#4 TiemposLetras minúsculas

Relaciones humanas | Columna de Juan Jesús Priego

Letras minúsculas


Como soy muy poco dado a leer los libros de moda, pensé que no leería el por entonces último libro del Papa Juan Pablo II (¡Levantaos! ¡Vamos!) sino hasta que los medios de comunicación hubiesen dejado de hablar de él. Esta costumbre, tan arraigada en mí, de dejar para más tarde lo que supuestamente debemos leer hoy, se debe a un natural mecanismo de defensa, pues de pasarme la vida obedeciendo a las recomendaciones de la temporada, a las urgencias del día, apenas tendría tiempo para leer otras cosas (hasta ahora no he leído –y lo digo con orgullo- ni el famoso Código da Vinci, que creo que ya no leeré jamás, ni esas sagas de vampiros y hombres-lobo de que están llenos los escaparates de nuestras librerías: cuando todos hayan callado respecto a esta literatura de cubiertas negras y páginas color gris, entonces ya veré).

Si no me equivoco, creo que fue Horacio, el poeta latino, quien dijo que antes de emprender la lectura de una obra había que dejarla reposar por lo menos cincuenta años para que el tiempo juzgara si valía la pena tomarse el trabajo o no, pero en los tiempos que corren ya sería algo si por lo menos la dejáramos un mes. Pues bien, en el caso del libro del Papa las cosas no fueron exactamente así, ya que lo leí el mismo día en que lo compré, y casi de un tirón. Me fascinó el tono personal con que estaba escrito, ese tono que tanto echábamos de menos, por ejemplo, en sus encíclicas.

Aquella tarde estaba yo libre de compromisos, así que leí y leí, hasta que en la página 69 me encontré con un párrafo que me hizo detener la marcha; en él, el Papa revelaba el secreto del éxito que siempre tuvo en su relación con las personas. ¿En qué consistía éste? Helo aquí:

«Cuando encuentro una persona, ya rezo por ella. Y eso facilita la relación…  Tengo como principio acoger a cada uno como una persona que el Señor me envía y, al mismo tiempo, me confía».

Para el Papa, todo aquel que llega a nuestra vida es un enviado. Un enviado de Dios, es decir, un ángel. Es Él quien nos lo manda, quien lo pone a nuestro lado y lo confía a nuestra caridad. Los caminos del mundo son demasiado numerosos -¡es tan ancho este mundo!- como para que el encuentro con esta persona concreta pueda deberse a la sola y fría casualidad. Quien llega a nuestra vida no lo hace por su propia cuenta, sino enviado por alguien para que lo tomemos a nuestro cargo y lo pongamos en lugar seguro. Desde el momento en que llega, somos responsables de que encuentre lo que el que lo envió quiso exacta y puntualmente que encontrara. ¡Y pobres de nosotros si éste no halla más que hombres y mujeres apurados, indiferentes, hostiles, perversos o incluso majaderos! Cuando alguien aparece frente a mí, la desnudez de su rostro me dice: «Protégeme».

¡El rostro del hombre! Nadie ha meditado tanto y tan bellamente sobre él como el filósofo judío Emmanuel Lévinas (1906-1995), quien dijo así en uno de sus libros: «El rostro del otro me intima al amor, o por lo menos me prohíbe la indiferencia con respecto a él». «El rostro del otro me afecta, no en indicativo, sino en imperativo. A su intimación sólo puedo responder: Aquí estoy. Me convierto en su obligado. La proximidad del prójimo es mi responsabilidad para con él; acercarse es ser guardián del hermano; ser guardián del hermano es ser su rehén».

¡Ser su rehén! ¡Qué expresión más dura, y sin embargo no parece haber otra que exprese mejor ese ponerse a las órdenes que tiene lugar en todo encuentro cuando nuestra cortesía es verdadera!

El rostro del otro no sólo nos recuerda la existencia de un mandamiento que dice: «No matarás» (Éxodo 20, 13), sino también la urgencia de cumplir con ese otro que exige: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Levítico 19, 18; Mateo 22, 39).  

Ahora bien, cuando en el encuentro con un ser lo que prevalece es la falta de amor, la desatención o incluso la indiferencia, cometemos un acto de doble traición, pues traicionamos al enviado y a Aquel que nos lo envió, haciendo con ello quedar mal al Señor.

Durante mucho tiempo, la siguiente oración para rezar por la calle de Michel Quoist (1921-1997) fue una de mis favoritas, y la transcribo ahora aquí por una especie de deuda que tengo para con su autor, pues de no haberla leído nunca acaso hoy sería yo uno de los hombres más solos del planeta:

 

Un hombre me ha pisado.
Yo lo miro con rabia.
Él, con resentimiento.
Pero luego he pensado que no fue para odiarnos
para lo que Tú has hecho que él y yo nos cruzáramos.
Sus ojos han llamado a la puerta de mi alma.
Le abriré sonriendo.
Y sonrío.
Y sonríe.
Y con este apretón de manos me nace un nuevo amigo.
¡Ah, cuánto te agradezco este encuentro, Señor!


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