#4 TiemposColumna de Daniel Tristán

Spotify y el espejismo Queen | Columna de Daniel Tristán

LaguNotas Mentales


“Debería haber un gran almacén en el mundo donde el artista pudiera llevar sus obras y desde el cual la gente pudiera tomar lo que necesite”.

Ludwig Van Beethoven.



Recientemente la plataforma “Spotify”, líder en streaming, aumentó al triple la cantidad de descargas permitidas por cuenta de usuario. Hasta hace unas semanas la cantidad de canciones permitidas por usuario era de 3333, con posibilidad de 3 dispositivos como máximo. Dando como resultado la nada despreciable posibilidad de descarga de 9,999 canciones por usuario.

Pensar en la descarga de casi 10,000 canciones por usuario sin necesitar conexión a internet para reproducirlas pareciera infinita. Con los recientes ajustes realizados por la plataforma este límite se aumentó al triple. A partir de hace un par de semanas “Spotify” permite descargar 10,000 canciones con un límite de hasta 5 dispositivos por usuario, es decir un total de almacenamiento de 50,000 canciones para descarga.

¿En realidad estamos aprovechando este banquete musical? Para los que pertenecemos a la última generación de consumidores de música en formato físico tener acceso a 50,000 descargas suena glorioso. A los que nos tocó cargar un estuche de CD’s entendemos la maravilla que representa “Spotify”. Antes vivíamos con la limitada posibilidad de insertar un solo disco compacto en nuestro discman, con un promedio de 15 a 20 canciones por álbum.

Si la memoria no me juega una mala pasada, en aquellos años el precio promedio de un disco compacto era entre $180 y $250, $100 los que tenían etiqueta de precio especial. Actualmente contamos con este buffet musical por el módico precio de $200 mensuales. Atasque de música sus oídos, sin límites (prácticamente), aviéntese un clavado en décadas y décadas de material auditivo, brinque del presente al pasado, revuélquese entre los clásicos y los nuevos lanzamientos cuantas veces le venga en gana.

Pero uno no sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido. Basta con echar números. Si un álbum en promedio cuenta con 15 canciones y el precio de un disco estaba en una media de $180, para tener acceso a las 50,000 canciones permitidas hoy en día por “Spotify” habría que desembolsar la ridícula cantidad de $599,940 ( 50,000 canciones ÷ 15 por álbum = 3,333 álbumes x $180 que costaba cada uno = $599, 940 piedrólares). Ya quisiera ver las caras de los adolescentes de hoy en día si tuvieran que pagar más de medio millón por lo que hoy pueden tener por solo $200.

En los últimos meses se dieron un par de fenómenos sociales que impactaron directamente en las preferencias de los usuarios de Spotify. El primero: la bioserie de Luismi. El segundo: el lanzamiento del filme de Queen. De la noche a la mañana ambas propuestas musicales despuntaron. Al día de hoy la banda británica continúa en número uno de reproducciones, derrocando a los reggaetoneros del momento.

El hecho como tal pareciera esperanzador. Al fin las nuevas generaciones ponen el ojo en la música de una banda genial cuya propuesta fue enterrada por las masas hace décadas. No voy a negar que ver a Queen punteando la lista de popularidad de “Spotify” me dibuja una sonrisa en el rostro. Pero al ver objetivamente las cosas, resulta lamentable que este fenómeno sólo sea posible gracias a un filme impuesto por la industria cinematográfica. Nos pusieron a Queen masticado y en la boca, como si de una sopa instantánea se tratara.

El ascenso vertiginoso de la música de Queen es producto de una moda, de una tendencia impuesta por las pantallas de cine comercial. Y así, como todo lo demás que es moda, la refrescada popularidad de Queen también tendrá fecha de caducidad.

En verdad añoro los años en los que la buena música trepaba posiciones en las listas de popularidad por méritos propios. Aquellos años en los que las masas tenían en sus manos el filtro de calidad de la industria musical. Aquellos años en los que los cazadores de talentos reclutaban bandas para meterlos a un estudio de grabación después de haberlos visto tocar sobre un escenario.

Resulta desafortunado ver que ese filtro de calidad se lo hemos entregado a la industria y le permitimos hacer las cosas de manera opuesta. Ahora son ellos quienes se encargan de fabricar bandas de probeta en un estudio y ya luego se las ingenian para ver cómo carajos los hacen funcionar arriba de un escenario. Lamentablemente la actual popularidad de Queen es producto de una moda que tuvo al cine comercial como catalizador. Pasará fugazmente y nos obligará a despertar de este bello sueño, el espejismo se acabará y solo quedará una espantosa resaca musical llena de nostalgia. Ya nos tocará despertar y toparnos de nuevo con la desalentadora realidad, ni modo caray.

**Le da play a su lista de reproducción de trap**

 

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