Estas letras que ves

Somos tus fantasmas y los míos | Columna de Dainerys Machado

Estas letras que ves

Este texto apareció originalmente en letrasqueves.wordpress.com

I        Tu abuelo era como los mariachis por los que mi abuela Violeta suspiraba, sentada en las butacas del cine Edison. En el infinito calor de una Habana en mes de agosto, ella se ahogaba entre dos lagrimones eternos, agarrada, como concubina fiel, de las manos del esposo. Incapaz de confesarle ni confesarse que su llanto sabía más salado mientras más horas se le iban en aquella vida de matrimonio de apariencias. Porque siempre resultaba más fácil justificar el llanto en el dolor de alguna triste tonada mexicana, como de película de los años 50.

Solo las noches eran más placenteras para ella después de las dobles tandas en el Edison. Porque en esas horas mi abuela soñaba en blanco y negro con que algún mariachi le llevaba serenatas al pie de la ventana. Y en sus sueños, siempre ese músico, como tu abuelo, olía a tabaco dulce y alcohol.

II       Las mismas butacas de cine de barrio recibieron después los sueños melancólicos de mi madre adolescente. La pérdida temprana de su inocencia volcó todos sus anhelos hacia el destino de sus hijas. Planificó mi vida año por año, mes por mes, hora por hora.

Quiso siempre que me pareciera a las actrices mexicanas que aparecían en las películas de su infancia, a aquellas mujeres capaces de no perder la compostura ni el laqueado del cabello, y que ella imaginaba además portadoras de la milagrosa capacidad de sufrir sin llorar, sin detenerse, sin perder las ganas de amar. Mi madre quería que me pareciera a las hermosas mujeres de tu familia.

Solo que mi madre ya soñaba sus noches en colores. Depositó en mí también todos sus sueños de rebeldía y soledad, y esos se me pegaron a la piel mucho más que los anhelos de compostura que ella me había reservado.

III       Somos tus fantasmas y los míos. Como tu abuelo mariachi, eres capaz de regalarme las serenatas que mi abuela soñaba con escuchar debajo de su ventana. Y como a ella, a mí me excita que llegues a casa con olor a tabaco y alcohol. De las mujeres de tu familia quizás heredé cierta vocación maravillosa del sacrificio. Porque en algo mi madre siempre tuvo razón: hay frutos del dolor que son dulcísimos.

Somos tus fantasmas y los míos. Vivimos las melancolías y las risas de aquellas películas en blanco y negro que pasaban en la gran pantalla del cine Edison. Pero no somos sus héroes. Somos demasiado impacientes, a veces demasiado dramáticos para ser aquellos héroes. Ya sabemos que la vida no es un filme en blanco y negro, que las mujeres pierden el laqueado del cabello y siguen luciendo hermosas, que existirán noches —muchas noches— en que no sientas ningunas ganas de tocar tu guitarra al pie de mi ventana, y que, incluso en esas horas de silencio, habremos aprendido a ser felices. Somos tus fantasmas y los míos, porque de ellos heredamos todos los errores que jamás nos permitiremos repetir.

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