#4 TiemposLetras minúsculas

Partida de damas | Columna de Juan Jesús Priego

Letras minúsculas

Cuenta Martín Buber (1878-1965) la siguiente historia en El camino del hombre:

Una vez Rabí Nahum entró de improviso en una yeshivá (una escuela religiosa judía) y se encontró con que dos de sus alumnos se hallaban quitadísimos de la pena jugando una partida de damas. Cuando lo vieron entrar, los muchachos se pusieron de pie, avergonzados, y pidieron disculpas al maestro por perder el tiempo en cosas tan poco útiles para el servicio de Dios.

Rabí Nahum, haciendo un gesto con la mano, les rogó que continuaran la partida.

«-Pero –les preguntó-, ¿conocen ustedes las reglas del juego de damas?».

Como los muchachos no abrían la boca –tan aturdidos estaban-, el maestro continuó así:

«-Pues si no las saben, yo os las diré. Primero: no se pueden hacer dos pasos a la vez. Segundo: se permite sólo ir hacia delante y nunca hacia atrás. Tercero: cuando uno ha llegado muy alto, puede ir adonde quiera».

De esta manera el maestro, aprovechando las reglas de un sencillo juego de mesa, había enseñado a sus discípulos las reglas del juego de la vida.

En efecto, para progresar verdaderamente en ella es necesario dar un solo paso a la vez, y rechazar la tentación de querer dar dos. Esto es sumamente importante para conservar la calma y la fuerza. «Mil kilómetros comienzan con un solo y pequeño paso», dice un refrán oriental. ¿A quién no le ha sucedido alguna vez que, al despertarse y repasar mentalmente los compromisos del día, se siente presa de un cansancio casi mortal? Las citas, las reuniones, las idas y venidas que habremos de dar a lo largo de la jornada que está por comenzar se agolpan al mismo tiempo en nuestra imaginación y nos derrotan por anticipado. «¿Todo esto debo hacer?», nos preguntamos en el momento de ponernos los zapatos. Y pensamos en nuestros superiores casi maldiciéndolos: «¿Quién creen que soy: Superman o uno de esos héroes inmundos que salen en la tele? ¡Pues no y no! ¡Yo no soy Superman ni ninguno de esos superhéroes que salen en la tele! ¿Con qué derecho se dan el lujo de exigir todo esto a un simple mortal? Quieren que me infarte, sí, eso es lo que quieren; que rinda al máximo, dé todo lo que tenga que dar y me muera de una vez. ¡Ah, pero eso sí, cuando me infarte ni siquiera irán a mi funeral, los muy gusanos!».

El humor empieza entonces a agriársenos, y con el cansancio viene también la amargura. ¿En dónde está el error? En haber querido, aunque sólo sea mentalmente, dar más de un paso a la vez, cuando lo único que debimos hacer en ese momento de la mañana era anudar con elegancia las agujetas.

Supongamos que en el momento de nacer, un ángel bueno (¿pero sería de veras bueno?, ¿no sería más bien el diablo?) nos mostrara uno por uno todos los males que sufriremos, los dolores que padeceremos y las angustias a las que nos veremos sometidos durante el largo o breve tiempo que estemos en la tierra. ¿No sería verdaderamente catastrófico? ¿No más bien devolveríamos al instante el billete ese del que hablaba el hermano Karamazov? Pero, a Dios gracias, los males, las penas y las angustias las iremos padeciendo un día sí y otro no, de modo que podamos sortearlas sin angustias excesivas.

«Por eso os digo: no andéis preocupados. Mirad las aves del cielo: no siembran ni cosechan, ni recogen en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Y no valéis vosotros más que ellas?», preguntaba Jesús a sus discípulos. Y añadía: «Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal» (Mateo 6, 25-34). Que es como decir: «No anticipen las desgracias de mañana. Hoy venzan las de hoy y mañana las de mañana. Aprendan el arte de caminar a pequeños pasos».

Caminar a pequeños pasos significa hacer la cosa de turno con pasión y rehusarse a empezar a hacer mentalmente la que sigue; es, para decirlo ya, hacer lo que hacemos y sólo eso que hacemos. Nada hay más desalentador que las anticipaciones. Caminar a pequeños pasos es negarse a vivir inquietos por el futuro: por la hora que sigue, por el compromiso próximo. «Toda tarea, incluso la más grande y difícil –escribe Georg Popp- comienza con un solo paso. No debemos dar nunca dos pasos a la vez. Esto ha sido dispuesto incluso por la naturaleza de una manera admirable: dando dos pasos al mismo tiempo –uno detrás de otro- podemos saltar, pero nunca caminar correctamente».

En el orden físico, quien da dos pasos a la vez corre el riesgo de caerse, y lo mismo sucede en el orden psicológico. La vida no nos pide nunca más que un paso por vez, y este es el único que nos exige dar.

Caminar a pequeños pasos significa vivir el momento, sin adelantar nada, sin predecir el futuro, ni adivinar lo que será. «Haz de vivir con toda seriedad, como una ardilla, por ejemplo –aconseja el poeta turco Nazim Hikmet (1901-1963); es decir, sin esperar nada fuera y más allá del vivir… Sucede, por ejemplo, que estamos muy enfermos; que hemos de soportar una difícil operación, que cabe la posibilidad de que no volvamos a levantarnos de la blanca mesa. Aunque sea imposible no sentir la tristeza de partir antes de tiempo, seguiremos riendo con el último chiste, mirando por la ventana para ver si el tiempo sigue lluvioso, esperando con impaciencia las últimas noticias de la prensa».

Me imagino que eso es lo que quería decir Rabí Nahum cuando explicaba a sus alumnos la primera regla del juego de damas. ¡Sabia lección!

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