#4 TiemposColumna de Xalbador García

Panteón | Columna de Xalbador García

Vientre de cabra

Este texto apareció originalmente en https://vientredecabra.wordpress.com/

 

I

Tal parece que lloran los árboles. Van soltando sus ramas con desgana y cubren las tumbas con una sombra triste. Es hermoso y verde. De niño jugaba en un cementerio parecido a éste, en medio del bosque, con ocotes gigantes. Junto a la muerte había espacio para el béisbol. Aquí no hay nada junto a la muerte. Ni siquiera llanto.

Caminamos en silencio. Es media tarde y me tomas de la mano. Hace frío. El viento nos rasga la piel. Te cuento que de niño jugaba en un cementerio parecido a éste. Con mis amigos hacíamos también excursiones en la madrugada hasta que un día, en medio de las tumbas, nos salió un perro blanco que al iluminarlo con la luz de la lámpara se le hicieron de lumbre los ojos. Corrimos. Me caí en un sepulcro a medio escavar. Me levanté y seguí corriendo. Tenía mucho miedo. Llegué lleno de polvo y meado a casa. Mi mamá me regañó y tuve que lavar la ropa.

Me ofreces un beso mientras te sigues riendo. Me llevas frente a una cruz y me dices que ese es el lugar. Lo miro sin entender. Hay una frase grabada en la placa que no puedo percibir. Dos matas de cempasúchil alegran la tumba. Me gusta el olor. Comprendo que si toco una de las flores sabré de qué se trata todo esto. El camino, el viaje, el cementerio.

Suelto tu mano y trato de tomar el botón contiguo. Este amarillo se palpa y se huele. Casi toco la flor, pero de improviso un dolor me carcome los ojos. Los abro. No estás junto a mí. En la cama, la soledad es un mar que envuelve la angustia. Sé que nunca has dormido a mi lado. No te conozco. ¿Quién eres? Dibujo con palabras tu rostro. Siembro recuerdos en la hoja en blanco como se siembran cadáveres en los panteones. Escribo para no olvidarte.

II

La morgue es fría y huele a vacío. Puedo palpar la ausencia. Junto a la podredumbre viene un rumor a químicos que desconozco. El cuerpo, envuelto por una sábana, yace sobre la plancha. Le despojan de la cinta adhesiva que le envuelve el cuello y me muestran el rostro. Confirmo la personalidad del cadáver. Ahora ayúdeme, me dice el hombre de la funeraria. Acercamos el baúl e introducimos la mortaja. La morgue está en el sótano del hospital. Es oscura.

Me invade un dolor en los ojos cuando salgo al estacionamiento, por donde carros y gente intenta ganarse un espacio para seguir el camino. El tráfico nunca me había parecido tan absurdo. Bajo de la carroza cuando el hombre de la funeraria se estaciona para comprar un Gansito y una Coca. Me niego a darle la mano al despedirme. Le muestro la palma. No me da las gracias. Ignoro por qué esperaba esa muestra de cordialidad de su parte. La muerte apendeja.

Sé que Ella me espera sobre la acera. Llora por la ausencia. Es su dolor pero ahora también el mío. La abrazaré como muestra de consuelo. No diré nada. Ni siquiera tengo palabras que decirle. Lo decidí: la abrazaré sin importar el tiempo. El dolor compartido duele igual, pero es menos silencioso. Andaremos hasta la funeraria y luego al panteón. Por el camino haré que coma cualquier cosa. Fueron muchos días, muchas horas sin dormir. Tiene que comer algo. Luego la abrazaré nuevamente hasta el día en que olvidemos que compartimos este dolor y ya nada nos una, más que la angustia de sabernos lejos y, sin comprenderlo, quede tan sólo entre nosotros un rumor de muerte y desamparo. El recuerdo de habernos abrazado para lidiar con la ausencia compartida. Al igual que los panteones, la morgue es fría y huele a vacío.

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