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#PremioEstatalDePeriodismo | Pues yo sí le creo a Karla Souza… aunque no me den retuit | Columna de María José Puente

La penúltima palabra

 

Este texto, publicado originalmente el 8 de marzo de 2018, resultó ganador del Premio Estatal de Periodismo 2018, como segundo lugar en la categoría “Artículo de Fondo o Comentario”. El equipo de LaOrquesta.MX se enorgullece de este, de todos los textos de María José Puente y de su trabajo diario en bien de este medio. ¡Felicidades!!

 

Cuando iba en el colegio de monjas, específicamente cuando estaba en cuarto de primaria, fui… ¿abusada? ¿acosada? No lo sé. Yo solo recuerdo que en una de las tantas veces que la madre Teresa me sacó del salón, me fui a vagar por el área de baños y el conserje me llamó a un sitio donde guardaban las escobas. Abrió la puertita de madera y me señaló un balón de basquetbol que estaba al fondo. Me preguntó si yo sabía de quién era. Yo me asomé un poco, lo miré y dije que no.

Ahora bien, antes de que se instale la Suprema Corte de Facebook y Twitter con sede en YouTube, no les voy a mentir. Yo sabía que algo no estaba bien. Tenía nueve años, soy mujer, la más chica y mis hermanos me buleaban pero así y todo yo sabía que en ese momento tenía que irme, correr, patearle los huevos, lo que fuera menos lo que hice en realidad:

Me dijo que me metiera ahí en el cuartucho, que tomara el balón y viera bien. Tomé la perilla de la puerta como para entrar y me quedé en el umbral. Me quedé en el umbral porque en cuanto puse la mano en la perilla el tipo me frotó su pene en mi mano y eso pues como que me detuvo. Ya ven cómo es una.

Nuevamente le dije que no sabía de quién era el balón. Ahí ya me quería zafar de la situación pero el tipo era persistente y aparte estaba detrás mío. Entre la puerta y la salida. Perdón, perdón, de verdad, queridos e informados internautas pero, caray, de verdad no sentía que el contexto pudiera operar en mi favor. Claro que en ese momento no conocía yo la palabra contexto ni muchas otras. Tampoco se pasen de listos. El chiste es que no me fui.

Y no solo no me fui sino que me metí al cuarto y por alguna desafortunada sinapsis cerebral me puse en cuclillas para tomar el balón… y, bueno, aquí está la parte abrumadora. Solo para que sepan, escribirlo me tomó algunos minutos pero ahí les va: me puse en cuclillas y al segundo siguiente el conserje estaba detrás de mí también en cuclillas frotándose el pito en mi trasero por encima de mi falda café de niña franciscana.

Traté pero ya no recuerdo cómo salí de ahí así que me van a disculpar. Tampoco recuerdo lo que pensé después del episodio. Lo que sí recuerdo es que por muchos años, 21 para ser exacta, no hablé del asunto. Tampoco hablé del amigo de mis hermanos que me manoseaba cuando jugábamos, y apenas hará unos meses que platiqué con una compañera del trabajo sobre aquella vez que iba caminando por la calle, rumbo a la secundaria, y un sujeto me metió la mano entre las piernas.

Me daba pena. Hasta dejé de pasar por esa calle porque me daba pena, ¡a mí! Dejé de jugar con Paco porque me daba pena, ¡a mí! No les dije a mis papás que el cabrón conserje me había hecho lo que me hizo porque me daba pena, ¡a mí!

Por eso necesito creer en Karla Souza y en Sofía Niño de Rivera y hasta en Marichuy aquí en San Luis Potosí. Porque para mí es clara la razón por la que Karla dejó meter al productor a su cuarto y es muy claro el acercamiento incómodo de Ricardo Rocha con Sofía. Me queda claro que en una situación así, con todo y las cámaras y los testigos, ellas tuvieron un contexto adverso y después la misma triste sensación que yo. Qué pena, ¿no?

Claro, habrá quien piense que yo a los nueve años me quería tirar al conserje y décadas después arruinar su carrera en la conserjería porque cada cabeza es un mundo. Habrá quien diga que solo estoy usando de diario mi primera columna porque el tema está en boga y me quiero trepar al tren y ahí sí, como diría el señor presidente:

Me cuesta trabajo pensar que cientos, qué digo cientos, miles de mujeres en el mundo hayan confabulado con tan perfecto timing, y desde la histeria que algunos consideran propia de la condición femenina, para destruirle la carrera a otros miles o millones de hombres indefensos frente a sus instintos, a partir de retorcidas fantasías eróticotraumáticas.

Todavía más trabajo me cuesta pensar que el debate esté centrado en si es verdad o no, si cogieron o no, si es guapa o no, si ocurrió ayer o hace 21 años; en lugar de en, no sé, llámenme loca, cómo le hacemos para que salir a la calle con una vagina deje de ser tan poco prudente como cargar un Rolex en Tepito. Nomás, por probar.

Más increíble para mi ingenuo raciocinio es que el debate, los testimonios, los denuestos y las elevadas exposiciones intelectuales sobre el sometimiento sexual por género tomen impulso en tuits y videovlogs pero estén ausentes en el circo de Vallejo, o en los Palacios del desgobierno local…¡en un estado con Alerta de Género!

Pero, bueno, la indolencia crónica de las autoridades es una verdad más sobada que un conejo y ni ustedes ni yo vamos a discutir en este punto por qué al gobernador le da un pudor hablar de la AVG pero domina con desparpajo una estrategia burocratizada que implementa el mecanismo como en slow motion.

De lo que sí podemos hablar y donde afortunadamente sí tenemos dominio (todavía) total, es de la forma en que abordamos el tema como ciudadanos, amigos, padres y hermanos con una cuenta de Twitter a la mano.

Claro, ir a contracorriente siempre puede ser más rentable en términos de engagement pero, caray, ¿a los cuántos retuits ya sienten la vergüenza, la culpa, el coraje y las ganas de chillar que quedan después de que un cabrón más fuerte, más grande, con más poder (por la razón que sea) te meta la mano por donde una mano intrusa jamás debe ser metida y después se vaya caminando por sus tortillas, tranquilo, sin consecuencias?

Las redes sociales nos han abierto un portal por el que transitamos entre erráticos y frenéticos. Tanta y tan repentina libertad de expresión e interacción nos emociona pero también nos abruma y nadie tiene por qué sentirse culpable. Opinar nunca fue tan sencillo pero, oigan, de verdad, es legítimo también el derecho a no joder por convivir. ¿O cómo dijo, Juárez?

@Mjoe_aca ‏

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