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Serie de la semana | Columna de Dalia García

Divertimentos

La semana pasada le eché un vistazo al menú de Netflix. En la lista de las “aclamadas por la crítica” vi una serie que llamó mi atención por su temática policiaca: How to get away with murder. Puesto que estábamos al corriente con los capítulos de la serie en turno, decidimos empezarla. El resultado fue que terminamos los quince capítulos de la primera temporada en tres días. Volvimos a caer en la tentación, lo sabemos, y ya nos laceramos por no tener fuerza de voluntad para dosificar los capítulos, pero no nos volverá a pasar.

How to get away with murder es una serie estadounidense producida para la cadena ABC. La protagonista es una abogada, Annalise Keating, mujer negra que imparte clases de derecho en una prestigiosa universidad de Filadelfia.

Su clase lleva el título de la serie; y durante la trama se confirma el por qué de tal nombre. La teoría de Annalise, respecto a la enseñanza, se basa en la idea de aprender a través de la práctica y del sentido común; por eso en cada sesión presenta un caso de delito e incita a sus estudiantes a desentrañarlo para llegar a las respuestas que un abogado necesita para defender a su cliente ante la Corte.

En la primera clase anuncia que los cuatro alumnos que mejor analicen el caso del día, obtendrán una beca para trabajar con ella y tendrán la posibilidad de ganarse, semanalmente, el trofeo de la justicia que podrán utilizar a su favor para esquivar exámenes o cualquier otra dificultad de la asignatura.

El argumento principal surge cuando la abogada descubre que su esposo, un hombre blanco, psicólogo, le es infiel con una joven estudiante que aparece muerta en un tinaco de agua y cuya principal sospechosa es la joven inocente a quien ella misma defiende en los tribunales.

Por una serie de accidentes, sus alumnos terminan matando a su esposo. Tras este hecho, se desencadena una serie de acciones que tienen que llevar a cabo para evitar ir a la cárcel y echar a perder su carrera como abogados. Annalise, como responsable del caso y de sus estudiantes, encabeza el plan que los pone a salvo, pero llega un momento en que todo se sale de control y cometen otros crímenes para seguir ocultando la verdad. Cuando la policía está a punto de descubrirlos, las cosas se vuelven a favor de la abogada y su equipo.

La vida de Annalise Keating tiene un pasado delicado, marcado por el abuso, que vuelve a su mente en los momentos de crisis y la hace vulnerable. Sus alumnos, después de endiosarla por la maestría con la que realiza su trabajo, comienzan a pensar que tarde o temprano se arruinará su vida por cumplir las órdenes de su jefa; son la representación viva de Raskólnikov, con una gran carga psicológica de emociones y obsesiones que los hace transitar entre la culpa, la razón y la paranoia; a menudo se preguntan si lo que hacen es lo correcto, pero no tienen muchas opciones para cambiar lo que ya hicieron.

En cuanto a su construcción, la serie cumple con las reglas de las historias policiacas: cuidar que la identidad del culpable no sea predecible en los primeros tres cuartos de la serie y sorprender al espectador, que cree poseer la verdad gracias a las pistas falsas, al develar que el culpable es la persona menos pensada.

En su primera temporada, la serie muestra que las leyes no son justas porque los hombres son corruptibles, que el concepto de justicia no es más que un ideal, que el sentido común es lo menos común cuando se busca la verdad, que los crímenes más atroces suelen cometerse en contra de los seres queridos, que ser inocente no es suficiente para evitar ser condenado y que cada acto determina gran parte del futuro.

Espero que las tres temporadas restantes no sean un estira y afloja del planteamiento inicial que, como ya dije, me mantuvo con el Jesús en la boca y me hizo desear ser abogada para después convencerme de que mejor estoy bien así.

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