#4 TiemposSan Luis en su historia

Otro consejo de Don Quijote | Columna de Ricardo García López

San Luis en su historia

¿Para qué comentar episodios de la vida de Don Miguel de Cervantes Saavedra que quizá los que tengan el valor de leer este artículo ya los saben de sobra?

Solo es importante recordar el episodio de la Ínsula Barataria y sobre todo, los consejos que don Quijote dio a Sancho Panza para obtener éxito en su gobierno que si los leemos con atención y reflexionamos sobre su contenido llegaremos a la conclusión de que son normas de conducta que deberían estar vigentes no sólo en los gobiernos del mundo sino en la vida social y familiar de todos los pueblos de la tierra para alcanzar la convivencia armónica que todos anhelamos. He aquí el episodio y los consejos:       

“En esto llegó don Quijote, y sabiendo lo que pasaba y la celeridad con que Sancho se había de partir a su gobierno, con licencia del Duque le tomó por la mano y se fue con él a su estancia, con intención de aconsejarle cómo se había de haber en su oficio. Entrados, pues, en su aposento, cerró tras sí la puerta, y hizo casi por fuerza que Sancho se sentase junto a él, y con reposada voz le dijo: Infinitas gracias doy al cielo Sancho amigo, de que antes y primero que yo haya encontrado con alguna buena dicha, te haya salido a ti a recibir y a encontrar la buena ventura. Yo que en mi buena suerte te tenía librada la paga de tus servicios, me veo en los principios de aventajarme, y tu, antes de tiempo, contra la ley del razonable discurso, te ves premiado de tus deseos.

Otros cohechan, importunan, solicitan, madrugan, ruegan, porfían, y no alcanzan lo que pretenden; y llega otro, sin saber cómo, ni como no, se halla con el cargo y oficio que otros muchos pretendieron; y aquí entra y encaja bien el decir que hay buena y mala fortuna en las pretensiones. Tú, que para mi sin duda alguna, eres un porro, sin madrugar ni trasnochar, y sin hacer diligencia alguna, con solo el aliento, que te ha tocado de la andante caballería, sin más ni más te ves gobernador de una ínsula, como quien no dice nada.

Todo esto digo, ¡oh Sancho! Para que no atribuyas a tus merecimientos la merced recibida, sino que des gracias al cielo, que dispone suavemente las cosas, y después las darás a la grandeza que en sí encierra la profesión de la caballería andante. Dispuesto, pues, el corazón a creer lo que te he dicho, está ¡oh hijo! Atento a este tu Catón, que quiere aconsejarte y ser norte y guía que te encamine y saque a seguro puerto de este mar proceloso donde vas a engolfarte; que los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones.

Primeramente ¡oh hijo! Has de temer a Dios; porque en el temerle está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada.

Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey; que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra. Así es la verdad, respondió Sancho; pero fue cuando muchacho; pero después, algo hombrecillo, gansos fueron los que guardé que no puercos. Pero esto paréceme a mí que no hace al caso; que no todos los que gobiernan vienen de casta de reyes.

Así es verdad, replicó don Quijote; por lo cual los que no son de noble origen, deben acompañar a la gravedad del cargo que ejercitan una blanda suavidad que, guiada por la prudencia, los libre de la murmuración maliciosa, de quien no hay estado que se escape.

Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte, y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio.

Innumerables son aquellos que de baja estirpe nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria; y de esta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran.

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