ellos, dice Pablo, deben brillar cual astros en la oscuridad del mundo (Filipenses 2,15); deben ser hombres positivos, de modo que los negadores, los criticones, los maestros de la sospecha encuentren una resistencia, una oposición contra la que su crítica se haga pedazos. En medio de la angustia de nuestro tiempo, los cristianos somos llamados a vivir la alegría y a comunicarla. Alegría a pesar de la angustia, alegría incluso en medio de la angustia. Alegría pascual dentro de la Pasión de la humanidad. No una alegría forzada, construida por nosotros, sino una alegría venida de Dios».

La mejor prueba de la verdad del cristianismo no es filosófica, sino existencial, y se llama contento de vivir. Nada convence más de la verdad del cristianismo que un rostro sonriente, que una existencia que salta de alegría. Esto lo reconoció el mismo Friedrich Nietzsche (1844-1900), maestro indudable de la sospecha, cuando dijo de los cristianos en Así hablaba Zaratustra: «Sería preciso que me cantaran mejores canciones para que aprendiera a creer en su Salvador. ¡Sería preciso que sus discípulos tuvieran un aire más de redimidos!».

A menos que el ángel sea un ingenuo, debemos también nosotros alegrarnos. Porque sufrir no es nunca suficiente.

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