#4 TiemposDesde mi clóset

¿Por qué nos queremos casar? | Columna de Paúl Ibarra Collazo

Desde mi clóset

Desde hace casi veinte años hemos enfrentado una ardua lucha con el objetivo del reconocimiento normativo del matrimonio entre parejas del mismo sexo. Las batallas más emblemáticas, como la sucedida en 2010 en la Ciudad de México, cuando el jefe de gobierno de esa época, Marcelo Ebrard, modificaba la norma familiar para incluir a las parejas homosexuales, nos dejaron grandes lecciones. El procurador de la República del sexenio de Calderón, había promovido una acción de inconstitucionalidad para dar un revés a lo propuesto por el gobierno perredista del entonces Distrito Federal. El PAN, aquel del que Morin, se jactaba de progresista pero fue y sigue siendo el más cruento opositor de este tema.

La siguiente batalla, la jurisdiccional, tuvo su esplendor en 2015 tras las jurisprudencias de la SCJN, que fueron claras al señalar la inconstitucionalidad de los Códigos Familiares y/o Civiles que definieran al matrimonio solo como la unión entre un hombre y una mujer. Además de definir el concepto de familia como una realidad social en constante transformación, en la que tienen cabida todas las uniones comunitarias que tengan por objetivo la vida en común, el apoyo mutuo y la solidaridad.

Luego, el 17 de mayo de 2016, el presidente Enrique Peña Nieto hizo públicas una serie de reformas que enviaría al Congreso de la Unión y tenían por objeto elevar a rango constitucional el matrimonio como la unión entre dos personas. El resto es historia, el PAN, en colusión con el viejo PRI, dieron un revés que dio por resultado uno de los grandes desatinos de esta administración federal.

Pero, ¿cuál es motivo por el que nos queremos casar los homosexuales y las lesbianas? No es un capricho, es un derecho, y la garantía de diversas potestades que derivan de la unión civil. Imaginen que una pareja de dos hombres que llevan toda la vida juntos, han formado un patrimonio, y uno de ellos fallece, o se enferma de gravedad; sin certeza jurídica, sin el reconocimiento de la filiación parental, no hay ningún derecho. La homofobia familiar ha llevado al despojo, al incumplimiento de la última voluntad, y a la segregación de la pareja de hecho. Sin dejar de lado la imposibilidad de dotar de seguridad social y beneficios que se derivan de la unión conyugal.

Quien se manifiesta en contra de este derecho tiene argumentos más cercanos a la religión y a los principios eucarísticos. Sin embargo, la intensión de una pareja del mismo sexo, lejos de la fiesta o de la parafernalia mediática que implica un casorio, va más allá de eso. La certeza jurídica, el reconocimiento normativo de una familia, implica el dotar de derechos reconocidos constitucionalmente a una pareja que se ama y que planea o a formado un hogar.

Nos queremos casar para proteger nuestra unión a nivel jurídico. Para proteger nuestro derechos y a nuestra familia. Emparejados siempre hemos estado, incluso desde el principio de los tiempos, hoy en día, nos sabemos sujetos de derechos y requerimos tal reconocimientos.

Hemos dejado los clóset y sus penumbras para transitar a un estadio emancipatorio. Buscamos la igualdad y vivir una vida libre de violencia y discriminación.

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