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Siddhartha viajero | Columna de Adrián Ibelles

 

Postales de viaje 

Acepto que ser padre es más complicado de lo que esperaba. Hay momentos en que la inexperiencia y la falta de certeza no pasan desapercibidas, especialmente cuando de viajar (con un bebé) se trata.

Desde que llegamos a Chiapas apenas habíamos salido a visitar a mis tíos a Tuxtla y tuvimos un paseito por un parque cercano, donde Edu se lanzó de la tirolesa y probamos unas quesadillas de arrachera desquiciadamente buenas. En ambos, Sidd se había portado como un nene ejemplar.

Lo que los chicos no esperaban era mi obsesivo interés por salir de paseo a los lugares místicos del estado, siendo el primero los Lagos de Montebello. Luego de conseguir que me auspiciaran el viaje en el trabajo, aproveché para convencer a Edu de faltar a la escuela y a Sandra de salir con todo y bebé.

La mañana de nuestra salida la noté preocupada. Mejor vayan ustedes, me propuso. Le daba miedo que Siddhartha se sintiera intranquilo, que llorara en el camino o que se sintiera mal. Yo le sugerí que si se desesperaba el gordo, podríamos resolverlo entre los dos. Sandra suspiró y me dio la razón.

Esperamos la sprinter que nos llevaría al recorrido de 12 horas, que incluía una visita a las cascadas de Chiflón, una pausa para la comida y algunos lagos de la atracción principal. En el viaje nos acompañarían dos chicas del Estado de México, tres de Ensenada y dos señores de Monterrey. De inmediato sentimos algo de tensión, ya que los regios al ver al bebé pidieron que se les cambiara el asiento.   

La cara de Sandra lo decía todo; sabía que debí quedarme. Al llegar a nuestro primer destino se reforzó la idea; el chofer nos pidió que no cambiáramos a nuestro pichito en el interior del vehículo, y advirtió que el kilómetro y medio de recorrido sería en ascenso por escalones mojados y difíciles de recorrer. Aquí los espero, resolvió Sandra con bebé en brazos, y más segura que antes de mi falta de criterio.

Mentiría si dijera que no nos la pasamos mal, Edu y yo recorrimos el camino hasta la llamada cascada Velo de novia, imponente, asombrosa y llena de pausas muy atractivas, como la que hicimos para ver el respiradero del río, un auténtico corazón del bosque.

Al regresar Sandra nos contó que había matado el tiempo platicando con los choferes, con las señoras del restaurante y un poco consigo misma. Siddhartha lloraba y yo me empezaba a arrepentir.

Entre la cascada y los lagos hicimos una parada para comer en un restaurante sugerido por el conductor, donde niños recitaban poemas memorizados a las damas, mientras las niñas buscaban hacer lo propio conmigo. Poetas de la frontera.

Lagos de Montebello está ubicado en la frontera con Guatemala, la cual se desdibuja en el Lago Internacional, extraordinario lugar para corroborar lo frágiles que son algunos límites territoriales. Edu y yo concertamos que Guatemala se parecía más a Silent Hill con los lagos sumidos en una densa niebla. Dimos gracias de no tener que abordar una embarcación en ese punto.

Lo siguiente fue visitar uno de los 58 lagos de la zona, el cual podíamos apreciar desde una balsa de corcho, visitar un cenote y una isla pequeña, donde según los guías, Antonio Banderas había grabado un reconocido comercial de la Corona (el cual sigo buscando). El viaje de nuevo lo hice con Edu; ante la amenaza de lluvia y unos estornudos alarmantes, Siddhartha y su madre esperarían a bordo del vehículo.

Con una culpa punzante, fuimos a navegar el lago Pojoj, hermoso y deslumbrante aún con el tiempo nuboso. Los guías nos hablaron de un funesto incendio que afectó miles de hectáreas veinte años atrás, y aprovecharon para inyectarle misticismo al cenote, el cual “nunca ha sido explorado por expertos”.

Lo maravilloso de la isleta no fue tanto la anécdota de Antonio Banderas, sino un pequeño refugio de orquídeas que nos mostraron, plantadas en pequeños trozos de tronco que llamaban “cola de mono” y que seguro a Sandra le hubiera encantado.

Finalmente volvimos, solo para enterarnos que el bodoque había llorado por media hora hasta quedarse dormido. Los ojos de Sandra iban entre el coraje y la desesperación, lo que avivó mi culpa. Regresé a esa mañana, cuando ignoraba la sugerencia de alguien que entendía mucho mejor que yo las necesidades que tiene un pequeño de dos meses, entre ellas un hogar tranquilo, comer a sus horas y descansar como cualquier bebé.

Más que la situación, me dolía el no haber confiado en su experiencia y su sentido común, del cual carecí por completo. Al verme profundamente compungido me pidió que nos relajáramos, y decidimos tomar la experiencia como un buen aprendizaje.  

Siddhartha durmió el camino entero de regreso, en el que los regiomontanos aprovecharon para compartirnos que ellos mismos habían viajado antes con sus hijas pequeñas, e incluso habían sido botados de su camión por culpa de las pequeñas. Ahora viajamos solos, nos confesaron. Al llegar agradecí un poco mi terquedad. Aunque habíamos tenido muchas más complicaciones de las esperadas, me alegraba saber que por lo menos Edu, Sandra y yo tendríamos una buena historia para contarle al pequeño Sidd, del día que salimos del país, navegamos lagos misteriosos y tocamos orquídeas salvajes.

@Adrian_Ibelles

 

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