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Soñé que soñaba | Columna de Jorge Ramírez Pardo

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Divulgación científica/artística potosina posible

La semana pasada, la UNAM recibió en sus aulas al niño Carlos Antonio Santamaría Díaz, quien cursará la licenciatura en Física Biomédica. Se trata de un infante no sólo con talento, sino de encanto extraordinario y claridad de miras. Quiere estudiar e investigar para resolver problemas de salud. Carlos ha llevado antes diplomados y algunas materias en el Centro de Ciencias Genómicas y en el Instituto de Investigaciones en Materiales en su natal Cuernavaca, Morelos, donde la UNAM tiene un campus.

No fue fácil, pero tenacidad y claridad de rumbo se imponen.

“Es estarle dando”, comentó a medios, “nunca decir ‘no se puede’, me voy a regresar a la primaria. También estudié por Internet, así he aprendido biología, cálculo, pero además hay que tener el apoyo de toda tu familia, lo más importante. Mis padres han hecho más que yo (…) yo pongo la última pizca para pasar a lo siguiente. Sólo quiero estudiar; si me cierran las puertas, me meteré por las ventanas”.

Apoyo familiar y  divulgación de la ciencia fueron factores básicos para posicionar a Carlos Santamaría.

Sirva ello para hacer un breve recuento de la divulgación de la ciencia en México y en la localidad.

Uno de sus haberes, es desterrar tabúes en torno a materias difíciles o imposibles como las matemáticas. Aprender puede ser/es divertido cuando hay divulgación y método adecuados. No es algo común. Todavía impera el modelo calificado por el brasileño Pablo Freire como educación bancaria (porque los aprendices están en bancos y su pasividad/memorista condicionada es tan inerte como los asientos).

En México, en lo general, estamos lejos de la “nueva escuela”, conjunto de corrientes pedagógicas europeas con un siglo de existencia: Montessori, Pestalozzi, Decroly, Freinet, entre las más destacadas. En su momento, estudiadas para su aplicación en escuelas públicas mexicanas por María del Carmen Millán, autora de libros para secundaria, refundadora de Radio Educación y la Telesecundaria.

Divulgar y motivar por las ciencias y las artes

A fines de los años ochenta, la divulgación científica en México era escasa. Los posgrados universitarios también. Acababa de nacer el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT).

Al nivel nacional, empero, ya había búsquedas relevantes. El físico Luis Estrada, auxiliado por la cineasta Guadalupe Zamarrón, oscilantes entre la UNAM y la subsecretaría de Educación Superior en la SEP, hacían ejercicios de divulgación de calidad e impacto, antecedentes para la forja del máximo recinto para la divulgación científica en el país: el museo y centro de divulgación científica Universum de la UNAM, soportado con el trabajo de 300 científicos y profesionales de la comunicación audiovisual de esa, la universidad pública mexicana mejor calificada.

En San Luis Potosí había entonces un ejercicio incipiente denominado “Domingos en la ciencia”.

A principios de los noventa, en el mismo CONACYT, se diseñó el modelo El Vagón de la Ciencia, diseminado por 17 estados, incluido San Luis Potosí. También durante esa década en 10 entidades, delegaciones de la institución se convirtieron en centros de divulgación científica. Entonces, se incrementó de manera notoria el apoyo de CONACYT para la Universidad Autónoma de San Luis Potosí para investigación, becas y desarrollo de divulgación científica. Ello fue reforzado desde la subsecretaría de Educación Superior de la SEP por varios programas audiovisuales y los Veranos de la Ciencia, ideados por Saúl Villa y Javier Arévalo Zamudio, con la puesta en marcha de estrategias y coordinación general de Gerardo Ojeda Castañeda, actual Coordinador general académico del Instituto Latinoamericano de la Comunicación Educativa, SEP/OEA/UNESCO.

Ejes fundamentales en los trabajos de El Vagón de la Ciencia/SLP y en el Centro de divulgación/Delegación CONACYT en la localidad fueron el químico Fermín Rodríguez Briones y los comunicólogos Artemisa López y Rafael de Loera, con el apoyo de creadores y científicos destacados, entre ellos Jean Fritch, José Luis Morán, Magdaleno Medina Noyola, Gisela Galván, Amado Nieto, Pedro Medellín, Jaime Galán, Marco Carlos Ávalos, Malú y Jessica Meave, acompañados por una pléyade de destacados alumnos y exalumnos de Colegio de Bachilleres.

Cuando acá se arma el denominado Museo Laberinto de la Ciencia, ni el conjunto de experimentados y nóveles divulgadores, ni integrantes de la comunidad científica local fueron tomados en cuenta para su desarrollo. El proyecto y la maqueta estuvieron siempre en la oficina de Marinela “Bimbo” Servitje y alimentaron sus intereses porque vendió al gobernador De los Santos un gran juguete a precio inflado y con soportes importados, mismo recinto que prescindió del liderazgo del científico Raúl Cid; desde siempre dirigido con mentalidad gerencial, y, por su tarifa alta, al servicio de una minoría, acceso sólo en automóvil (sin entrada por el parque Tangamanga al cual se le quitó espacio en su mejor colina) y ningún día de la semana con entrada gratuita, según se estila en museos respetables.

El país busca nuevos rumbos, la divulgación científica local merece reposicionamiento y José Luis Morán, quien sabe del tema, está al frente de la Academia Mexicana de Ciencias y del Consejo Potosino de Ciencia y Tecnología.

Ciencias y artes en la localidad tienen capital humano; hermanarlas nuevamente puede propiciar y motivar un aprendizaje divertido y participativo, y la forja, por qué no, de niños como Carlos Santamaría, más excepcionales por la motivación contextual y metodologías que por causas genéticas. ¿Será posible?

 

Jorge Ramírez Pardo, enredarteslp@hotmail.com, periodista y cinematografista por la UNAM.

 

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