#4 TiemposMosaico de plumas

Pequeño perro capitalista | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas

 

En 2017 llegó a salas de cine, Un jefe en pañales (The Boss Baby, Tom McGrath), la historia narra la crisis que existe en la fábrica de bebés. Las personas ya no quieren tener hijos, en cambio, están adquiriendo mascotas en su lugar, en especial perros. La película muestra sinfín de productos diseñados para los caninos, desde ropa, carriolas y muebles. Me parecía una tontería que la gente pudiera gastar tanto dinero en el cuidado de sus mascotas hasta que Rulfo llegó a mi vida. Rulfo es un Golden Retriever, de orejas largas y suaves; con cara de menso y una sonrisa que fortalece su ternura, ternura que irradia en cualquier momento.

Rulfo llegó a controlar el instinto materno que en más de una ocasión me ha pedido ser madre. Y si bien es cierto que no es un hijo, responde a las mismas necesidades que un infante. Es una relación recíproca de cariño. Una relación que también exige tiempo, responsabilidades, pero sobre todo, dinero. La culpa no es de quién humaniza a las mascotas, la culpa es del capitalismo, quien entendió que las nuevas generaciones no tienen como prioridad tener un hijo. Las razones van desde cuestiones ambientales, la poca seguridad económica y social que brindan la mayoría de las ofertas laborales y el cambio de mentalidad: viajar y conocer el mundo se prioriza frente el ser padres.

El capitalismo nunca pierde, así lo explica el Jefe en pañales, ese dinero destinado a la industria de bebés se va a la industria de las mascotas. Es así que terminé pagando 200 pesos por kilogramo de croquetas frente a los 20 pesos del alimento a granel con el cual crecieron todos mis perros, sólo porque leí un artículo donde me explicaban los beneficios del salmón. Rulfo no solo fue vacunado contra la rabia en la semana nacional antirrábica, Rulfo cuenta con un seguro médico veterinario que incluye todas las vacunas, un par de consultas de emergencias y una cuponera de descuentos en accesorios. Rulfo asiste dos días a la semana a la guardería; sí, así como los padres arrumban a sus hijos mientras se van a trabajar, Rulfo pasa su día jugando con otros de su especie. Claro que es un exceso, la mayoría de los perros en este país se criaron en las azoteas, sin una sombra o juguete que hiciera sus días más venideros. De niña ni siquiera sabía que existían juguetes para perro. Mis perros a lo muchos tenían una pelota que robaban de mis hermanos. Rulfo cuenta con la playera oficial de la selección mexicana, si no fuera por su enorme pelaje es probable que tuviera más de un suéter de temporada. Algo exagerado para quienes protegíamos a nuestros cachorros con la playera de la elección pasada.

Rulfo cuenta con impermeable para las tardes lluviosas y un protector para el asiento del coche, evitando así que sus patas llenen de lodo el tapiz. Accesorios que ni siquiera un mexicano promedio tuvo en su infancia. Mi impermeable era una bolsa negra de dos pesos que mi madre había confeccionado en una tarde. Mi padre prohibía el consumo de alimentos dentro del coche, parecía inimaginable que el perro se subiera en el mismo asiento que nosotros. Los perros solo subían al carro cuando mi madre se hartaba de sus travesuras y mi padre los llevaba de paseo a mitad de la carretera.

En quince años la concepción de los perros ha cambiado en pro de sus derechos. Se fomenta la adopción y la protección, pero va más allá de un cambio en las actitudes frente a ellos, se trata de otra manera de capitalismo. Una manipulación de necesidades y cambio de estructuras familiares que responden a una palabra: consumismo.

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