#4 TiemposColumna de Adrián Ibelles

El pequeño infinito | Columna de Adrián Ibelles

Postales de viaje

Sonreír es fácil. Lo es cuando viene Navidad y esperas un regalo. O si la película que te tocó en el cine fue mejor de lo que esperabas. Sonreír es fácil cuando un montón de niños te rodean y escuchan cuando les cuentas cómo ves el mundo, cómo lo lees, cómo lo escribes. En esos días sonreír es fácil.

Hoy no tanto. Porque no lo fue ayer y no lo será mañana. Porque la vida existe y también la muerte. Porque a veces damos la bienvenida a un nuevo ser, y otras debemos despedir a otros, aunque parezca pronto para hacerlo.

Quiero creer que ninguna tragedia es permanente, pero hay pérdidas tan grandes que no se pueden dimensionar.

Tona permaneció en este mundo apenas lo suficiente para tocar la vida de algunos afortunados. Nadaba y escribía. Lo primero lo hizo junto a sus hermanos, en La Loma, entre competencias y juegos. Lo segundo junto a nosotros, en un pequeño salón donde dimos cuatro semestres de escritura creativa. Sandra era su favorita, todos los sábados la buscaba para abrazarla. Pero los dos lo queríamos. Y es que al involucrar arte y niños, es imposible no establecer un vínculo real, de cariño, porque finalmente lo que transmitíamos no era nuestro conocimiento, era nuestro amor por las letras. Y eso nos conectaba. Todavía guardo los trabajos de escritores y escritoras en ciernes, que lo mismo creaban mundos hechos de golosinas o complejos laberintos narrativos.

Sus hermanos, Atzín e Izel lo cuidaban mucho en las clases, a veces lo regañaban o le advertían; “mi mamá te dijo que no pintaras con esa ropa”, mientras el pequeño seguía embarrándose los dedos, los brazos y todo lo que tuviera que ensuciarse. Nunca se detenía. Nunca se cansaba. Tampoco abandonaba la sonrisa con facilidad.

Con Tona la aventura no sólo se quedaba entre letras; el mundo era un escenario listo para descubrirse, para escalarlo o pintarrajearlo. Los pasillos de Arte y Cultura se inundaban con su energía, con sus carcajadas inocentes. Las viejitas que tomaban clases al lado lo veían pasar como una bala y meneaban la cabeza. No entendían que ese no era un niño; era una estrella con órbita irregular.

Le di la mano muchas veces. Lo cargué de caballito. Le conté algunos cuentos y él me contó otros a mí. Me enseñó cómo hablar con un niño, y también me ayudó a escuchar, a reconocer que la sabiduría está incluso en el más pequeño de ellos.

Pienso en los tres Cazamonstruos y en lo duro de este instante para sus familias. Debo suponer que con el tiempo uno se acostumbra a las ausencias. Pero cómo no extrañar esos detalles tan únicos, el caos, el ruido, los juegos y los llantos, los berrinches y los abrazos.

No atino en expresar lo genial que fue tenerlo aquí, y lo mucho que lo estamos extrañando. Por lo pronto sonrío. Aunque cueste. Y lo hago porque lo imagino y solo puedo ver su cara alegre, sus ojos brillantes y su carisma inagotable. Sus lentes en el piso y sus zapatos escalando una mesa, sus manos aferrando El Menino de Isol, su libro favorito.

Sonrío y leo las palabras que me dictó, uno de aquellos días en que todos hacían un cuento. Esa vez descubrí que la imaginación de los niños puede ser tan vasta como infinita.

Tona nos dejó tanto de sí en tan poco tiempo, y al hacerlo se convirtió en esa chispa sempiterna, en ese fuego que no se apaga, en esa luz que persiste en las tinieblas.

Te sonrío pequeño, buen viaje.

@Adrian_Ibelles 

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