#4 TiemposColumna de Dalia García

Perros de pueblo | Columna de Dalia García

Divertimentos

Los perros de pueblo son de otra raza. No tienen dueño, aunque lo tengan. Son autónomos, independientes; aunque algunos son de casa, entran y salen de ella como Pedro. Los perros de pueblo se mandan solos.

Cada zona del pueblo tiene sus perros, cada perro tiene su territorio: equivale más o menos a una cuadra.

Los perros de pueblo son parte de la comunidad, a nadie molestan, no amanecen envenenados (aunque siempre hay inadaptado cuya existencia no embona en la naturaleza y los maltrata).

Los perros de pueblo son los amos de la calle: pueden echarse a tomar una siesta sin tener que cuidarse de ser atropellados, los autos que pasan los esquivan.

Los perros de pueblo podrán morirse de cualquier cosa, menos de hambre, porque siempre habrá alguien que los alimente (la señora de la tienda, la de los tamales, el que vende carnitas, el obrero que sale por su torta a la hora de la comida, los niños que juegan en la calle, la ama de casa que tiene sobras de guisado).

En el pueblo, la noche es el día de un sinfín de entes naturales y sobrenaturales que salen de sus terruños para satisfacer su existencia; ante los sonidos y presencias que se manifiestan, comienza el ladrerío y los perros se preparan para cazar (ratas, gatos, tlacuaches, cacomixtles, pájaros, serpientes, insectos, espíritus…). Los perros de pueblo duermen de día y vigilan de noche. Aúllan de soledad al inicio de la madrugada; el sonido llega a muchos perros a la redonda que se solidarizan aullando, en eso consiste su apoyo moral.

La lluvia en la noche es lo único que silencia a los perros de pueblo. Los relámpagos y truenos son motivo para refugiarse en los escondites que inteligentemente han ubicado para usar en caso de emergencias: puede ser una cochera sin portón, una jardinera, un montón de material arrumbado, un túnel en la tierra, un establecimiento con toldo, un coche o la puerta de una casa con tejabán. Casi siempre se mojan, pero no pasa nada: se saben de la naturaleza y están en unidad con ella, porque los perros de pueblo no le temen a las inclemencias del clima.

Con el amanecer llega el descanso: es la hora en que duermen plácidamente; el movimiento matutino les es familiar, no hay nada qué vigilar, la rutina del pueblo es señal de armonía.

Los perros de pueblo van a las fiestas patronales; los cohetes  anuncian el festejo.

Cuando alguien muere, los perros de pueblo se integran a la procesión que canta y camina hacia el panteón.

Los perros de pueblo son sabios: sufren en silencio sus dolores y achaques. Nadie los ve morir: cuando llega su hora, se adentran en un baldío, arroyo o barranca, y ahí se entierran.

Los perros de pueblo no reclaman atención ni cariños. No conocen el calor de hogar. No van al veterinario cuando enferman, sino que se curan solos.

Los perros de pueblo asumen el precio de su libertad, padecen su libertad y mueren en libertad.

La vida de un perro de pueblo es mejor que la del perro que vive abandonado, o amarrado, en el patio de una casa.

Un buen pueblo respeta a sus perros.

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