#4 TiemposColumna de Adrián Ibelles

Sirenas de la noche | Columna de Adrián Ibelles

Postales de viaje



En el pueblo hay tres escenarios climáticos: lluvia, frío y templado. Se van intercalando cada tanto, por lo que es fácil deducir si hay que usar un paraguas, una chaqueta gruesa o un suéter de abuelo. Lo predecible da paso a la seguridad.

Me siento seguro también en las calles. Hace poco dejé de mirar con recelo a la gente en la noche, de cuidar mis espaldas y de esconder mi dinero en el bolsillo secreto del calcetín. Ya no me privo de llevar el celular en la mano, mientras escucho alguna melancólica voz inglesa de finales de los 80’s en mis audífonos.

Me gusta llegar a casa después del trabajo. Tomar un café, ponerme al corriente con lo que hicieron en mi ausencia. Pero entonces llega la hora de apagar las luces. De escuchar solo la lluvia alcanzar la ventana, o el ruido de las teclas de una computadora que nunca descansa en el cuarto de al lado. Mas lo que realmente me mantiene en suspenso, es el silencio. Y lo que podría venir con él.

Hace un año tembló en el sur del país. Hace un año, mientras dormía como una piedra, Sandra me gritó para despertarme, con nuestro bebé en brazos, entre el movimiento del piso, de la puerta, de las luces. Salimos de la casa y nos agrupamos junto a nuestros vecinos en el gran jardín donde alguna vez, hace no mucho, el dueño tuvo caballos. Ahí estábamos nosotros, relinchando en la oscuridad mientras el suelo se mecía. A las pocas horas, llegó la réplica. Y entonces escuché por primera vez la alarma sísmica, uno de los sonidos más angustiantes que conozco. Suena solo cuando un movimiento sobrepasa los 5 grados de la escala Richter. Pero para mí, aún sin sentirlo, su sonido exclama peligro. Chiapas sufrió. Oaxaca murió un poco.

Una semana después, en pleno aniversario del terremoto del 85, otro sismo encendió las alarmas. Esta vez fue el centro del país quien padeció más. Y miles de habitantes de una ciudad Maracaná por la tragedia.

Acá en el sur, seguimos escuchando esas sirenas hasta perderles el respeto. Las últimas veces los niños ya no cortaban sus conversaciones, y los grandes no dejaban su café a medias para salir de la casa. Mi bebé, ahora con más de un año, no detenía su siesta ante el grito de una bocina que nunca he visto, pero que no dejo de pensar.

Y así como hay temporada de lluvias, y temporadas turísticas, temo que haya temporada de sismos. Cada noche, pienso en qué puede pasar si no me despierto a tiempo. Si la casa en la que ahora vivimos es segura. Si Sandra podrá advertirnos a todos. Si los gatos podrán escapar por su cuenta.

Y sé que no. Que no se puede predecir ni anticipar. Nadie me advirtió que en septiembre el piso no se estuviera quieto. Es más, de eso apenas se habla ahora, luego de mundiales, elecciones y otras ruinas. Ahora que lo pienso, es una paranoia personal, algo que me persigue como un recordatorio constante de que aunque la gente y la calle no me asusten más, siempre hay a lo lejos un silencio, que se puede romper con el primer baile de la noche.

@Adrian_Ibelles

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