#4 TiemposDesde mi clóset

Reflexiones sobre la identidad sexual | Columna de Paúl Ibarra

Desde mi clóset


La construcción de modelos de vinculación afectiva y de expresión del erotismo, se encuentran fuertemente determinados por el sistema sexo-género. Una vez asumida una identidad sexual, el individuo requiere de referentes culturales que le doten de herramientas para el ejercicio de la orientación sexual. En primera instancia, al reconocerse como integrante de un sistema social binario, asume ser la otredad o no dentro del engranaje. En una cultura donde habitan sólo dos sexos, por antonomasia se viene a integrar el dimorfismo sexual como verdad absoluta. Este hecho propicia la construcción de una necesidad por preservar la especie, es incluso un mandato divino.

La necesidad sentida de la reproducción biológica es fomentada después de la adquisición de los roles del género asumidos. Una cría humana, tras atravesar por distintos rituales que le inducen en el devenir social, es dotada de expectativas con base en su género. La adquisición de roles sociales de sexo, determinan las funciones genéricas, pero, no sólo eso, dotan de sentido a los cuerpos humanos.

Así pues, al leer un cuerpo humano, debe existir certeza del papel de este dentro de la estructura social. Cualquier anomalía es observada, se busca corregir, y si es recurrente obtiene un castigo. Es de esta manera que se elimina el componente erótico de la estructura corporal de cada humano. Al regular el cuerpo, se impide el desarrollo de habilidades innatas que permiten al cuerpo explorar sus alcances y límites.

La orientación sexual se vuelve entonces un aparato regulatorio de la forma en la que una persona se excita y se enamora. La respuesta sexual humana es atravesada por las construcciones mentales que adquirimos a lo largo del camino de vida que identifican a una persona como mujer u hombre. Por tanto, las expresiones comportamentales de la sexualidad se reducen a la lista proporcionada por la tendencia vigente en la cultura.

Hace cincuenta años era imposible pensar que una mujer casada realizara una felación a su esposo, esa conducta era inapropiada para una dama de sociedad. Hoy en día, es común encontrar en las revistas para mujeres, contenido que proporciona información sobre la mejor forma de satisfacer a la pareja a través del sexo oral.

La pederastia, por ejemplo, era parte de la cultura helénica, era común la unión de un joven con un maestro viejo. En la actualidad esta conducta es considerada un crimen, que se sanciona con las penas más altas en la mayoría de los países occidentales.

Dicho lo anterior, las distintas sociedades construyen “cuerpos morales” (Lizárraga, 2012) de los que se esperan conductas propias de la época. Dichas conductas son aprendidas a través de diversos medios, principalmente las instituciones sociales básicas como la familia, la escuela, la iglesia. De esta manera, el estado garantiza el control de las corporalidades y el ejercicio sexual. Por tanto, la vinculación afectiva y el erotismo, son sistemas que en primera instancia atraviesan por la regulación estatal.

La existencia de reprendas sociales y morales relacionadas con el ejercicio de la sexualidad, en específico de los afectos y el erotismo, está relacionada con la necesidad del sistema, cualquiera que este sea (capitalista, socialista, comunista, etc.), de controlar el cuerpo. Para cualquier sistema económico, resulta fundamental establecer mecanismos de control de la sexualidad, ya que, el ejercicio de la misma en plenitud, es un vehículo para la emancipación con el cuerpo. Ningún sistema, más que el anárquico tiene posibilidad alguna de favorecer el ejercicio pleno de la sexualidad.

Por último, resulta necesario la promoción de sujetos conscientes de la necesidad de emanciparse con el propio cuerpo y el ejercicio sexual. De esta manera, al colocar al cuerpo como agente de intervención política, se cuestiona la importancia de incorporar en la dinámica social fuentes para favorecer el ejercicio erótico y afectivo de manera libre.

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