Sólo para débiles

Realidad análoga. Columna de Eduardo L. Marceleño

SÓLO PARA DÉBILES.

Bernat Brugueras me saludó luego de salir de una tienda de bocatas en Cerdanyola. Entablamos conversación cuando le pregunté por una avenida; no se complicó en dar explicación porque se trataba de un pueblo pequeño, acaso equiparable en dimensiones a una colonia del D.F. como la Doctores o Santa María la Ribera.

Yo llevaba una cámara fotográfica digital. Fotos que tomaría en el viaje a Catalunya, archivos de turista. Bernat me preguntó si sabía usarla y dije que, técnicamente, sí.

Los artefactos cambian con el tiempo. La fotografía, como reflejo estático de la realidad, también evoluciona: la percepción del ojo tras la mirilla no es la misma que hace cien años.

La simplificación de conceptos ha llevado a que todos tengamos las mismas posibilidades de sobresalir como fotógrafos al momento de adquirir una cámara, aunque este último punto quede en entredicho:

Bernat era fotógrafo para una revista de actualidad en la década de los 80s, pero le gustaba garantizar un enfoque artístico en cada imagen, tal vez poético. Adjudicaba esa virtud a la mística que lleva tomar una foto a ciegas. Confiaba en su olfato para entender la luz como un instante y rendía culto al disparo análogo como una deidad definitiva.

El silogismo de mi interlocutor sintetizaba una verdad apática, sin que eso signifique ser falsa: hoy en día cualquier cretino toma fotos porque tiene la posibilidad de enmendar su ignorancia mirando una pantalla.

Me sentí avergonzado por pertenecer a una generación que aniquilaba la delicada pericia humana, tomando personal la explicación de Bernat. Luego pensé que sólo se trataba de un resentido porque no sabía adaptarse a la nueva era.

El fotógrafo catalán no estaba despotricando en contra del turista que llevaba una cámara colgada en el cuello, estaba dando una lección. El artefacto que mejoró con el tiempo no significaba para él la parte decadente de la plática, o mejor dicho, del monólogo. Determinó, con la fuerza que sólo se adquiere en la distancia, que la fotografía actual desdeñaba el trabajo de toda una vida. Bernat Brugueras no era sólo un nostálgico, sino un animal de costumbres definidas, el rasgo predominante del artesano.

El día se moría en una luz transitoria que barría el adoquín hasta nuestros pies. Bernat Brugueras se levantó de su asiento y contempló el fulgor del ocaso, la luz perfecta para una fotografía.

Sacó una cámara Pentax de su talega agradablemente desgastada, preparó con detenimiento la metáfora del instante.

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