#4 TiemposColumna de Óscar Esquivel

Ramsés, un caso real | Columna de Óscar Esquivel 

Desafinando

Infanticidio, vergüenza de la humanidad. Un caso real

 

Las coincidencias no existen, claramente vivimos un mundo de violencia desenfrenada; nuestro país no ha quedado ajeno a esto, si se observa la generación de violencia es por la inconformidad y desesperación de los pobres, desde lo comunal en un país, hasta lo individual, la pobreza está ligada a los actos más detestables, de abuso del poder de unos contra otros, la fuerza bruta gana sobre la razón y la moral, individuos que en el nombre de Dios asesinan por igual a hombres, que a mujeres, niños en su máxima expresión brutalmente aniquilados.

Los niños, siempre los niños, la forma más civilizada de bondad, de cariño y amor, convertidos en el símbolo de la debacle de la humanidad, hombres, si se le puede llamar hombres, o mujeres, el género da lo mismo, convertidos en verdugos crueles de la infancia.

La violencia ejercida contra los pequeños inocentes es el reflejo en el espejo del sufrimiento que tal vez vivieron en su infancia los adultos golpeadores, sometidos en un largo flagelo de pobreza, miseria y hambre, aunado a los golpes físicos y psicológicos de padres o parientes.

 

RAMSÉS

Ramsés, un niño como todos, es llevado por primera vez a la escuela, acompañado por su mamá, una mujer joven, de tez morena, hija de un pepenador, vivió sin madre ya que fue acusada 16 años atrás de asesinato del hombre que la violó y había muerto en prisión a causa de una enfermedad venérea mal tratada. De esa violación nació ella, la mamá de Ramsés.

Él era bajito en comparación con sus nuevos compañeros, cachetón, retraído, tímido, pero con una expresión en los ojos de esperanza, tenía casi cinco años y aún utilizaba pañal. Con el trascurso del tiempo se observaba callado más de lo acostumbrado, los días lunes casi siempre llegaba con moretones, las maestras del jardín de niños alertaron de la situación, se le hizo un llamado a la madre, evadiendo siempre su responsabilidad, aducía que los golpes eran por caídas constantes de Ramsés.

El abuelo del pequeño, un hombre de 47 años, que parecía de setenta por la vida que lleva, enfermo de insuficiencia respiratoria, asustado un día lunes llegó con la directora de la escuela a pedir ayuda, precisamente una semana que el niño había faltado todos los días.

Cuenta Rafael que su hija comenzó a tener una relación sentimental con un joven de la colonia, al principio todo marchaba muy bien, tanto que el pequeño al llegar el novio a visitar a su madre corría y lo abrazaba, era correspondido.

Un día bajo los efectos de alguna droga llegó el compañero de mamá, Ramsés feliz corrió al escuchar la puerta, este al abrirla fue empujada con tal fuerza que aventó al niño arrojándolo al piso, golpeando su cabecita contra en una mesa. Tardaron más de 20 minutos en reanimarlo, y así comenzó el infierno para él, la madre perdonó a su amante, justificó su actuar, como suele suceder en la mayoría de los casos.

El niño comenzó a cambiar, no había una visita de este infame a casa donde Ramsés no se llevara un insulto o un golpe, siempre permitido por ella. Refiere Rafael, el abuelo, que un fin de semana antes su hija, influenciada por el sujeto, también cayó en las drogas y estando juntos en intimidad, el pequeño lloró por alguna razón. El furioso se levantó de la cama, lo tomó de sus piernas, lo arrojó a la calle como trapo viejo para que se callara. Al ver que no lo hacía, ella, la madre, corrió a recogerlo solo para entregarlo nuevamente a él, quien lo azotó con un cinturón, le tapó la boca para que no llorara, metiéndole antes papel sanitario, de esta manera Ramsés se ahogó y murió.

Había pasado una semana, el abuelo como en ocasiones faltaba hasta quince días, no se dio cuenta, pero al llegar a casa ese lunes su hija le contó todo, fingiendo que el chiquito estaba enfermo, cuando en realidad tenía ya una semana de haber fallecido. ¿Por qué acudió a la escuela? Porque al darse cuenta de la muerte del pequeño, la misma madre lo amenazó con culparlo y él como pariente y abuelo primero requería de la protección de las maestras, quienes fungieron como testigos.

Hoy la pareja de asesinos, cumplen una condena ridícula de siete años para ella y diez para él, -sí, ridícula- un niño es tan valioso como un adulto, se ensañaron con el pobre Ramsés, con sueños, con jugar, con una vida tal vez no tan confortable, pero una vida al fin, una esperanza.

En las comunidades suele ocurrir que la escuela es el primer contacto en comunidad fuera de casa, el personal docente en ocasiones tienen, no miedo, pánico de denunciar estas conductas de maltrato infantil, las supervisoras de zona, les advierten del proceso tan largo y tedioso, victimizan a los maestros que atestiguan, en lugar de cobijarlos jurídicamente.

La Secretaria de Educación, la SEGE, prefiere hacerse de la vista gorda que realmente apoyar al cuerpo docente y a los pequeños.

Hoy existen innumerables casos, la mayoría no denunciados, prácticamente la autoridad tapa el sol con un dedo ¿omiso o cómplice?

Las voces que deberían ser independientes, como lo son diputados o funcionarios encargados de proteger a la familia, se limitan a dar discursos en “un campo de silencio”, exigiendo tímidamente una verdadera protección a víctimas.

Hay que cumplir con protocolos de atención, pero más hay que exigir una rápida y pronta aplicación de la ley, los bla bla, están de más, la coordinación entre la SEGE y los organismos de atención a víctimas, debe ser estrecha, tan estrecha que quien no cumpla se tiene que ir.

Nos saludamos pronto.

Caminante369@yahoo.com

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