#4 TiemposColumna de Adrián Ibelles

Plátanos navegantes | Columna de Adrián Ibelles

Postales de viaje

Hace siete años me sacaron el apéndice. Confundí ese dolor con mi gastritis, que aplacaba con dosis de omeprazol, ranitidina en inyecciones. Esa vez, ni las agujas calmaron el dolor, y acabé en el hospital.

Tardaron medio día en pasarme a quirófano. Esa ocasión varios niños habían decidió nacer a la misma hora, por lo que mi apéndice tuvo que esperar. Nos despedimos en silencio, nunca supe que estuvo ahí, hasta que casi me mata. Salí caminando al día siguiente, pero mi cabeza estaba un par de semanas en el futuro. No en San Luis, sino en Xalapa.

Tenía una invitación de la Fundación para las Letras Mexicanas (f.l.m.) para participar en un taller de verano con otros 22 seleccionados de todo el país, “jóvenes promesas de la literatura” nos llamaban. Los correos, escritos por una amable Cecilia Varela (de quién no tenía idea, ilustra y escribe literatura infantil) me confirmaban que estaba todo en regla para recibirme en Veracruz. Yo temía no estar sano para entonces. Que mis puntos se abrieran en el largo camino de SLP (escala en el entonces Distrito Federal) rumbo a Veracruz.

Fui olvidando la operación conforme la fecha se acercó. Mis nervios estaban a tope en la sala de espera de la terminal del norte en el DF. Había salido a comprarme una guajolota y aguardaba ansioso la salida de mi autobús. Todos los gastos corrían por parte de la fundación, así que me había buscado la mejor línea de ADO con rumbo a tierras jarochas. Vi el paisaje cambiar en la ventanilla, de ciudades, a caminos, a selvas, y luego eso.

Xalapa era un sueño. Entre mis ínfulas de escritor novel, mi visión provinciana y la insensata juventud, me parecía haber aterrizado en la Praga de Before Sunrise. Embelesado, caminé con un mapa en mano y mi maleta en la otra, por el centro, hasta el café donde quedamos de encontrarnos. 23 jóvenes escritores, narradores, poetas, ensayistas y dramaturgos. Llegábamos de Veracruz, Jalisco, Distrito Federal, Yucatán, Morelos, Tamaulipas y San Luis. Hablamos de lo que estudiábamos (letras, comunicación), de los autores que nos gustaban y de cómo nos habíamos enterado de la selección.

Nos dijeron que tendríamos un pago para nuestras comidas, demasiado para solo comer, así que de ese dinero nos sobraba para ir a comprarnos libros y alcohol. Y en mi caso, muchos cigarros.

Mi compañero de habitación era uno de los teatreros, Manuel Plazola. Un tipazo, que aguantó como un campeón la convivencia con mi yo de 20 años que no se tomaba suficientes molestias para no ser un espantoso roomie. Hubo fiesta de bienvenida. Ahí se me quedó el apodo de “Sanluis”, por ser el único de la comitiva que venía de las tierras de enchiladas, los chocolates y Othón.

Por la mañana estrenamos nuestros talleres en la UV, nos llevaba un camión que apenas podía cruzar por la estrecha calle. Me gustaba más recorrer la ciudad a pie, con un voluminoso compendio de novela corta bajo el brazo, por los jardines, las calles empedradas, los callejones que conducían a la casa de Pitol.

No recuerdo a los maestros, pero sí los textos de mis compañeros. Hulises y su cuento sobre Lanzarote y Saramago, el cuento de terror que nos sorprendió por venir del más tierno de todos David, los poemas de Xel Ha, la obra sobre Pie grande de Manuel, las cuentas que eran crónicas de Juan Eduardo. Los ensayos de Sara.

A su lado me sentí diminuto. No podía creer la suerte de estar en ese momento con escritores tan logrados. Que dominaban el lenguaje como cualquier crack domina un balón en la cancha. Nunca supe cómo llegué ahí, pero decidí sacarle provecho. Ese día, después de las lecturas, bajé de mi nube y comencé a aprender de los demás.

De Xalapa me traje muchos recuerdos. Las comidas con pasta y vino en Il Postodoro, las extensas pláticas sobre la última película de Harry Potter (en la que lloramos todos juntos), los paseos en el parque Juárez y los plátanos navegantes. Comer con Juan Carlos Franco en el Burger King, o ir a aprender a (fingir) bailar salsa bajo el calor del verano xalapeño. Que me rescatara una chilanga de un asalto.

De Xalapa no tengo más que cosas buenas que contar. A los chicos, les sigo la pista celebrando sus logros, que no son pocos. Realmente es una generación dorada. Entre ellos se cuentan premios nacionales, directores y dramaturgos reconocidos, cuentistas con varios libros, investigadores serios, editores, promotores de lectura, periodistas valientes. Les admiro a distancia, aún sin explicarme cómo caí con ellos, pero agradeciéndolo enormemente.

Era dos mil once. Al año siguiente intenté volver a ganar la beca, pero ya no tuve suerte. Creo que ya no se hace la convocatoria. Yo sigo escribiendo para mis amigos, y ahora para mis hijos.

Han pasado siete años. En este tiempo apenas he visto a algunos de mis compañeros, me he quedado con ganas de aprender más de esos jóvenes poetas, dramaturgos, ensayistas y narradores.

Me dan ganas de regresar. De tener 20 años de nuevo. Aprovechar más los consejos de Olguín, Hiriart, Langagne y Varela. De comprar más libros y gastar más en cenas italianas y cervezas mientras finjo bailar salsa (ya no me gusta bailar).

En mi mente, a veces regreso a Xalapa. Me como un plátano navegante y me paseo por la USBI. Leo una de esas novelas cortas (o cuentos largos) de mi antología, mientras veo el verano pasar.

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