#4 TiemposColumna de Dalia García

Recuerdos de La vaina loca | Columna de Dalia García

Divertimentos

Podría decirse que mis recuerdos de Bogotá se agrupan bajo el nombre de La vaina loca.

En un principio, La vaina loca se creó para planear las salidas de los fines de semana; para preguntar qué había llevado doña Sonia de comer; para avisar sobre algún conflicto y salir a ayudar; para pedir víveres; para preguntar cómo se llega a tal lugar; para anunciar la salida por el pan (literalmente, a la hora de la cena), por un perro caliente o por el almuerzo los domingos.

Está integrada por un grupo de colombianos, mexicanos y una coreana. Todos universitarios y roomies de la Calle 25D: Krish, Junior, Edwin, Byron, Danna, Alex, Yuky, Valeria, Carlos y yo.

La primera actividad de integración que tuvimos fue en Punto 26. Acordamos ir a celebrar el cumpleaños de Vale después de la reunión que convocó doña Sonia en la casa para tratar aspectos correspondientes al alquiler de una habitación en casa de estudiantes: las fiestas (prohibidas), quejas y sugerencias sobre la comida, el uso de la lavadora, las habitaciones (prohibido llevar gente externa a dormir), el pago a tiempo, y otros asuntos importantes para el arrendador. Ese día escuché por primera vez las mañanitas colombianas (por así decirlo), Tu cumpleaños, se las pusieron y cantaron a Vale: “Ay vamos a entonar una canción pa’ que cantemos, vamos a festejar con emoción su cumpleaños; vamos a decirle con amor que la felicitamos, y que siga cumpliendo muchos más, que la virgen la tiene que cuidar, que de mi parte nada en la vida le faltará…”

Nos lanzamos a Punto 26 (doña Sonia y su hijo también se apuntaron). Lo tercero mejor de esa salida fue ver cómo se baila el vallenato. Lo segundo mejor fue la emoción de Santiago ante los shots de aguardiente después de que escuchaba su nombre: Santiago no está tomando, se está haciendo pendejo… fue un éxito rotundo. Pero lo primero mejor de la noche fue Una vaina loca, una de esas rolas que ponen a la hora perfecta y que, por su ritmo pegajoso y alegre, terminan por coronar la noche. Punto 26 y esa canción resultaron ser el grito de guerra del grupo. Nadie lo expresó con palabras, pero lo supimos cuando comenzamos a bailarla en automático.

Ya más acostumbrados a la ciudad, nos propusimos conocer otros sitios con música más moderna y ambiente fresco. Así que el 15 de septiembre fuimos a La Villa motivados por la fiesta mexicana que anunciaban, aunque lo único mexicano que había era un barman disfrazado de Cantinflas y muchos mexicanos bailando. Estuvo bien, nuestro grupo creció y brincoteamos bastante. Nos tomamos una foto con bigotes, sombrero de charro y una bandera de México para el recuerdo (nunca falta el paisano que carga la bandera a todos lados). Al salir de La Villa fuimos a un Burger King, a falta de tacos en las calles.

Otro fin de semana entramos al antro reguetonero que estaba junto a Punto 26. Ahí abundaban los chicos con aretes de diamante sintético y cabello recortado en línea recta sobre la frente con mucho gel; las chicas con mini falda y top. Todo mundo perreaba. Lo divertido de ese sitio era que la mayor parte de la noche ponían ritmos urbanos de allá: se bailaba champeta, salsa choke y algo de vallenato; también bachata y reguetón. Los mexicanos estábamos decididos a aprender a bailar, y los colombianos estaban dispuestos a enseñarnos, pero la cosa terminó con una pelea entre dos borrachos que empezaron a lanzarse botellas de cerveza y bancos. Nos escondimos en el rincón y, cuando dejaron de volar objetos, nos salimos con la intención de nunca regresar.

Después de varias visitas a otros lugares, concluimos que Punto 26 era la mejor opción, a pesar de su diminuto tamaño: estaba en la esquina de la Calle 26, a una cuadra y media de nuestra casa; generalmente había señores y parejas veteranas bebiendo tranquilamente y bailando vallenatos, pero los fines de semana llegaba la muchachada y hacían sonar rolas que nos ponían de muy buen humor a todos. A partir de Punto 26, Vale y yo hicimos una playlist para escuchar en la casa: El baile del serrucho, La plata, La invité a bailar, La espeluca, Te empeliculaste, El confite, La gringa, Lo ajeno se respeta, Materialista, Ras tas tas y otras.

Nuestra última fiesta fue en la habitación de Edwin, celebrada antes de que terminara el semestre y todos partiéramos a nuestro lugar de origen. Teníamos cuatro invitados mexicanos a los que les dimos posada. Dos de ellos, potosinos, llevaron como ofrenda una botella de mezcal para iniciar el maridaje. Nunca hubo algo que lamentar, salvo esa última ocasión en la que una menor de edad terminó borracha, Colombia era su regalo de 15 años, así que quizá lo ameritaba. La culpable de esto último fue Vale, que se empeñaba en enseñarle a vivir a la jovencita que no dejaba de tomarse sus shots al grito de “Marifer, Marifer, Marifer”.

En fin, como dije, esa fue la despedida, y terminó con Una vaina loca sonando; esa canción fue el común denominador de todas las noches relatadas.

Al día siguiente empezamos a despedirnos: Edwin tomó rumbo a Riohacha; un par de días después yo me fui a Cartagena, a donde luego llegaron los potosinos y más tarde el resto del grupo. A partir de ahí no volví a ver a ninguno, bueno sí, a Vale, Carlos y Yuky en San Luis Potosí.

La vaina loca es más que un grupo de WhatsApp y que una canción de letra populachera y ritmo pegajoso. Es un clan, una familia y un lugar al que deberíamos regresar algún día para no olvidar lo afortunados que fuimos al conocernos.

También recomendamos: El Premio Alfaguara 2018 | Columna de Dalia García

 

Nota Anterior

En 2017, cada 18 minutos una persona fue asesinada en México

Siguiente Nota

3 diputados y 1 diputada analizarán caso de acoso en el Tribunal Electoral