Columna de Xalbador García

Preludio a una mujer desnuda | Columna de Xalbador García

Vientre de cabra

Génesis

Mienten las escrituras. El cuerpo de mujer es más antiguo que el de hombre. En su historia está la historia del mundo: el parto del universo. Las cartografías son todas femeninas. La mujer muestra el camino. Ella es la ruta y la comunión entre nosotros y el principio. Basta con mirar las llanuras en la piel o los mapas escondidos en los labios para reconocerse en los secretos del viajero. La llegada que la mujer brinda significa reencuentro, haber regresado al inicio, donde la realidad se conoce a tactos y las palabras son apenas sonidos.

Entonces nace en los ojos su música que es el silencio. Tras el advenimiento, el cuerpo de mujer enmudece y con ella el mundo. Nos quedamos callados, a su lado, tratando de explicarnos el misterio del nacimiento. El ciclo acaba e inicia. Nada es más dulce que la luz antes de iluminar la mañana. Al principio no fue el verbo. Del vientre de la mujer florecieron el deseo y la angustia. Nadie nunca dijo “hágase”. La lluvia de su cuerpo fue el manantial de la misericordia. “Sálvame”, a la mujer le suplicamos.

Éxodo

Julio Ruelas, el pintor decadentista mexicano, murió en París. En la cama lo acompañaban una prostituta y un gato negro. Su muerte fue la última de sus obras formadas, muchas de ellas, a partir de mujeres desnudas. Algunas son quimeras. Presentan cuerpos femeninos que se funden con los de escorpiones, sirenas o medusas. Todas ellas representan la perversión de la mujer dominante. Los ligueros, las medias, los látigos, las agujas, al mismo tiempo que cautivan, transgreden el alma y la carne. Aunque nos conduzca a la muerte, es imposible escapar de la seducción de la mujer.

Ruelas comprendió el poder del desnudo femenino. Quiso apresarlo en sus lienzos. Por medio del artificio creyó que se salvaría de la destrucción que siempre se halla en los pechos de una mujer. Nunca lo logró. En cambio comprendió la otra verdad del desconsuelo: en cada una de sus modelos representó el infierno que, en realidad, es el paraíso. Ese lugar para sufrir satisfaciendo los deseos. Antes de la caída se encuentra la felicidad sin pliegues ni mesuras. La muerte también es femenina.

Domingo de Resurrección

¿Qué es la mujer? Se trata de la poesía de dios. Tu cuerpo de cuatro cuartetos, como lo hubiera buscado Eliot: “No cesaremos en la exploración / Y el fin de todas nuestras búsquedas / Será llegar adonde comenzamos”. Tu cuerpo con su propio tiempo: “Mi vida futura es tu rostro mientras duermes”, escribió René Char. Tu cuerpo con su propio tiempo: “No importa que sea falso: / cuando tú quieras verme unos minutos / vive conmigo para siempre”, escribió Eduardo Lizalde.

Porque para vivir sólo hay una vía, unas cuantas palabras para decirlo, como nos lo demostró Whitman: “Oh, he sido tardo y mudo, / debí haberme abierto camino hacia ti hace mucho tiempo”. Porque para vivir sólo hay un dios con nombre femenino, como nos lo demostró Huerta: “Ahora sí, bendíceme/ con tus dedos ligeros, / con tus labios de ala, / con tus ojos de aire, / con tu cuerpo invisible, / oh tú, dulce recinto / de cristal y de espuma, / verso mío tembloroso, / amor definitivo”. Porque para morir y padecer y regresar a la vida sólo la madrugada que nace bajo tu vientre, como nos lo demostró Paz: “Soy hombre: duro poco / y es enorme la noche”.

 

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