#4 TiemposColumna de Adrián Ibelles

Pasiones añejas | Columna de Adrián Ibelles

Postales de viaje

Luego de llegar de la escuela, lo primero que hace Edu es acomodarse frente a la computadora y poner algo de música. Últimamente es Pearl Jam, Nirvana, Soundgarden, Audioslave o Alice In Chains. De vez en cuando pone a System Of A Down y entonces, luego de repetir un par de veces Sugar, le pido que cambie de grupo o canción. “Algo más tranqui”, le pido, y cambia a los Red Hot Chilli Peppers, donde ya no me puedo quejar.

La rutina se cumplía, él tarareaba Black mientras yo cocinaba, y mientras analizábamos las transformaciones de Eddie Vedder, dimos con el tema de los conciertos.

A quiénes habíamos visto, cuándo, dónde. Comencé a hablar con ese tono nostálgico, siempre acompañado del clásico “cuando yo tenía tu edad”. Le conté de aquel lejano Manifest, de mis escapadas al déefe para ver bandas que me gustaban cuando era cachorro, y de algunas que me arrepentía no haber visto en su momento.

Le hablé de aquellos recitales gloriosos de mis bandas “tranquilas”, dice él, Interpol, The Horrors, Whitest Boy Alive, Vetusta Morla, Zurdok, Foals, White Lies; también de otras que en su clasificación sí es “buena música”: QOTSA, Slipknot, Puscifer, Mastodon, Megadeth y Tool.

Debo confesar que ahora veo esos días muy lejanos, consciente de que ya no nos es posible parar entre la multitud, gritar con el alma una frase de alguna canción sempiterna y arrastrar el ímpetu hasta el frente de un escenario.

De pronto me encuentro a 960 kilómetros de un festival donde A Perfect Circle tocará The Doomed y no podré estar. Me encuentro con que Green Day dará 3 horas de concierto y que Dave Grohl regresa a México y no estaremos ahí. Me encuentro con que en este momento es más importante una cita con el pediatra, ahorrar para la renta o comer una semana, que un boleto para ver a Faris Badwan y compañía interpretar el V.

Me concedo ciertas excusas, válidas para afrontar que soy un mal fan y no hago lo suficiente por estar en ese mosh pit que tanto se extraña. Luego de justificar mi ausencia (con kilómetros, pañales o simple falta de ingenio), calculo que los 15 años que nos separan a Edu y a mí serán suficientes para permitirnos un par de conciertos juntos. Lamento también que no podamos ver a algunos de sus nuestros ídolos, bandas que siempre me recordarán su niñez y un poco la mía.

Es entonces cuando me arrepiento un poco de haberle quitado decibeles a su euforia y le voy recomendando tal o cual banda, le cuento uno que otro chisme musical o hago pequeñas trivias para ver el avance de nuestro pequeño pupilo (que a estas alturas ya puede poner orgulloso a cualquier melómano experimentado).

Me siento a escuchar y comentar con él algún concierto, con la esperanza de que esta pausa en las visitas a auditorios y recintos sagrados me permita apreciar mejor cada canción, ahora con una nueva compañía.

Crucemos los dedos, y disfrutemos también la espera.

@Adrian_Ibelles 

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