#4 TiemposFunambulista

Sísifo y Onetti | Columna de Edén Martínez

Funambulista

 

Veía la muerte y la amistad con la muerte, el ensoberbecido desprecio por las reglas que todos los hombres habían consentido acatar, el auténtico asombro de la libertad.

Juan Carlos Onetti

 

La literatura del uruguayo Juan Carlos Onetti (1909, Montevideo –1994, Madrid) puede ser difícil de mascar. No por su prosa, compuesta de oraciones largas y con pocas pausas, sino por el ambiente en el que está sumergida. La prostitución, el alcoholismo, la pérdida de la inocencia, la infidelidad y el suicidio, son todos temas onettianos. El ethos de su obra deriva del supuesto existencial de que la vida es un gran desfile de tragedias en donde los individuos no pueden más que observar, pacientes y resignados, cómo los consume la desgracia

Aunque se le ha querido designar como nihilista y amoral, esta concepción de la vida no carece de sentido estético ni reflexivo. El pesimismo es una postura ante el mundo que no necesariamente fomenta el desprecio a los demás o la indiferencia hacia los valores sociales y éticos. Es una tendencia a observar la realidad en su más desfavorable posibilidad, una predisposición casi natural y muchas veces no racionalizada, de voltear siempre a ver el lado oscuro de las cosas.

Catalina Quesada Gómez, de la Sorbona, menciona que a cualquier lector de Onetti le sorprende que sus personajes no opten por el suicidio en mucha mayor medida de lo que lo hacen, inmersos, como están, en esos universos ahítos de fracaso que son los onettianos. Yo no podría estar más de acuerdo: los personajes de Onetti viven todos en sus infiernos personales, están en el borde de la línea de la desesperación. Algunos viven tranquilamente porque están acostumbrados a la idea de la miseria y ya la han hecho cotidiana, como Langman, personaje del cuento “Un sueño realizado” (1941), o como el narrador de “Bienvenido, Bob” (1944), un relato sobre la venganza perfecta de la melancolía y la decrepitud. Otros, pese a no ser especialmente frágiles, están menos preparados para sostenerse en el dolor y se consumen en su miseria. Como Risso, aquel hombre víctima de la mujer fatal, en esa apoteosis del sufrimiento que es El infierno tan temido” (1957).

Sin embargo la postura de Onetti ante el pesimismo —siendo el suicidio el pináculo de esta idea— es más la de la resistencia: la mayoría de sus personajes deciden permanecer vivos, continuar en mundo que les causa tanto dolor. Todos ellos realizan la interminable tarea diaria de subir la roca por la colina, solo para que ésta termine cayendo: son la perfecta metáfora del absurdo, una representación del “Mito de Sísifo” de Albert Camus.

Los personajes de Onetti son los dueños de su propio dolor, abrazan la oscuridad por un momento, porque como el filósofo francés lo sugiere, existe un segundo, no de esperanza, pero sí de tranquilizadora felicidad, que mantiene entero y resignado al heroico Sísifo: (…)  en cada uno de esos instantes en los que abandona la montaña, cuando gradualmente se hunde hacia las estancias de los dioses, él es superior a su destino. Es más fuerte que su roca. Langman y Bob viven dentro de una atmósfera sombría, permanecen en ella elevando sus rocas cada mañana, pero no se rinden, no se rompen por completo: pese al vacío, como lo dijo Quesada, absurdamente más vale persistir.

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