#4 TiemposColumna de Adrián Ibelles

Pequeño Siddhartha | Columna de Adrián Ibelles

Postales de viaje

Fotos: Stephanie Ibelles y Cecy Zavala

Desde hace muchos años que no creo en Dios. O más bien, no creo en la iglesia o en sus conflictivos fundamentos. En vez de eso, me apego a los valores que me parecen vitales, y dejo al aire el nombre de esa fuerza mayor que nos une.

De ahí que decidiéramos no bautizarte, Siddhartha. Sé que en algún momento podrás elegir tu camino, y yo estaré muy contento de honrar tu decisión; por ahora decidimos darte una bienvenida distinta, y fue así que llegamos ahí.

A mamá, a tu hermano y a mí nos parecía que tu llegada a este mundo, era ‘el hecho más importante de nuestras vidas, merecía una “celebración”, un momento para dedicarte nuestro cariño y mostrarte un poco el mundo al que viniste a cambiar.

Cada año, en el aniversario de la escuela Waldorf (4 de septiembre) las familias que forman la comunidad escolar se unen en una ceremonia donde se agradece a la madre tierra y al padre sol por las bendiciones otorgadas, y se les pide que reintegren las energías para que las niñas y niños comiencen un nuevo año escolar cargados de fuerzas y ganas de trabajar y aprender.

En esta ceremonia, hecha con velas, el imponente sonido de una caracola, cantos y un sentido muy orgánico, participó Lourdes, quien lleva muchos años en San Cristóbal formando a la niñez y compartiendo sus conocimientos sobre el cuerpo físico y el cuerpo espiritual. Nos acercamos a ella para platicar acerca de tu bienvenida, y fue ella la que nos contó sobre la cosecha del nombre.

El simbolismo nos agradó, sin quererlo atinamos en encontrar lo que deseábamos para ti.

Necesitaríamos algunas cosas como velas de nueva cuenta, flores y un árbol; la placenta y las membranas que compartiste con tu mami. La presencia de las personas más cercanas a nosotros, a ti. Finalmente, nos pidió que entendiéramos que tú nos elegiste a nosotros como tus guardianes, como tus guías en este camino, un camino tan grande y complejo que requeriría de otros guardianes más para acompañarte. Escogimos a Elisena y Antonio. Tus padrinos fueron las primeras personas que conocimos aquí en San Cris, y que buscaron apoyarnos desde el principio. Sabíamos que eran los correctos para cuidarte siempre que lo necesitases. 

Además invitamos a algunas personas que habían sido parte de nuestra nueva vida aquí, en tu lugar de origen; las amigas que te cargaron los primeros días, Kaisser el perrito que te recibía contento en Tuxtla, nuestros familiares que tanto te aman; cada uno de los presentes tendrían mil razones para estar ahí, pero sobre todos esos motivos estabas tú.

 

El lugar fue una sugerencia de Lourdes; su hogar, un lugar internado en una montaña cuyo nombre nos decía todo: Tierra corazón.

Aceptamos, preparamos (casi) todo y nos alistamos a la aventura.

La ruta a seguir requirió un gran esfuerzo. El camino fue mayormente de tierra y piedras, y aunque íbamos en coche, las emociones fluían entre los voladeros y el sendero que rodeaba la montaña, donde veinte mil manzanos saludaban tu presencia. En lo más alto de esta vimos por encima de las nubes, como si de un sueño se tratara.

Al llegar a Tierra corazón nos dimos cuenta que efectivamente estábamos en el paraíso. El huerto se extendía por varios niveles sobre la montaña, con toda clase de plantas cuyos nombres a veces se confundían con otros letreros que decían “Equinoccio”, “Solsticio de verano” y “Cosmos”. Dos perritas y un perro nos recibieron con gusto, aunque desconfiaron un poco de Kaisser.

 

Lourdes nos mostró la casa, cuya creación desafiaba por completo mi imaginación, tenía un gran recibidor, una hamaca, una fuente que reconfortaba con el sonido del agua, decorados muy bellos y un mirador que dejaba ver la falda de la montaña. Tan espectacular que apenas puedo describirlo.

La idea era hacer la cosecha del nombre, luego invitar a todos a un temazcal y terminar cocinando pizzas en el horno de leña que había junto a la casa. Ni el hambre, ni el sol ni la distancia doblegaron los ánimos.

Y quiero decirte, pequeño Siddhartha, que todo salió increíble.

Nuestros amigos nos ayudaron en todo momento, siempre con una certeza de que cualquier cosa valía la pena por ti. Lourdes hizo sonar la caracola, con un eco que se adueñó por completo de nosotros. Nos explicó que aunque no iba a ser una ceremonia religiosa, todos podíamos impulsar nuestro espíritu desde la fe, sin una etiqueta o imposición previa.

Formamos un círculo y agradecimos también al sol y a la tierra. Luego tomamos un puñito de flores que te arrojamos todos al mismo tiempo y luego gritábamos tu nombre a los cuatro vientos. ¡Siddhartha! ¡Siddhartha! ¡Siddhartha! ¡SIDDHARTHA!

El viento se llevó tu nombre y lo compartió con las montañas. Mi corazón latió fuerte, como nunca. Lloré al verte así, con tu cabecita llena de pétalos y colores.

Fue entonces cuando nos entregaron una vela y nos pidieron que te dijéramos unas palabras. Quisiera decirte cada mensaje, pero supongo que será más lindo que cada quien te cuente. Solo te adelantaré que fueron palabras cargadas de emoción, deseándote una vida llena de conocimiento, de amor y paz; agradeciéndote que hubieras tenido el valor de llegar a este mundo en estos momentos difíciles y esperando que con tu luz puedas iluminarnos; te desearon fortalezas y grandes experiencias. Y en cada palabra estuviste atento, viendo a los ojos de quienes te daban su cariño, por lo que sé que te quedaste con lo mejor de cada mensaje.

Cuando alguien hablaba se me hacía un nudo en la garganta. Ver que tu vida ya había tocado a tanta gente.

Cecy y Oliverio nos regalaron una ceiba para ti, un árbol sagrado de esta región que plantamos en tu nombre, para agradecer que estuvieras aquí con nosotros. Todos pusimos algo para alimentar la tierra y que tu ceiba creciera fuerte; una semilla, un fruto, mucha agua.

Algunos entraron al temazcal (tú también, aunque solo unos minutos, luego saliste empapado en sudor y lágrimas y te dormiste en mis brazos), mientras que otros nos adelantamos a hacer la comida.

Al ver a quienes compartían ese momento tan llenos de vida, me sentí muy contento, agradecido y afortunado de estar en ese tiempo y en ese lugar. De poder decir que soy tu padre, tu acompañante y tu guardián; también tu ávido alumno en esta vida que aún me sigue enseñando tanto.

Gracias, porque tú elegiste este nombre, el espacio en este mundo y nos elegiste como parte de ti.

Siempre que estés perdido estaremos ahí para ti. Sé que algún día (lejano, espero) emprenderás tu camino en solitario. Y cuando andes buscando tus orígenes, la raíz de tu ser, recuerda que hay una ceiba en Tierra corazón que te podrá ayudar a encontrar las repuestas.

También mi corazón es tu tierra.

¡Siddhartha! ¡Siddhartha! ¡Siddhartha! ¡SIDDHARTHA!

@Adrian_Ibelles 

También recomendamos: Los perros de la noche | Columna de Adrián Ibelles

Nota Anterior

Que los que matan, se mueran de miedo | Columna de Ricardo Sánchez García

Siguiente Nota

Potencias sin mundial; estrellas dejan de brillar | Columna de Emmanuel Gallegos D.