Contrapunto

Resistencia al cambio. Columna de León García Lam

CONTRAPUNTO.

canas
Esto ocurrió hace algunos meses: me asomo al espejo para verme las ojeras y noto un extraño brillo platinado en mi barba ¿Qué es? Oh, sí, es una cana ¡una cana! Mi proceder: la arranqué con fuerza esperando que no vuelva a salir nunca más. Esta pequeña victoria me lleva a pensar que el cambio o los cambios, nos gusten o no, son parte inexorable de nuestra existencia.

Cambios que alegran: cumplir años (cuando se es niño), los aumentos de sueldo, los ascensos en el trabajo, la llegada de la primavera, alcanzar la vida profesional, la llegada de un nuevo miembro familiar, las vacaciones o, por lo menos, el momento ansiado que cambia la jornada laboral en fin de semana…

Cambios que nos molestan mucho: (sépalo señor secretario de Hacienda) los aumentos de gasolina, las inflaciones, las devaluaciones, las guerras, los barros y espinillas de la adolescencia, los recortes presupuestales, cumplir años (cuando se pasa del 3er piso y más cuando se llega al 4º…) y todo aquello que nos saque de nuestros cómodos y estáticos lugares de confort, como las canas.

La historia y el tiempo son puro cambio. Las revoluciones, las reformas, las crisis, se suceden unas a otras con ritmo de segundero y sin embargo, cada una de ellas fue compuesta por una serie de hechos únicos e irrepetibles: el tiempo no se recupera, ni se le corta la cabeza a la misma reina dos veces: “¡Pónganle otra vez la cabeza… Siempre sí queremos ser miembros de la UE” (dicen los ingleses). La contradicción entre lo constante y lo irrepetible nos impide saber si el cambio existe o si es –cual discurso de diputado– pura ilusión.

Esta reflexión me lleva a pensar que muchas rebeliones campesinas, obreras, indígenas y también burguesas fueron organizadas con el propósito de resistir el cambio y de ser posible, regresar el tiempo: ahí están escritas en la historia las protestas contra las reformas borbónicas, la guerra contra las máquinas de Ned Lud, Moctezuma enviando brujos para impedir la llegada de los españoles, William Wallace intentando impedir la unificación de Escocia con Inglaterra y muchos ejemplos rebeldes más. En los pliegos petitorios de los resistentes se halla constante el grito exigente: “Regresar las cosas como estaban antes”.

El tiempo y el cambio no son optimistas. Fueron las preguntas de San Agustín las que nos ayudaron a comprender que el tiempo transcurre sucediéndose, como puntos de una línea que no regresa jamás, y ni siquiera Dios todopotente, capaz de revivir muertos, caminar sobre el agua y redimirnos de nuestros pecados se atreve a regresar los acontecimientos. Si no se es neutrino, nadie se baña nunca en el mismo río.

Ahora bien, volteemos a observar a los taxistas que agreden a los Uber; su lucha contra el cambio es admirable: avientan piedras, rompen vidrios y arremeten contra los vehículos de la otra empresa cual si fueran molinos de viento; sin justificarlos, hay que decir que la de los taxistas no es una agresión personal: la lucha es contra el tiempo que llegó con nuevas modernidades y servicios; quizá también contra los funcionarios del Estado y sus leyes que no dan oportunidad de nada más.

Así también los maestros de la SNTE guerrean contra el tiempo en dos frentes de batalla: por un lado impedir que la reforma sea un hecho (ya es un hecho); por el otro, contra el desánimo que carcome día a día su manifestación y que con la llegada de las vacaciones la vaporiza. Extrañaré las porras que gritaron hasta ayer frente a mi casa: “¡A leer, a leer, o Peña Nieto vas a ser…!”.

Al leer estas noticias, me veo a mí mismo quitándome otra cana, tratando de impedir lo inevitable (¿Quién decía “lo que más gozan los dioses es ver a los hombres luchar contra su adverso destino”). Creo que las luchas fructíferas no son las que piden al pasado que regrese, tampoco las que exigen la permanencia del presente, sino las que tienen una propuesta para el futuro.

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