Columna de Luis Moreno Flores

Sentimientos infantiles. Crónica de Luis Moreno Flores

HISTORIAS PARA PERROS CALLEJEROS.

Culpa.

Solo he matado una vez.

A los doce años me encontraba en la casa de mis padres, era domingo, esperaba a que iniciaran Los Simpsons. En la televisión apareció un comercial de leche Parmalat en el que un grupo de gatos entonaban una canción. Parmalat, Parmalat, mamma mia, Parmalat… Esa fue mi señal, dejé el sillón para ir a la cocina a servirme un vaso de leche sabor fresa en un  vaso de Digimón, que horas antes acompañé a mi mamá a comprar en la Comercial Mexicana.

Terminaba la operación cuando escuché un ruido que provenía de la habitación paterna. Dejé el vaso para ir a investigar. Al llegar encontré a un pájaro que aleteaba desesperado sobre la cama, traté de tomarlo con las manos; agitó sus alas hasta llegar al techo, donde chocó. Lo perseguí y finalmente lo acorralé entre el piso y un ventanal.

Mi cuerpo actuó más rápido que mi mente: dirigí un pisotón contra la pobre ave. Justo cuando sentí el crujir de sus huesos bajo mi pie, sin misericordia acabé con su vida. Un instante después, vi el cadáver y me eché a llorar. Asesiné a un inocente de forma dolosa, no había nada de fortuita en mi acción, aunque me empeñaba en buscar atenuantes.

Debí llorar mediahora o más, porque mi madre terminó de atender el jardín y me encontró bañado en lágrimas. Se acercó, me abrazó. Le dije que lo había confundido con una mariposa negra. Mentí. Nunca tuve el valor de decir la verdad.

 

Amor.

La primera vez que me sentí atraída fue hacia Miguel, entonces cursaba el cuarto de primaria y él era el mejor amigo de mi hermano, ambos un año mayores que yo.

Recuerdo que Miguel era guapo, aunque francamente solo puedo mencionar una de sus características físicas, la única que bastaba para revolver mi corazón: le faltaba una pierna.

Antes de conocer a Miguel, vi con mi mamá una película en la que un niño es enviado a la guerra y al final de la cinta muere. Ambas lloramos. Cuando Ramiro, mi hermano, presentó a Miguel en la casa de inmediato lo relacioné con el protagonista. Era parecidísimo. Imaginé que el niño de la película sobrevivió a la guerra, pero el rugido de una mina arrancó su pierna hasta el muslo.

Constantemente tenía sueños en los que Miguel me rescataba de una cueva en la selva o peleaba contra ladrones que intentaban robar mis muñecas. Despierta, pensar en Miguel ocupaba buena parte de mi día, no obstante, la timidez natural de esa edad me impedía hablarle.

Encontraba cualquier pretexto para estar cerca de él. Le pedía a mi hermano que me llevara a la cancha de futbol. Mi amor jugaba de portero; verlo dejar sus muletas para arrojarse al piso por el balón no hacía más que incrementar mi devoción.

Un Halloween se disfrazó de soldado. Lo vi cuando llegó por mi hermano para ir a pedir dulces. Encontrarlo enfundado en el vestuario que usaba en mis sueños me causó un vuelco en la panza. Salí sigilosamente de la casa para no toparlo, fui a casa de Cristina para elaborar un plan con el que por fin pudiera confesarme ante Miguel.

Desde la habitación de Cristina se escuchó el timbre, nos asomamos por su ventana, eran mi hermano y Miguel, que llevaba el pantalón de camuflaje arremangado, lo que acentuaba su falta de extremidad, se puso un casco magullado y pintó heridas en su rostro. El cuadro me cayó como un relámpago de certeza, ya no necesitaba el plan. Bajé para decir lo que sentía.

Abrí la puerta, solo estaba Miguel, quedé inmóvil con la mirada fija en su nariz. El trance se quebró hasta que él se acercó para besar mi mejilla y dijo, hola Dani, cómo estás.

 

Vergüenza.

La hora del recreo era lo único que me gustaba cuando iba a la primaria. Tenía una rutina bien definida: a las diez veinticinco de la mañana sonaba la campana por toda la escuela Margarita Maza de Juárez, enseguida guardaba mis útiles en una lapicera de Hello Kitty que recibí de mi hermana cuando cumplí nueve años. Sacaba mi lonche y corría rumbo al área donde la escuela almacenaba colchonetas, llantas y trozos de esponja que utilizábamos para construir casitas; mis amigas y yo tardábamos unos segundo en armarla, aunque para ser honesta no eran más que llantas provistas con esponjas al centro que usábamos de asientos. Ahí comíamos mientras nos poníamos al tanto de las caricaturas, a veces hablábamos de niños.

Teníamos por costumbre intercambiar porciones de nuestros desayunos: tres mordidas de manzana por una galleta; un burrito por medio sándwich, jugo por jugo…

Un día busqué una goma en mi mochila, aproveché para revisar qué comida había puesto mamá. Una torta. Mientras la clase de geografía seguía, monté la ola de mis pensamientos, alguno lo dediqué a tratar de adivinar el sabor de esa torta, deseaba que fuera de frijoles con chorizo.

En la casita, desenvolví el palpitante pan, le asesté la primera mordida, sabía solo a eso. Pan. Lo mismo pasó con la segunda y la tercera. Inspeccioné la torta y descubrí que era un bolillo de la noche anterior, comenzaba a perder consistencia. Pensé en guardar el pan e irme a jugar, entonces Fabi interrumpió el plan para proponerme intercambiar una porción de su sándwich por un poco de mi torta. Sentí tanta vergüenza y puse el pretexto de disfrutar mucho mis alimentos. Mi orgullo a los 10 años era tanto, que tuve que terminar esa torta de migajón. Más tarde pregunté a mamá de qué había sido la torta y, no ella, sino el cínico destino, respondió: de frijoles con chorizo.

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