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Primera cita

HISTORIAS PARA PERROS CALLEJEROS.

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Por: Luis Moreno Flores

Manuel espera a su cita en un café del Parque México. Decidió llegar media hora antes y pedir un té de manzanilla, en un intento de calmar sus nervios. Están por dar las seis y no ha podido ni probar su bebida.

La situación lo tiene abstraído, hace 19 años que no sale con alguien; contrajo matrimonio con Lucía a los 26 y nunca más volteó a ver a otra mujer. Su cita de hoy tiene la misma edad que él y su ex esposa cuando se casaron, pensar eso le abre un hueco en el estómago.

Lucía y Manuel tienen tres hijos: Mariana acaba de cumplir quince, Raúl de cinco y Cristina tres. Aunque uno de los motivos de su matrimonio era procrear, tardaron años en lograr concebir a Mariana.

Desde hace tiempo, Manuel tiene un importante puesto en el grupo financiero Value, el cual le gustaría decir que consiguió gracias a sus méritos como economista, sin embargo, la historia es diferente. La suerte lo puso en la misma fila de asientos que al presidente de Value, Carlos Bremer, en un partido de baseball entre San Francisco y los Red Sox. Manuel había viajado a California para visitar a sus tíos y ultimar detalles de su migración, planeaba dejar México porque las oportunidades no habían llegado. Se ganó la amistad de Bremer en tres entradas. La mudanza pasó al olvido.

La trayectoria de Lucía ha sido menos fortuita, pero pavimentada con los privilegios que conlleva ser parte de una familia de prosapia en la Ciudad de México. Casualmente, también encontró un punto de ruptura en California: desertó de psicología en la Ibero, luego viajó a la India a hacer estudios en meditación y yoga. Ya en México, una madrugada en la que decidió no salir de fiesta, encontró su “vocación”: iba a ser coach de vida, oficio que practican una suerte de motivadores-entrenadores-psicólogos. A la mañana siguiente, le contó la idea a sus padres y dos semanas después estudiaba en la Coach Training Alliance. La noche de su llegada a Estados Unidos fue la última de Manuel, que estaba listo para volver triunfante a México, por lo que pensó que era justo festejar en un bar a la altura de la vida que lo esperaba. Al final de esa jornada, compartieron un cigarro e intercambiaron números telefónicos.

En enero pasado, Lucía y Manuel firmaron su divorcio. No fue un rompimiento violento ni bélico. Ella comprendió los motivos que su entonces esposo le expuso, quizá resultado de su carrera, ahora lo ha transformado en su proyecto favorito. Tanto apoyo y comprensión por parte de su ex mujer desquicia a Manuel, se siente culpable ya que desde hace doce años navega en sitios web para encontrar pareja (o solo sexo); siempre acordaba reuniones a las que nunca había acudido, aun así se sabe un traidor. Esta última reunión la pactó tras hacer match en Tinder y platicar durante unas horas.

Camino a la cafetería, Manuel no pudo evitar pensar que su destino se predispuso desde el primer beso: sentado a los ocho años en el asiento de atrás de un auto mientras esperaba a que su madre entregara provisiones en la casa de unos parientes. Culpa a ese recuerdo por sus engaños virtuales a Lucía, a quien, pese a todo, considera el amor de su vida. Ella por su parte siempre intenta tranquilizarlo y lo alienta a conocer personas nuevas.

Estaba inmerso en el autofustigamiento, cuando una voz lo interrumpió. -Hola. –Manuel volteó a ver el reloj que Lucía le regaló en Navidad, eran las seis diez, seguro quien lo saludaba era su cita. Levantó la mirada sin llegar hasta los ojos, se paralizó y la voz de nuevo repitió:

-Hola, ¿eres Manuel?

-Sí, sí soy.

-Mucho gusto, soy Daniel.

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