#4 TiemposLetras minúsculas

Risoterapia |Columna de Juan Jesús Priego

LETRAS minúsculas

Reír es una actividad de lo más saludable. Según el psicólogo estadounidense William Fry, «cinco minutos de risa equivalen a 45 minutos de ejercicio físico. Reír aumenta la capacidad pulmonar, ayuda a la circulación de la sangre, da un masaje vibratorio a todo el cuerpo, aleja temores, elimina toxinas y potencia el sistema inmunológico». Una buena carcajada hace tanto bien como ir a correr a trote ligero al parque Tangamanga.

La risa alivia el ansia, saca de la depresión (de la prisión), reduce el estrés, aminora el cansancio, vuelve menos espesa la bruma que nos hace verlo todo negro y aumenta el gozo de vivir.

El llanto, como ya lo han dicho los filósofos –y no conviene contradecirlos-, es hijo de la impotencia: cuando sentimos que el mundo nos viene demasiado grande, tan grande que nos aplasta, lloramos: llorar es confesar que no podemos. En cambio, la risa es un grito de victoria, pues sólo los salvados ríen, es decir, aquellos que reconocen haber podido. John Moned, filósofo de la Universidad de South Florida, dice que «la primera risa humana debió estallar en este mundo como un gesto de alivio por haber salido alguien ileso de algún peligro». Sí, seguramente así debió haber sido. Como en los buenos chistes, que antes hay que oírlos para reírlos, la risa viene siempre después: es un canto de liberación, un grito de gozo que suele exhalar el cuerpo cuando la serpiente que iba a atacarnos está muerta y la zona de niebla en la que estábamos atrapados se ha disipado con la llegada del día. «¡Uf, qué miedo, pero ya pasó, y todo ha salido bien».

«La repentina desaparición del miedo y el susto ejercieron un efecto tan liberador sobre mí que casi me puse a reír; me entraron entonces unas ganas enormes de abrazarle», confiesa Luisina en El último verano, la novela de Ricarda Huch (1864-1947), a alguien que estaba por allí, mientras recordaba un momento especialmente peligroso de su vida. ¿Podría decirse mejor? Sí, la risa es un grito de victoria, un canto de triunfo, aunque expresado no con palabras, sino con esos sonidos que todos conocemos bien.

Para Peter L. Berger, el famoso sociólogo de la religión, la risa es como un anticipo de la vida redimida: si reímos, dice él, es porque de alguna manera nos consideramos salvados; porque la amenaza de muerte que pendía sobre nosotros ha sido revocada e indultado el que ya parecía dirigirse al patíbulo. La risa es una garantía de la salvación, una especie de sacramento de la hilaridad que reinará en el cielo. «De hecho, mientras dura la percepción cómica –escribe Berger en Rumor de ángeles-, la tragedia del hombre es puesta entre paréntesis. Cuando ríe desde la prisión del espíritu humano, el humorismo nos hace entender que tal prisión no es definitiva, y de este modo nos proporciona otro signo de trascendencia: en este caso, nos persuade de que habrá una redención». ¡Qué bien!

Tan saludable es la risa, tan bueno es reír que William Fry ha decidido crear con ella un método de curación llamado risoterapia. Esto significa que dentro de poco empezarán a multiplicarse los maestros y los libros que nos invitarán a reír a carcajada abierta como una manera –como la mejor manera- de conservarnos sanos. «Ríe, ríe –se nos dirá una y otra vez-. Dejar de reír, como fumar, es nocivo para la salud». Lo cual, para ser sincero, ya no me gusta tanto, pues me parece que si se le quita a la risa su gratuidad, eso que los filósofos llamarían su incondicionalidad, de la risa no quedará nada. La verdad es que no quisiera imaginarme a nadie riéndose solo con el único (y egoísta) fin de relajar sus maltrechos pulmones. ¿Conoce usted El hombre que ríe, la novela de Víctor Hugo (1802-1885), el famoso escritor francés? En ella aparece un importante político que por una malformación labial parece estar siempre riéndose y dice las cosas más graves como si dijera chistes: por supuesto, nadie se lo toma en serio y él quiere morirse de pesar. ¡Que no, que no, que él no está contento: él está angustiado, más bien! Pues bien, lo mismo va a suceder con los adeptos de esta nueva ciencia: ellos, para decirlo ya, no es que estén alegres: es que tendrán que ejecutar los gestos de una felicidad que no sienten.

Imagine que vamos usted y yo por una calle de la ciudad y que, de repente, empiezo a ejecutar la terapia que me haya impuesto el risoterapeuta o como se llame el especialista de esta nueva ciencia de la salud. Usted podría pensar, por ejemplo: «Vaya, después de todo no soy tan desagradable como había pensado que era. ¡Miren cómo se ríe este señor por lo que acabo de decirle! En mi próxima reunión de trabajo volveré a contar esta anécdota aprovechando que no es tan mala, a juzgar por la carcajada que ha provocado en mi colega». En el fondo, usted se alegraría por haberme hecho pasar un buen rato. Pues bien, ¿qué sentiría si le confesara que no es su persona ni sus historias lo que me han hecho doblar de risa sino la necesidad de poner en práctica el ejercicio número 14, según el cual entre las 10,29 y las 11, 45 de la mañana debo reír por lo menos 2 minutos?

La risa debe ser, ante todo, la celebración del otro. La celebración de su palabra y de su presencia. Pero si yo hago de esta celebración un mero pretexto para la disminución de mi estrés o para el fortalecimiento de mi sistema inmunológico, entonces la risa queda transformada en uno de los recursos de mi egoísmo, es decir, en una burla.

A mi entender, la verdadera risoterapia, o curación a través de la risa, tendría que ser aquella que nos invite a alegrarnos de vivir, de estar contentos por habitar un mundo que es gobernado por Dios con amor y cuidado, por haber sido redimidos y estar rodeados de seres a los que podemos encontrar y querer. «Se agita uno, hablas y te hablan, tocas y te tocan. ¡Una magia todo ello, una fiesta continua!». La risa, para que sea de veras curativa, tiene que ser una risa profunda, nacida –como dijo Berger- de la convicción de que el mundo, a pesar de todo,  está en orden y de que somos amados en él. Y si de la meditación de lo que todo esto significa brota una sonora carcajada, mejor que mejor.

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