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El otro Reyes | Columna de Xalbador García

Vientre de cabra

(Este texto apareció originalmente en vientredecabra.wordpress.com)

En 1939, luego de un exitoso encargo diplomático en Brasil que pretendía romper las amarras comerciales, impuestas por las compañías norteamericanas, en detrimento del petróleo mexicano, Alfonso Reyes regresa al país. La Universidad de Texas, en Austin, le ofrece un puesto como catedrático e investigador. Pero el escritor espera. Ha dado inicio con la construcción de su casa-biblioteca y no quiere abandonar México. La gratificación del gobierno cardenista tarda en llegar pero finalmente se presenta. Alfonso Reyes será el nuevo titular de La Casa de España en México (luego transformada en El Colegio de México), cuyo primordial objetivo era recibir y apoyar a los exiliados republicanos que llegaban al país y buscaban insertarse en la vida intelectual tras la eminente derrota en la Guerra Civil española.

 

Familia del General Bernardo Reyes

Los ataques se recrudecen ante la decisión de Cárdenas de acoger a los españoles. Desde diversas trincheras periodistas, artistas y abogados empiezan la andanada en contra de las medidas oficiales. En columnas de El Universal y El Excélsior se demuestra el carácter xenofóbico de los autores. Articulistas, como Eduardo Pallares, advierten de las afectaciones contra los mexicanos si los exiliados le arrebatan los puestos de trabajo. Mientras que a los universitarios mexicanos se les ofrecen salarios miserables, a los españoles se les funda una casa y se les brindan sueldos exorbitantes, establecían algunas de las acusaciones.

El 13 de junio del mismo año Alfonso Reyes escribe “Sobre la Casa de España”, un extenso documento para abatir las agresiones. Explica los errores de las imputaciones y evidencia la falta de sentido humano de los de denunciantes, quienes “han querido con ello hacer gala de su piedad cristiana ante estas víctimas de la mayor violencia que conoce la historia”. Sin embargo, nunca publica el ensayo. La mesura política, característica del poeta, se impone nuevamente. El caldero hervía, las palabras alimentarían las llamas. Sobre todo le preocupaba la reacción de uno de los fustigadores si hacía público el documento. Rodolfo Reyes, su hermano, se encontraba en la primera línea de los agresores tanto de La Casa de España en México, como de cualquier política del gobierno revolucionario. Rodolfo Reyes, su hermano, era franquista.

Rodolfo había nacido el 16 de mayo de 1878 en Guadalajara. Fungió como abogado y catedrático. Tras la Decena Trágica fue designado ministro de Justicia en el gobierno de Huerta, cargo que desempeñó del 19 de febrero al 11 de septiembre de 1913. Representó además a Jalisco en el Congreso en 1913 y fue desterrado a España.

En Albores Alfonso recuerda las andanzas infantiles junto a su hermano. A pesar de que era once años mayor que él, admiraba su porte como jinete y su mente de jurista que, desde muy joven, desarrolló bajo la tutela de su padre, el General porfirista Bernardo Reyes: “Rodolfo me llevaba a husmear desde afuera del depósito de armas, que sólo mucho después se me permitió ver, y me explicaba que mi padre tenía encerrado ahí a Caifás, hecho prisionero en alguna de sus campañas”.

Desde inicios del siglo XX el General tomó a Rodolfo como su mano derecha en asuntos políticos. Publicaban juntos el panfleto La Protesta, lo que les valió la cárcel. El 31 de diciembre de 1902, en El Hijo del Ahuizote se publica: “En virtud de la persecución iniciada contra La Protesta, persecución que ha causado escándalo por saberse que es órgano de Bernardo Reyes, y, además, porque interviene en dicha hoja el licenciado Rodolfo Reyes, hijo del ministro, se reunieron los ministros para tratar del asunto y acordaron sobre la conveniencia de encarcelar también a Rodolfo”,

Cuando buscó competir por la presidencia en 1909, Bernardo también se hace flanquear por su hijo. Luego de que Díaz desmembrara el movimiento para imponer su reelección el General se mantuvo fiel al dictador, lo que le valió perder la popularidad alcanzada. Fue tanto el acoso oficial que Bernardo tuvo que renunciar a la gubernatura de Nuevo León y salir rumbo a Nueva York el 8 de noviembre de ese año.

A su regreso, en 1911, trata de postularse como candidato contra Madero. Meses después, será encarcelado y liberado el 9 de febrero de 1913 durante el cuartelazo que dio inicio a la Decena Trágica. Ese mismo día, hijo y padre, cabalgaban juntos cuando el General murió balaceado frente a Palacio Nacional. Rodolfo sabía que la maniobra era suicida. Le pidió a su padre que se detuviera. Pero la respuesta fue tajante: “Que se detenga la columna, yo no. ¡Qué sea lo que ha de ser, pero de una vez!”

Desesperado, como un último intento de frenar la intentona de atacar a las fuerzas maderistas, Rodolfo tomó las riendas de Lucero, el caballo de su padre. La contestación siguió siendo la misma: “No pararé; tú sí, procura que el manifiesto (dictado la noche anterior) se imprima inmediatamente”. Cuando ve al General enfilar de frente al ejército enemigo aún le grita: “Vuélvete, padre, te van a matar”.

 

Encabezado del 10 de febrero de 1912

“Sí, pero no por la espalda”. Las últimas palabras sirvieron como anuncio de lo que proseguiría. Bernardo cayó encima de su hijo Rodolfo quien también rodó por el suelo al ser muerto su caballo.

La labor en el régimen del traidor Huerta fue el prólogo de la retirada. Rodolfo salió de México rumbo a España en 1914. De espíritu católico y defensor del carácter hispano, en la Guerra Civil luchó al lado de Franco. Durante el epílogo del conflicto y cuando ya es evidente la caída de las fuerzas republicanas, en su columna de El Universal, correspondiente al 6 de marzo de 1939, Rodolfo Reyes escribe: “Es un bien para la humanidad y a la postre para España, y una precipitación de la victoria de Franco, este derrumbe sin precedente y esta cobardía con la que los militares y civiles han abandonado el campo de Cataluña… De esta guerra se va desprendiendo una verdad magnífica: sólo la fe y la espiritualidad son invencibles”.

En España se le nombró miembro de la Real Academia de Jurisprudencia de Madrid. En el régimen franquista Rodolfo vivió sus últimos años, mientras Alfonso colaboraba, desde la otra trinchera, con el gobierno mexicano en apoyo de los republicanos españoles que venían a nuestro país tras vivir, igual que la familia Reyes, una lucha fratricida.

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