#4 TiemposColumna de Xalbador García

El padre de Cenicienta… | Columna de Xalbador García

Vientre de cabra

 

Este texto apareció originalmente en https://vientredecabra.wordpress.com/

I

Los suegros siempre tienen que odiar al yerno. En casos de mutua simpatía y luego de años puede nacer algún dejo de tolerancia o incluso complicidad y afecto, pero son hechos aislados. Lo natural es el resquemor. No sólo se está compitiendo por el amor de la hija, de la casi siempre princesita de la familia, de la inmaculada, de la linda niña a la que un día le salieron chichis y se convirtió en mujer, sino que además se está tratando de que esa misma alma pura responda a los deseos carnales del pretendiente. Aunque sea natural, aunque sea la ley de la vida, ¿cómo no aborrecer al imbécil que trata de ensuciar el honor de la familia?  

La tensión entre suegro y yerno se desvanece cuando se declara un ganador que afortunadamente siempre es el segundo. A la mañana siguiente de la noche nupcial, tras el regreso de un viaje o luego de que la pareja decide vivir en unión libre se da ese momento donde el yerno subraya su triunfo. El suegro lo mira a los ojos y le pregunta mentalmente: “¿Te tiraste a mi hija, verdad cabrón?” El yerno, sosteniéndole la mirada, responde también con la mente: “Soy un campeón”. Es ahí cuando el rito está cerrado. Hay un nuevo Macho-Alfa en la manada. Al suegro sólo le resta decir con voz gruesa: “¿No hay quién me invite un buen tequila en esta casa, carajo?”  

II

La relación entre suegro y yerno se encuentra aderezada por la complicidad masculina que puede sustentarse en la afición por el mismo equipo de futbol, compartir el gusto por el Black Label o inclinarse por la belleza de las mujeres orientales. Sin embargo, la complicidad masculina nunca será tan fuerte como cuando se comparte la frustración por tratar de complacer las exigencias femeninas que, meses después e inevitablemente, se convierten en un verdadero lastre para el espíritu soñador de los hombres.      

Un buen amigo me contaba que durante el noviazgo su suegro siempre lo odió. A veces lo disimulaba. A veces no. Un día quiso atropellarlo. Sólo le fracturó un tobillo. Pero el suegro no era tan mala persona. Él mismo lo llevó al hospital. Para desgracia de los dos, el noviazgo terminó en boda. Una vez consumado el matrimonio la relación entre suegro y yerno se distendió. Incluso nació una linda bebita que parecía ser el sello de paz. El suegro ya no intentaba matarlo. Tampoco le hablaba.

La situación siguió así hasta que un día el yerno llegó de visita y fue a sentarse al lado del suegro. Éste, notándolo preocupado, le preguntó por su estado de ánimo. Es que pinche Lucy, es una histérica, siempre me está chingando por todo y yo no hago más que trabajar. Lo dijo sin pensarlo. Se sintió aliviado. El suegro lo miró profundamente y le respondió: igualita que su chingada madre. Le invitó una cerveza y se hicieron amigos. Los dos se divorciaron el mismo año de sus respectivas esposas.

III

Trato de comprender un poco a los suegros: mi hija me llama a las cuatro o cinco de la mañana. Me pide que vaya a recogerla al departamento de su novio. Escucho una voz pastosa que arrastra las palabras y de inmediato comprendo que el güey ese está borracho y que ni siquiera puede manejar para traer a mi hija a casa. Con todo el encabronamiento sobre el rostro me dirijo a la dirección indicada, donde supuestamente se celebraba una fiesta, pero al llegar todas las luces están apagadas.   

Estoy abajo. Le aviso a mi hija por el celular. Cuando sale no está ebria aunque sí se ve muy cansada. Le exijo una explicación al respecto. Aunque me la da, al que quiero ver es al imbécil del novio. Pese a las súplicas de mi hija toco la puerta y toco y toco y no sale nadie. Y qué bueno que el pendejazo de mi yerno no salió porque seguramente le hubiera partido la cara. Arrieros somos. Ya habrá momento de ajustar cuentas.

Tras este ejercicio de reflexión coincido con las últimas palabras del suegro: qué bueno que esa noche estaba demasiado ebrio como abrir la puerta. La siguiente ocasión que lo vi lo saludé con una gran sonrisa. Creo que nunca le caí bien.

IV

La relación de las suegras y las nueras es más simple y asimismo más diplomática que la de suegro y yerno. Pese a los momentos de franca amistad, una y otra siempre se odiarán. Pero como todas las mujeres, ellas habrán desarrollado ese extraño comportamiento que les permite estar juntas y hasta sonreírse sin sacarse los ojos.

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