#4 TiemposLetras minúsculas

El sueño del señor Shingo | Columna de Juan Jesús Priego

LETRAS minúsculas

 

El señor Shingo tuvo un sueño. En él se encontró con el señor Mizuta, un amigo al que apenas recordaba. ¿Cuánto hacía ya que había muerto? No lo sabía con precisión, pero, en todo caso, muchos, muchos años. Esto, lógicamente, turbó un tanto al señor Shingo, pues ¿cómo es que ahora soñaba con desaparecidos y difuntos? Durante todo el día se mostró preocupadísimo: dejó de comer, tamborileó los dedos nerviosamente a la hora del té y dijo algunas frases que por el tono y la insistencia tenían toda la intención de ser definitivas; por último, contó el sueño a su mujer. Ésta le dijo que tratara de olvidarlo, que soñar a los muertos era cosa normal, sobre todo si habían sido muy queridos por los vivos. ¿Era éste el caso del señor Mizuta? ¿Sí? Pues entonces no había por qué alarmarse: el pasado nunca está tan pasado como uno cree y, además…

El señor Shingo, viendo que los argumentos de su mujer eran razonables, se tranquilizó. Pero cuando llegó otra vez la noche y se durmió por fin tras cientos y cientos de vueltas alrededor de las sábanas, el señor Shingo soñó con otro muerto: esta vez con el señor Toriyama. Entonces se alarmó de veras y dedujo que su final estaba cerca, pues sabido es que sólo los muertos (o que están a punto de serlo) conversan bien con los muertos. «Sin embargo, se dijo a sí mismo el señor Shingo, no es eso lo que me preocupa. Todos moriremos, un día u otro. Lo que me preocupa es que he envejecido sin haber subido al Fuji».

Esto sucede en una novela de Yasunari Kawabata (1899-1972), el escritor japonés, titulada El clamor de la montaña. Como se sabe, el Fuji es un volcán apagado que los japoneses consideran santo. Pues bien, el señor Shingo no ha trepado nunca por esas pendientes que todo japonés, cuando menos una vez en su vida, debería trepar. «Suele suceder –observa perspicazmente don Miguel de Unamuno (1864-1936)- que aquellos que viven junto a una región famosa y de la que se habla mucho suelen ser con frecuencia los que menos han sentido el acicate de ir a conocerla». Sigue diciéndose a sí mismo el señor Shingo: «Sí. Resultan inesperadamente numerosas las personas que llegan al final de su vida sin haber contemplado los tres paisajes más bellos del Japón: Matsushima, Ama-no-Hashidaté y Miyajima, y sin haber subido al Fuji»…

En las novelas de Kawabata una sencilla frase basta para poner al lector ante problemas realmente graves; este breve comentario del señor Shingo, por ejemplo, habla de la fuga del tiempo y de la irreversibilidad de la historia. ¡Cuánta gente se ha ido de este mundo sin percatarse siquiera de la belleza de las cosas! Vivieron su vida como caballos desbocados. Los pasajes más hermosos fueron hechos para sus ojos, pero ellos no se detuvieron jamás a contemplarlos.

El tiempo no vuelve nunca. Si el señor Shingo no se decide a ir al Fuji, ya no irá por más que lo lamente. Gran parte de la vida se le ha escapado sin que se diera cuenta, y de la misma manera, casi sin enterarse, es ya un hombre de 62 años de edad. Ahora lo ha decidido: definitivamente no irá al Fuji. Se siente viejo y sus piernas no le responden como quisiera. ¡Se le cansan con tanta facilidad! ¡Se agita tanto su enfermo corazón! ¿Por qué no lo hizo cuando podía?

La lectura de este pasaje de la novela de Kawabata me hizo recordar un acontecimiento que tuvo lugar en 1993, cuando tenía yo 22 años de edad y mi madre se encontraba enferma. Me dijo ella un día desde su cama:

-Hijo, hay que cambiar esas cortinas. Hay que comprar ganchos nuevos y cambiar esas cortinas.

Se refería a las cortinas de su habitación, que eran demasiado delgadas y dejaban pasar unos rayos de sol que le herían los ojos. Le dije que sí, que pronto lo haría (ella no podía ya levantarse).

-¿Cuándo?, me preguntó.

Le respondí que esa misma tarde. Pero no lo hice. Dos días después, mi madre volvió a hablar de las cortinas, diciendo que eran malas para su vista y que había que cambiarlas enseguida. Pero aquella misma tarde se agravó y tuvimos que llevarla de emergencia a un hospital. Fue, también, su último día. Aquella misma noche murió.

Durante varias semanas ni mis hermanos ni yo quisimos entrar al cuarto donde ella había sufrido tanto, pero un día tuvimos que hacerlo, y allí estaban sus zapatos, sus pastillas… y aquellas cortinas indeseables. Me eché a llorar. ¿Por qué no las había cambiado? ¡Hubiera sido tan fácil! Pero el hombre es así: pospone las cosas más importantes por nada, como si el tiempo no pasara y la muerte no existiera.

En La rueda de la vida, su autobiografía, la doctora Elizabeth Kübler-Ross (1926-2004), sabiendo perfectamente de lo que hablaba, escribió: «Los deseos de los moribundos no deben aplazarse». Por su parte, Arthur Schnitzler (1862-1931), el escritor austriaco, dijo algo semejante en Morir, una de sus novelas: «Ésta es también mi convicción: que los deseos del enfermo deben atenderse».

¿Y no somos todos moribundos, puesto que vamos a morir? ¿No somos todos enfermos graves en espera de la muerte?

Cuando Jesús llamaba a alguien, no le daba tiempo ni siquiera para pensarlo. El exceso de reflexión es malo para la decisión. Y, cuando, una vez, alguien le pidió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre», el Señor le dijo: «Tú, sígueme: deja que los muertos entierren a los muertos» (Mateo 8, 22). Pero no es que Jesús fuese inhumano, ni nada por el estilo; es que Él lo sabía: el exceso de análisis produce parálisis.

El tiempo pasa, y pasamos. Es necesario, pues, apresurarse. Hay que cambiar las cortinas, tomar el arado y subir al Fuji hoy mismo, pues mañana, tal vez, podría ser demasiado tarde.

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