#4 TiemposDesde mi clóset

Rol social de sexo, las tareas del género | Columna de Paúl Ibarra

Desde mi clóset

Una cría humana crece, aprende roles sociales otorgados por la cultura, con base en el sexo/género de asignación. Cabe recordar que la correspondencia normativa en este sistema indica que el sexo de asignación y la identidad de género deben ser macho/hombre, hembra/mujer. Este precepto normativo facilita la apropiación de roles, es así que los machos/hombres adquieren características masculinas, mientras que las hembras/mujeres asumen características femeninas. Debe existir una conformidad respecto a estas normas culturales, de lo contrario habrá sanciones sociales para el individuo que decida transgredirlas.

La existencia de conductas típicas de un sexo está determinada por el contexto histórico. En el renacimiento las conductas, vestimenta, rutinas de un hombre no fueron las mismas que las de los varones en los años cincuenta, tampoco lo son hoy en día. Lo único que no cambia es la presencia del continuum dominante. Wittig (1994) equipara la categoría de sexo con la de la esclavitud, en esencia, mantiene implícita una relación de poder.

El poder no se cuestiona a sí mismo, ni tiene la intención de modificar el status quo que lo mantiene a flote. Etiqueta la otredad, se la apropia. Es un dogma divino. Como se ha mencionado antes, en el Génesis, Dios le otorga a Adán la facultad de nombrar todas las cosas en la tierra. Dicha potestad le sirve incluso para diferenciar a su alter ego. La Biblia es clara al respecto cuando dice que Adán gobierna a la “mujer, porque de él fue tomada” (Valera, 2009). Lo cual resulta en un lastre de origen. En un estadio donde el hombre ha categorizado todo a su paso, no hay cabida para nada más.

Dicho lo anterior, el rol social de sexo, como tercer elemento de la identidad sexual, permite a la cría humana en un primer momento reconocerse con habilidades y deficiencias, aptitudes, actitudes y creencias que afianzan el ser subjetivo. La diferencia sexual se legitima con la ciencia patriarcal. De acuerdo con la evidencia científica, el hemisferio cerebral izquierdo es dominado por los hombres, de manera causal, este lado del cerebro humano es el responsable de las habilidades analíticas. Por el contrario, las mujeres, según esta evidencia, son más hábiles con el hemisferio cerebral que se encarga de regular las emociones. Nada más falso que lo anterior. Wittig señala que “la ideología de la diferencia sexual opera en nuestra cultura como una censura, en la medida en que oculta la oposición que existe en el plano social entre los hombres y las mujeres poniendo a la naturaleza como su causa” (Wittig, 1992, pág. 22). Las categorías de sexo favorecen el encubrimiento de que estas son diferencias creadas por el sistema (Wittig, 1992) con el afán de asegurar el orden político, económico, social, ideológico y religioso que mantenga los mecanismos de opresión.

Al parecer el origen del patriarcado, si bien es multicausal surge con la premisa edénica de la creación de la hembra humana. Si la mujer es carne de la carne del hombre, y de éste fue tomada, y ha sido él mismo quien le ha otorgado un significado, requiere irreparablemente de un poder totalizante que le dé certeza. Per se, una mujer nunca está por encima, ni siquiera al lado de un hombre, en el sentido estricto del significante, de la misma forma que el esclavo jamás estará por encima del amo, o el negro jamás podrá ser blanco y viceversa.

La adquisición de roles sociales de sexo faculta a los cuerpos humanos para activar procesos de dominación. De esta manera, lo masculino, asociado con la fortaleza, precisión, violencia, determinación, bregues, facilita a los machos/hombres/masculinos para posicionarse como aquellos en la especie que tienen el control. “La categoría de sexo es la categoría política que funda la sociedad en tanto heterosexual” (Wittig, 1992). El hombre heterosexualizó las relaciones al momento que redujo su vida al “allegarse a su mujer, y ser una sola carne” (Valera, 2009). Con lo anterior, el orden social se encargó de dotar al hombre de los elementos suficientes para ejercer dominio sobre las mujeres. Incluso lo situó como un proceso natural dentro de la especie humana, para de esta manera desestimar los esfuerzos existentes para revertir o cuestionar este proceso.

En este sentido, “la categoría de sexo […] establece como «natural» la relación que está en la base de la sociedad (heterosexual)” (Wittig, 1992, pág. 26). De origen, se encuentra determinada una diferenciación sexual que opera en la cultura occidental en forma de censura, al tiempo que esconde la dicotomía en el plano social entre mujeres y hombres poniendo a lo natural como la causa (Wittig, 1992). Así pues, el pensamiento heterosexual permea tanto las corporalidades como el ejercicio de acciones autónomas de cada ser. Le asigna roles prestablecidos entre lo privado y lo público, entre lo pasivo y lo activo, entre el poder y la sumisión.

@PaulIbarra06

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