#4 TiemposDesde mi clóset

Sistema sexo-género como pilar del ejercicio sexual | Columna de Paúl Ibarra Collazo

Desde mi clóset

La identidad sexual es una construcción social que ha evolucionado a la par que el cuerpo humano, de forma tal que, existen preceptos sociales introyectados en los genes. El aparente dimorfismo de la especie es reforzado con la proyección de categorías simbólicas especificadas para cada elemento. Los machos y las hembras humanas, en tanto cisgénero, adquieren los atributos que el momento histórico determinado son la tendencia. Mientras, las personas transgénero buscan incorporarse a la dinámica social, a través de la reproducción de los rasgos hegemónicos que caracterizan a hombres y mujeres. De esta manera, es factible afirmar que la especie humana niega su origen multiforme. Ya que, el reconocimiento de la variabilidad en la biología humana, implicaría derribar un dogma milenario.

Dios no creó al hombre a su imagen y semejanza como lo dice el Génesis. De haberlo hecho, la línea genética no sería tan variada. Las investigaciones recientes incluso demuestran que el homínido actual, es el resultado de la cruza de por lo menos cuatro especies distintas de humanos (Nieves, 2013). La multiformidad sexual es una realidad poco difundida por la ciencia. La humana, es una especie que tiene muchas formas.

En este sentido, la instauración del sistema sexo-género como el regulador de las identidades sexuales, facilita la legitimación del dimorfismo como verdad irrefutable. Eusebio Rubio, creador de la teoría holónica de la sexualidad, asegura que “la dimensión humana del género, expresión de este holón, permea casi toda la existencia humana” (Rubio, 1994). La construcción de la identidad sexual, dentro de este sistema refuerza la idea de que lo distinto a la norma es patológico y desechable.

El género, desde la perspectiva del autor, es el sistema con mayor influencia en el ejercicio de la sexualidad. Ya que está ubicado en una multitud de planos mediante los cuales una persona se reconoce y relaciona. “Es por medio del género que los grupos sociales realizan una multitud de interacciones” (Rubio, 1994) en razón de la diferencia biológica. Esta diferenciación implica una relación de poder explicitada en la enunciación de las características impostadas para cada sexo. “Lo interesante de estas oposiciones binarias es que no permiten ver los procesos sociales y culturales mucho más complejos” (Conway, 1996) que ocurren al interior de la especie. La intersexualidad es un ejemplo de la existencia de procesos complejos, así como la transexualidad.

En resumen, resulta fundamental la construcción de categorías multiformes que visibilicen la diversidad biológica de la humanidad. El reconocimiento de formas con funciones distintas a la reproducción, facilitan la comprensión de un mundo más incluyente y respetuoso de la diferencia. El sistema sexo-género promueve significar lo distinto a la norma como un padecimiento, una anomalía. Sin embargo, la intersexualidad es común en el reino animal. El freemantismo y quimerismo son comunes entre las especies domesticadas y de consumo humano.

Por otro lado, la resignificación de los roles sociales de sexo es fundamental para comprender que estos son una construcción social. Son finitos y propensos a mutar. En el renacimiento, los hombres, los verdaderos hombres eran refinados, se maquillaban, usaban zapatillas de tacón alto y se ataviaban con grandes prendas; hoy en día, la masculinidad es diametralmente opuesta. A principios del siglo veinte a las mujeres no se les reconocía la ciudadanía, en la actualidad resulta impensable esta situación.

Si bien el género es una construcción histórica, lo cierto es que reflexionar sobre las implicaciones de este en el ejercicio de la sexualidad son fundamentales para comprender los mecanismos de control del cuerpo humano. Uno de los alcances de este sistema es el privilegiar el dimorfismo con fines reproductivos para la especie.

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