#4 TiemposColumna de Dalia García

Premonición | Columna de Dalia García

Divertimentos

Esta semana nuestra columnista Dalia García nos comparte un relato de su autoría en donde se transpira angustia y a partir del cual es posible reflexionar sobre esos riesgos que implica la vida en la ciudad.

 

Salí enloquecida de casa; aferrándome a esa pregunta que todo mundo lanza cuando una desgracia lo sorprende: ¿por qué a mí?, ¿por qué a ella? Me dirigía al hospital. Lo único que quería era encontrar viva a Tana. Tantos días recorriendo el mismo camino y tuvo que sucederle a ella. Algo falló. Quizá traía los audífonos puestos y no escuchó, o cruzó la calle en una curva; siempre le digo cuando sale de casa: fíjate bien al cruzar; no uses los audífonos cuando andes en la calle, o escucha música a un volumen moderado. Pero qué importaba. Mi único deseo era encontrarla despierta; con un collarín, un yeso en el brazo o acaso unas muletas.

¿Por qué existen los semáforos? ¿Por qué soy tan cobarde para brincármelos en una emergencia? Al frenar, se apagaron el coche y mi mente. Mi vista se perdió en la nada: miraba sin enfocar, sin darme cuenta de los colores. Los carros pasaban de un lado a otro y solo veía movimiento continuo. Mis ojos abarcaban todo pero no veía nada. A veces uno se queda suspendido, generalmente después de un golpe en el alma, cuando ya se lloró mucho y las lágrimas consumieron toda energía.

A lo lejos, en medio de mi extravío advertí un movimiento inusual: una bolsa negra que rodaba por el asfalto del retorno tras el paso de un auto. Volvió a flotar, pero pasó otro carro. Intentaba alzar el vuelo, pero era inútil conseguir una altura que la pusiera a salvo. La bolsa negra intentó correr hacia la orilla del carril, como si tuviera piernas, pero unos segundos después otras llantas la desplazaron por debajo del motor. Luchaba por no ser aplastada, pero perdía fuerzas después de tantas máquinas. La bolsa negra cambió de color a humo y luego a gris. Qué extraño, pensé. Un carro más por encima y la bolsa negra expulsó un cúmulo de plumas que se dispersaron en el carril. Entonces la paloma dejó de moverse.

Volví a mi tragedia aturdida por el claxon desesperado de varios carros que hacían fila atrás de mí. Avancé con una tristeza profunda que me obligó a estacionarme apenas pasado el semáforo. Caminé hacia la banqueta del retorno a buscar algo que parecía mío en aquella paloma. Estaba muerta; su cabeza quedó completa, pero sus entrañas expuestas a la intemperie. Luego miré a la pared del puente que cubría el retorno, en donde las aves de su especie suelen hacer nido, y asomaban la cabeza un par de pichones que no dejaron de gorjear.

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