#4 TiemposMosaico de plumas

Revolcarse entre cadáveres | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas


Transitaba por la lateral de la carretera 57 cuando observé la golpiza que le era propinada a una mujer de alrededor de 30 años, se encontraba en el piso con la camisa debajo de sus senos, los cuales eran su único escudo frente a las patadas. El agresor, un hombre de la misma edad, mis oídos no alcanzaron a descifrar sus gritos. Alrededor más de veinte espectadores, indiferentes al evento. Se limitaron a observar, algunas mujeres se llevaban las manos a la cara para no ver la terrible escena. A escasos diez metros una patrulla se encontraba estacionada, emparejé mi coche y les indiqué que una mujer estaba siendo golpeada. Me respondieron de mala manera, gritando que ya sabían, solo daremos la vuelta y arrancaron. Seguí su trayectoria, jamás retornaron, al igual que yo que seguí mi camino rumbo al Costco. Me sentí mal. Sé que debí parar e intervenir por ella. Debí aventarle el coche, debí tener la iniciativa de hacer algo. Quizá si yo hubiera intentando detenerlo, los espectadores me habrían seguido, pero el hubiera no existe, lo que sí existe es el miedo y la indiferencia. Miedo a que el hombre me golpeara, miedo a que fuera narco como creemos que son todos los malos en México. Miedo a que me sacara un arma. Indiferencia de la vida de los demás. Indiferencia a la violencia de género. Indiferencia a cualquier tipo de violencia. Normalización de la misma.

Al igual que la mayoría de los mexicanos, le perdimos miedo a la violencia. Nos da igual ver hombres golpeando a un perro que a una mujer. Permitimos que los niños quemen perros como diversión, por eso no sorprenden los casos de niños que juegan al secuestro y terminan matando a otros pequeños. Justificamos los miles de asesinatos que suceden a diario en el país con la frase “De seguro era narco”. Norma Lazo retrata nuestra actitud de la mejor manera: “Los violentos son aquellos, ellos, los otros: los narcos, los delincuentes, los criminales; y evitamos pensar que la violencia es algo inherente al ser humano a nivel social, cultural y político…hemos dejado de lado una violencia que se está respirando todos los días en nuestro entorno más cercano.” Olvidaremos las cajas de tráiler llenas de cadáveres vagando por las ciudades como olvidamos la matanza de San Fernando. Y sólo quedará en nuestra memoria los colgados de la glorieta Juárez como los ahorcados del puente de las terceras. En México nos revolcamos en miles de cadáveres a diario y nosotros como los perros, lo disfrutamos.

La indiferencia nos orilla a aprender de libros y no de nuestros mentores sobre el 2 de octubre y en un futuro sobre Ayotzinapa. La indiferencia matará a una mujer cada cuatro horas, pues subiremos la música para no escuchar los golpes que le propician a la vecina. La indiferencia hará que más de 37 mil personas sigan desaparecidos en nuestro país. La idolatría hacía “héroes” que matan desde muy temprana edad, sombras que hacen pedazos, que comen almas sin ser magos, normaliza lo que, visto desde afuera, es una película de cine gore.

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