#4 TiemposDesde mi clóset

Reflexiones sobre el movimiento de liberación homosexual mexicano | Columna de Paúl Ibarra

Desde mi closet

La generación de jóvenes mexicanos homosexuales proveniente de la lucha del 68 conformó diversos colectivos encaminados a visibilizar la condición homosexual en este país. Si bien resulta azaroso tratar de localizar una fecha específica del surgimiento de la lucha mexicana por la liberación homosexual, lo cierto es que la década de los setenta fue una de las más prolíficas para este sector. En el verano del setenta y ocho, “un grupo de aproximadamente cuarenta homosexuales se unió a una marcha contra la represión del régimen político, que demandaba la libertad de presos políticos” (Diez, 2011, pág. 688). Así pues, la sensibilidad de este colectivo no se limitaba exclusivamente a pelear por necesidades propias, sino, además, buscaba colaborar a mejorar la situación política del país.

El discurso político de los primeros sublevados al régimen heterosexual demandaba “la ‘liberación’ de ciudadanos homosexuales por parte del sistema represivo dominante” (Diez, 2011). Este sentido revolucionario que buscaba emancipar a la ciudadanía homosexual de la heterosexualidad obligatoria tenía como referencia los ideales socialistas que estaban en boga. Sin embargo, los grupos de izquierda, misóginos y homofóbicos, en su mayoría rechazaban la visibilidad de la lucha homosexual. Así pues, los primeros clamores del movimiento hacían referencia a una necesidad imperante por la garantía estatal del ejercicio pleno de las libertades sexuales.

La creación de un frente homosexual que pugnaba por la emancipación de los cuerpos homosexuales desató la respuesta del régimen. La opinión pública comenzó a tocar un tema que hasta entonces era clandestino, no se hablaba de la sexualidad en público. Las redadas policiacas para apaciguar a los invertidos eras comunes en las ciudades importantes del país, que se intensificaban los fines de semana para increpar a homosexuales en fiestas, bares y cantinas.

Lo anterior, trajo consigo la creación de una estrategia política de diversos colectivos que buscaban “un efecto de como querer eliminar el nudo en la garganta y comenzar a gritar y gritar y continuar gritando histéricamente aquí estamos y tenemos mucho que decir sobre nosotros” (Barrón, 2010). En este sentido, la influencia gringa resultó en un aliciente para el movimiento. Stonewall permitió incluso la creación de una consigna gestacional “nadie es libre hasta que todos seamos libres”. Esta consigna, permeada por los ideales libertarios, en apariencia, del vecino país del norte, fungió como catalizador de las aspiraciones izquierdistas de este grupo naciente.

Durante este periodo, existía una disyuntiva gestacional entre la búsqueda de la emancipación ante el régimen y la incorporación al aparato capitalista que producía identidades consumistas en el sistema de libre mercado. El año de 1978, de acuerdo con los datos históricos, el movimiento homosexual sale del clóset. Luis González de Alba, líder estudiantil del movimiento del 68, ahora asumido como parte del colectivo homosexual, refería que “la liberación de los homosexuales es una forma de liberación social” (PA, 2016). Los discursos de acción política se comenzaron a diversificar en la medida en el que se adscribían nuevos líderes a la militancia.

La coyuntura global, que dividía al planeta en dos bloques, se atravesaba a los movimientos sociales nacientes, el homosexual no fue la excepción. “La inserción de los grupos de lesbianas y homosexuales en el espectro político de la izquierda se percibía con sorpresa y preocupación” (MMGMG, 2008). La izquierda había rechazado el modelo económico dominante, dotó de conciencia de clase a sus militantes, sin embargo, esta ideología no tenía perspectiva de género. Por lo que la entrada de los homosexuales y las lesbianas a la lucha de las izquierdas implicaba cuestionar los modelos biologizados de relacionarse erótica y afectivamente entre la especie.

Al abrirse las puertas del clóset, también asomaba las narices la dignificación de las identidades. El movimiento homosexual mexicano había alcanzado un nivel de conciencia tal, que podía pretender desestabilizar el status quo que el sistema sexo/género había instaurado como natural, la heterosexualidad. Alejandro Brito, líder homosexual de la época vislumbraba la presencia de un cambio social que incluía la sexualidad. En este sentido, el movimiento feminista facilitó algunas herramientas metodológicas para la acción comunitaria, a través de las cuales se replanteaba la forma de relacionarse afectivamente entre los géneros.

“Se hablaba entonces de la muerte de la familia y se cuestionaba el matrimonio, por ser una institución burguesa de control social, además de pugnar por el amor libre y los rompimientos de género” (Estrada, 2010). La posible desestabilización de la estructura social orquestada por los colectivos homosexuales, ponía en alerta al régimen, por lo que la persecución, amedrentamiento y cooptación llegaron a la par.

@PaulIbarra06


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