Larry Zavala

Ramiro, el velador (Parte 1 de 2). Una historia de Larry Zavala

EL ÓRGANO DEL TERROR.

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Lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Era el año 1985, cuando apenas el ahora conocido como amo del terror contaba con la edad de 15 años, (cabe hacer mención de que su servidor, Larry Zavala, conocido por este medio y su sección, El Órgano del Terror, es también reconocido como El Amo del Terror) y se empezaba a interesar de lleno en todo lo relacionado con el terror. Pues bien, en esta historia se narra el principio de sus andanzas, la primera experiencia, el origen de sus historias y cómo se fue adentrando en este tan fantástico mundo.

Desde pequeño había tenido varias experiencias sobrenaturales, fue entonces que comencé a investigar de los misterios y de los asuntos del más allá a fondo; así fue como conocí a un señor llamado Ramiro Ruiz, quien tenía un muy peculiar trabajo, lo que reforzó nuestro lazo, pues se dedicaba a cuidar el panteón Municipal del Saucito por las noches. Sí, simplemente él era Ramiro, el Velador, un tipo ni robusto ni corpulento pero tampoco delgado; utilizaba una especie de barba desalineada entrecana y aun pigmentada por un tenue color negro, ya entrado en años pero, eso sí, entrañable amigo y fantástico ser humano; sin embargo, había algo que ni él ni yo sabíamos que nos uniría para siempre.

Comencé a visitar a Ramiro de manera más frecuente en el tiempo asistía a su casa. Me hacia el aparecido ya que él era un tipo raro, seco, de pocas amistades y de aún más escasas palabras. Cualquiera pensaría que él era mudo, sin embargo, era solo reservado en sus expresiones, y ya que en ese momento ni siquiera me pasaba por la cabeza lo que en su vida había pasado, yo le atribuía esa sobriedad a las experiencias buenas, malas y sobrenaturales que seguramente le habrían pasado.
Cada día me intrigaba más la personalidad de Ramiro. Al asistir a su casa iniciaba platicas sobre cosas que me asombraban ya que me contaba cómo en su raro empleo ya habían ocurrido varios sucesos sobrenaturales.

Un día me contó cómo escucho el llanto de una niña en una tumba; se acercó pero al estar en la presencia de la niña ¡esta volteaba se reía y desaparecía entre las tumbas! Yo afanosamente le preguntaba que más había sucedido y él se callaba, se ponía serio y me decía: “Larry es tu momento de platicar o contarme algo”. Yo la verdad no tenía mucha experiencia al respecto ya que hasta ese entonces solo había tenido sustos pequeños, por eso me gustaban sus pláticas, aunque también iniciaba algunos relatos fantásticos y ya cuando nuestro tema terminaba, nos daba por hablar de otras cosas.

Un día llegué y le conté cosas de mi vida, cuestiones de la juventud y, al creerme con la confianza de Ramiro, se me ocurrió cuestionarle acerca de su familia, de sus parientes. Él me miró raro, pero no con enojo sino con tristeza y frustración, y solo respondió que él no tenía parientes por no ser de San Luis.

Comenzaba a cambiar el tema diciendo que ya se tenía que ir a trabajar, que ya era hora de que me fuera, que ya era tarde, y que me fuera a casa porque luego no alcanzaría camión; entonces decidía irme y al despedirme le decía a Ramiro:

-¿Algún día me contarás todo lo que sabes o has visto Ramiro?
– ¡Algún día mi querido amigo!- respondía él.

Siempre espere el día en que Ramiro decidiera contarme qué era lo que había vivido en su enigmático empleo hasta que un día, cuando ya entraba a la mayoría de edad, le pedí que si no me quería contar nada que me llevara a trabajar con él solo un día. Entonces Ramiro, después de pensarlo me dijo:

-Si tanto quieres ir al panteón por la noche, te dejaré acompañarme, pero no quiero que tengas miedo, es muy importante que lo dejes antes de entrar ahí, o todo lo malo que en él se encuentra podrá hacerte mal o causarte daño.
-Yo no tengo miedo yo, nunca lo he tenido y siempre he querido visitar el panteón por la noche- respondí sin medir nada.

