Rudeza necesaria

Rodolfo vs El Pana. Columna de El Mojado

RUDEZA NECESARIA

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Torero de vieja escuela, el último romántico de la fiesta, el de coleta natural, el que llegaba en calesa a sus más importantes presentaciones, el que daba dos vueltas al ruedo cuando salía extasiado de una lidia, el que cortaba el rabo al toro pese a que el juez de plaza no se lo hubiera otorgado, el que se tiraba a matar sin citar, el que inventaba pases en medio de la turbulencia y el que hacía unos trincherazos tan únicos, que por sí solos merecían pagar el boleto.

Ese es El Pana. Genio. Y figura.

El Pana, ese torero mítico que llenó su carrera de fracasos y al que tantas y tantas veces el público le dio la espalda. El Pana fue siempre más grande que Rodolfo Rodríguez.

“El Brujo de Apizaco” era el apodo con el que todo mundo se refería al matador de toros, a El Pana, pero Rodolfo Rodríguez, es para todos, mucho menos conocido.

Debe ser por sus estridencias que del hombre, no del personaje, se sabe tan poco. No soy yo el que lo conoce. El Pana fue siempre el torero más histriónico y para muchos, por eso será recordado. Fumaba puro en las plazas, brindaba sus lidias a prostitutas y salía a dar el paseíllo con un sarape, en lugar del capote adornado que se acostumbra.

Por eso es que El Pana, el personaje, fue siempre más grande que Rodolfo Rodríguez.

En la realidad, Rodolfo Rodríguez es más que eso: es un defensor de la tauromaquia, sobre todo en Tlaxcala, al grado de llegar a correr a los niños que jugaban al futbol en los ruedos, porque él no quería que la pelota dañara el epicentro de todo su ser.

Nunca olvidaremos esa tarde de domingo de 2007, en la que se disponía a realizar su corrida de retiro, ante la Plaza de Toros México, a la que tanto quería y en la que tanto había quedado a deber. Por eso le era doloroso volver a la México, para despedirse e hizo todo lo posible por no tener que irse.

Esa tarde, el personaje había consumido a la persona, pero también al torero. Rodolfo Rodríguez llegó a su corrida de retiro como un sujeto atípico, anacrónico.

Era, como ya habíamos dicho, el que llegaba en calandria, que fumaba puro antes y durante el festejo y que usaba coleta natural.

Había más “El Pana” en los alrededores de la Plaza México que Rodolfo Rodríguez en el interior del maestro, ese defensor a ultranza de la tauromaquia antigua, una figura de lo viejo que se había hecho viejo sin ser figura.

El Pana partió plaza a pie, pese a que él insistía en ir sobre la calandria. Era la primera corrida de toros del año 2007 en la Plaza México, cuando llegaba con la intención de cortarse la coleta y dejar hasta ahí su carrera como matador. “Me voy hastiado, asqueado”, había dicho.

Entonces se enfrentó al primer toro de la tarde. Eran él, Rodolfo Rodríguez, con unos 55 años y Rey Mago, de Garfias. “El último romántico” le llamaba Heriberto Murrieta en la transmisión televisiva de esa corrida que lo llevó incluso a visitar Los Pinos.

Era El Pana más entregado de su carrera, el que estaba dispuesto a dejarlo todo. El que conectaba totalmente con la tribuna y emocionaba a quien lo viera. 18 mil personas se pusieron de pie para aplaudir su gran actuación y llegó el momento de la suerte suprema.

Entonces el Pana estelar volvió a ser Rodolfo Rodríguez, disminuido solo al torero de enormes alcances emotivos, pero con terribles fallas con la espada. Cuatro pinchazos echaron por tierra una actuación digna de cortar rabo.

Su segundo toro del festejo fue Conquistador. En realidad la gran conquista de esa noche fue de El Pana.

Puso banderillas de forma magistral, incluyendo un par de calafia que arrancó los gritos de “Torero, torero” a la Plaza México. El Pana hizo ese memorable brindis dirigido a las prostitutas y tomó la muleta.

La Plaza México fue toda para El Pana, que hilaba momentos históricos.

Otra faena para rabo, que terminó sólo con dos orejas, por un pinchazo del matador.

Empezaron a sonar “Las Golondrinas” y El Pana se negó a que cortaran su coleta.

Esa tarde, en que terminaba su carrera, El Pana logró el gran triunfo que la mantuvo.

Así fue siempre Rodolfo Rodríguez, un torero de contradicciones.

El Pana encontró la catarsis en el ruedo y al terminar sus actuaciones toreras, volvía a ser Rodolfo Rodríguez y a desaparecer de la memoria, hasta que su personalidad lo hiciera resurgir de nuevo.

Sirva esta columna a manera de homenaje para el maestro. Pero también de despedida.

¡Óle, matador! Ya te has convertido en leyenda.

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