Solo me pidió que llevara una linterna y una cobija para que de esta manera estuviera completo mi look como velador de panteón. Esa noche era fría de invierno, de un frío que calaba hasta los huesos y con una densa neblina.
Cuando llegamos, cerca de las 7 de la noche, nos instalamos y esperamos a que ya nadie estuviera en las oficinas ni en la cabina del velador, que era una tétrica casa con un viejo catre en el rincón, y cerca de las 8 de la noche decidimos dar el primer rondín.

Esto la verdad me comenzó a parecer aburrido porque no sentía el terror ni veía a nuestro paso, muerto tras muerto; así que empecé a pensar que no era tan fascinante ese trabajo, al contrario, era muy aburrido. Terminamos el primer rondín cerca de las nueve y media de la noche; era largo, teníamos que ir checando tumba por tumba. En cada una Ramiro se paraba y me contaba algo acerca de la persona que ahí estaba sepultada, yo escuchaba atentamente pero no sentía todo lo que había imaginado que me pasaría en ese lugar.

El miedo, el terror o la incertidumbre no llegaban aún a mis sentidos. Por fin regresamos a la caseta de la vigilancia y comenzamos a cenar un lunch que mi extinta madre me había preparado para los dos, tomamos café para evitar el frio y comenzamos a platicar, le pregunté a Ramiro si algún día había visto algo o si había escuchado ruidos extraños y me dijo:

-Mira, he escuchado y visto muchas cosas que nadie creería. Te propongo que realicemos el segundo rondín después de la una de la mañana, ahora vamos a dormir un rato y por la mañana, cuando nos vayamos, te contaré todo lo que he visto.

Ya casi era la una de la mañana y comenzamos con nuestro otro recorrido, le dije que me lo contara mientras dábamos el recorrido

-No puedo, podría pasarte algo. Es mejor que lo haga hasta la mañana porque no me perdonaría que algo te pasara, Larry. Es un trato o si no, nunca te contare nada, ¿sí?

Acepté el trato y comenzamos el segundo rondín. Al ir avanzando, Ramiro me seguía contando de cada tumba y volví a pensar: “¡esto no es ni siquiera la mitad de lo apasionante que pensé que sería!”, “¡mejor ni hubiera venido!”, así siguió Ramiro contando sus anécdotas hasta que llegamos a una tumba no muy grande en comparación con la mayoría de los monumentos que en esa época se acostumbraban. Pensé que era muy sencilla e incluso humilde.

-Observa muy bien esta tumba, Larry- me dijo Ramiro-. Tiene un significado muy grande para mí.
-¿Por qué, Ramiro? ¿Por qué significa tanto para ti?- le cuestioné.
-Mañana te contare todo, Larry, todo lo que he vivido en este panteón.

Debo admitir que no observé bien qué decía la tumba o de quién era. ¿Por qué Ramiro no quería contarme sus experiencias?, me preguntaba pero con lo que me dijo me quedé tranquilo.

Salimos rumbo a la caseta de vigilancia, llegamos, nos pusimos cómodos y nos recostamos en el viejo catre, llegó la mañana, terminó el turno y salimos del panteón.

Comencé con las preguntas y Ramiro me dijo:
-Espera, Larry, espera que lleguemos a la casa y te contare todo por lo que he pasado.

Al llegar me dijo que esperaba que lo que me contara no fuera a causarme mucha impresión ni mucho menos, sino que al contrario me contaría todo lo que había pasado o vivido por qué sabía que solo yo no me impresionaría con la historia.

-Mira, Larry, en el año de 1967, falleció mi esposa y mi hija en el accidente de un autobús que se dirigía a la ciudad de México. Iban a una fiesta de bodas de unos parientes de aquella ciudad, y yo las alcanzaría un día después. Se fueron un jueves por la tarde y tendrían que llegar ese mismo día por la noche a la Ciudad de México.

Continuará…

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